Recuerdos

Autor: Burdon

 

 

 

 

Estaba lloviendo y me había marchado del bar pensando sólo en dormir. Mientras andaba, trataba de mantener la serenidad no mirando ni a la derecha ni a la izquierda, y sobre todo, no mirando hacia atrás.
Abrí la puerta de casa y la cerré con cierta brusquedad. Me quedé unos instantes de pie, en un rincón, luego me tiré en la cama mirando un dibujo en la pared, siempre el mismo y extraño dibujo. Lo recorría con la mirada evitando así pensar. Algunas veces lo veía con claridad y otras, las líneas del dibujo se difuminaban en el espacio. Todo ello dependía del estado que tuviese. Esa noche el dibujo adquiría mil formas diferentes. Fijé mi atención en él tratando de no sentir.
A veces me duermo mirando el dibujo y recordando, y mientras recuerdo empiezo a soñar que estoy recordando, sin darme cuenta que en realidad estoy soñando. Aunque no sé si lo que sueño son recuerdos o ilusiones; no importa, en cualquier caso siempre me duermo, entrando de ese modo en el reino de la felicidad, donde no se odia ni se lucha; aunque surjan las pesadillas, pero las pesadillas nunca tienen final trágico. Es vivir y morir todos los días un poco, de espaldas a los sentidos que son los que nos hacen vivir y morir; sin saber muy bien cuál es el significado de uno y otro, llegando incluso a preguntarme si eso es todo lo que hay.
Permaneciendo en silencio y dirigiendo la mirada hacia el vacío buscaba de esta forma alternar sensaciones y sentimientos diferentes para que la habitación no me diese vueltas, incluso mezclaba unas y otros, descubriendo así las contradicciones que me provocaban. Es todo un ejercicio de interpretación, sólo que en esta ocasión la historia no se reflejaba en una pantalla sino que estaba a flor de piel. En cualquier caso, hiciera lo que hiciera, seguía siendo siempre la misma historia. Al fin y al cabo es un trozo de mi vida, podía hacer con ella lo que me diese la gana.
La dificultad de todo ello reside en que los sueños y los recuerdos no se pueden romper, no son materiales; tampoco se pueden olvidar, aunque los disfracemos de dudas, o de ocasiones perdidas, o de largos viajes sin concretar. Son como puertas que se abren y se cierran, que algunas veces nos acarician el corazón, me refiero a los recuerdos no a las puertas, para después devolvernos a la realidad, a la rutina, a la decepción de las decisiones. Otras,..., de esas otras mejor nos olvidamos. Y no cesamos de preguntarnos qué es lo que nos queda de los recuerdos, o si han dejado de existir alguna vez, o si realmente existieron
¿Tenemos que vivir a pesar de los recuerdos o gracias a ellos? Tenemos que vivir a pesar del tiempo que paulatinamente los aísla, diferenciándolos como únicos y convirtiéndolos en independientes; devolviéndoles o quitándoles la gloria o el dolor; esos breves instantes de la vida que nos hacen pensar que a lo mejor hay algo más; que a lo mejor, esos recuerdos, son la imagen de nuestra alma que vemos reflejada en la imaginación, sin prestar mucha atención a lo que vemos, sin saber ciertamente si lo que vemos reflejado es el alma, o son los recuerdos, o los recuerdos del alma, o el disfraz con el que escondemos nuestros recuerdos. No importa, los vemos y la identificamos, siempre sola y en silencio, como si quisiera decirnos algo. Libre de todo movimiento; al margen de su encanto y de su orgullo. Esencialmente la misma. Una y otra vez, siempre ella misma; una y otra vez, siempre la misma vez.
Todos estamos influenciados misteriosamente por nuestros recuerdos, que son como nuestra propia identidad, aquello que nos diferencia y nos identifica.
La verdad es que siempre había disfrutado de mis sueños y de mis recuerdos, fuesen buenos o malos; de lo que tanto unos como otros me habían proporcionado, pero ahora no sabía qué hacer. Algo no había salido bien; ni bien ni mal, porque la situación no había cambiado, aunque eso no era lo que yo sentía, o lo que yo quería sentir. De pronto comprendí que sólo era un modo de ver la realidad.
Me di cuenta que esa noche no iba a ser capaz de pensar en otra cosa. Tampoco conseguiría dormirme.
Me levanté de la cama y me acerqué al espejo. Al mirarme vi en mis ojos los ojos de ella y en sus ojos una sonrisa. Cansado y desalentado me volví a tirar en la cama. Tenía los ojos cerrados para no ver nada, ni el deseo de un beso robado o regalado, que me sirviese para retener su rostro, su cuerpo o su sabor. Deseé por un instante extinguir mis recuerdos y convertirme en el puro espejo de las cosas, para poder ver sin ser visto.

Los ruidos de la noche habían cesado y comenzaban a oírse los del amanecer. Me incorporé de nuevo y volví a mirarme en el espejo procurando fijarme en los rasgos de mi cara reflejada en él. Estaba cansado. El atontamiento por la falta de sueño era lo que me mantenía despierto. Me parecía que la vida consistía únicamente en hacer realidad las esperanzas, y después, después nada. Preso del deseo me pregunté ¿por qué? Mientras, permanecía de pie mirándome en el espejo.
Oí unos pasos apresurados que bajaban por las escaleras, eran los primeros pasos de la mañana, pero los pasos no tienen sentido. Volví a mirarme en el espejo como quien mira a un amigo y sólo la vi a ella. Su tez morena, su mirada provocativa y su cintura esbelta superaban con creces a todas las demás. Me fascinaban sus ojos, deseaba su boca y su cuerpo seductor, y las curvas de su cadera con que parecía burlarse de las miradas de todos los que se atrevían a mirarla. La verdad es que me había sentido inferior ante ella. La pasión me dominaba traspasando las interioridades de mi conciencia hasta la raíz misma de mis pensamientos, sometiendo a su antojo mi voluntad, mis sueños y mis recuerdos.
Permanecí unos instantes sin atreverme a pensar. Comencé a dar señales de cansancio. Vacilé unos segundos y después giré el pomo de la ventana consiguiendo entreabrirla un poco. Me puse detrás de la abertura; el aire de la calle me golpeó la cara y me reanimó. Respiré lenta y profundamente la brisa del amanecer. El aire estaba seco. Volví la cabeza y recorrí con la mirada las ventanas de la calle sin que supiera a ciencia cierta qué era lo que veía o qué era lo que quería ver. Traté de buscar la complicidad del silencio. Presté atención a la calle y los recuerdos volvieron a agolpárseme en la cabeza. Abajo, en la calle, las luces de los coches aparecían y desaparecían, ansiosas, circulares, siempre desconocidas. Traté de recordar algo distinto y no lo conseguí. Cerré los ojos, cuando volví a abrirlos nada había cambiado. Miraba mi habitación y la veía de una manera estable, siempre la misma. Mas cuando parpadeaba la habitación desaparecía un segundo, tal vez menos, y yo estaba entonces ahí. En cada parpadeo temblaba y desaparecía, iba y venía, mientras que la habitación siempre era la misma.
El cuarto estaba ausente de toda posibilidad. Sólo me quedaban los libros que alguna vez ojeé y los objetos que nunca toqué, que ya no eran lo que eran; que ya no son por sí mismos sino unos libros y unos objetos. Sin intenciones vagas o difusas; sin huellas. No había más que motivos para el recuerdo, causados siempre por presencias fugaces que ya no sé si alguna vez fueron o no. Instantes que no se pueden repetir ni protagonizar otra vez. La imaginación se fatigaba remitiéndome siempre a los mismos objetos que ya no me servían ni para invocar una repentina asociación de ideas.
Los ojos fatigados. La luz ya no iluminaba, y la cama..., la cama simplemente me soportaba. Captaba tu ausencia y la invocaba. De súbito te percibí y recordé tu idea y tu olor, o no sé si lo que recordé fue un sentimiento o la idea de ese sentimiento. Encerrado en el círculo mágico de tu recuerdo, entre las dimensiones ocultas de la memoria, percibí que nada me impedía volver a recordarte.

Es muy posible que ignore el carácter de mi obsesión, y que dependa de circunstancias ajenas a mi voluntad. Siempre he dominado magistralmente la ciencia de ocultarme a mí mismo; la maestría para observarme y olvidarme de todo lo demás, pero en esta ocasión era incapaz de dominar mi agitación. Los nervios me dominaban, los sentidos me seducían, toda mi pasión se cargaba y se descargaba tras el muro impenetrable de mis deseos; me desesperaba de ganas de entrar en contacto con el calor de su cuerpo. Irresistible ímpetu de la desesperación; pasión ilógica, furiosa, desatada.

Durante mucho tiempo me quedó la huella de aquél momento mágico. Hoy no soy capaz de recordar su sonrisa, sus ojos, su cadera..., su intención.