Para Inés
Autor: Burdon
A O EL MUNDO DE UNA MUJER
<<Quizá estas líneas escritas por un desconocido sirvan para algo más que manchar unas cuantas cuartillas. Quizá no te sorprendan pues han sido escritas sólo para ti porque tú eres quien las inspira aunque pienses que a nadie le importas y sueñes que alguna vez todo esto volverá a empezar de nuevo, o a ser como antes, que al fin y al cabo es lo mismo. Tal vez te las escribo porque estás sola y has aprendido a alimentarte en tu silencio y en tu soledad, con el corazón habitando en las manos de los demás.
>>¿Cómo podría enseñarte lo que buscas? A lo mejor piensas en ser una estrella en el firmamento rodeada de otras formas y otras estrellas, un gesto en el horizonte que disimula su existencia cuando crece el amanecer. Parpadeas suavemente una vez, dos veces, mil veces..., y después desapareces para volver cuando nadie te espera, surgiendo detrás de cualquier límite, entre las idas y las venidas de otros sueños y otras ilusiones; entre sábanas y suspiros, por encima de ellas y de nosotros, por delante de todo lo demás, en esas horas en que se duermen los pensamientos y se despiertan las ilusiones, donde se cobija el amor y se desdibujan las sombras del silencio; como una lágrima robada al corazón, como un sentimiento perdido y vuelto a encontrar.
>>Bien sé que ondulas vagamente al lado del fuego, despreciando los miedos y los olvidos. Rodeada siempre de la misma apariencia, de los mismos gestos, de la misma gracia, de las mismas palabras, de los mismos labios, de esos labios siempre discretos que insisten una y otra vez sobre lo que no quieres hacer y sobre lo que no quieres sentir: sobre lo que no quieres vivir. Y ellos, los demás, no te comprenden, ni comprenden nada de tu vida. Y tú, tampoco les comprendes, ni comprendes nada de su vida; por eso, ya no esperas nada de ellos; por eso, ya no esperas nada de ella, de la vida; por eso, ya no eres libre de ser joven, ni de gustar del sol, ni de la noche.
>>En cualquier caso, piensas que siempre te quedará la luna, esa
media luna que, impasible ante el transcurrir del tiempo, reina arriba, dueña
de todo, circunscrita por las líneas de la noche, desprovista de
dolor, como la luz, como los ríos, como el horizonte. Todo un mundo de
imágenes que expresan la totalidad de este mundo, que son todos los mundos.
Combinaciones que adornan tu cielo y el universo de la soledad, como
cuando se abren los versos de una inspiración buscando la comparación
deseada, la metáfora o la expresión adecuada; tal vez simplemente
busquen la mentira.
>>Mas ahora pides comprensión. Que alguien te explique por qué
has llegado hasta aquí. Desdibujada tu fortuna por los oscuros paradigmas
que dicta el destino; aguantándote las lágrimas, esas simétricas
miniaturas de puntas brillantes que mueren en la leyenda de tu carne perdidas
entre los misterios de la sangre. Esas lágrimas que pueblan el secreto
de tu vida y transcienden el origen y la causa de cualquier decisión.
Esperando siempre que dejen de soplar esos vientos de soledad, vientos que nunca
has dejado de sentir porque nunca han dejado de soplar. Vientos que son como
ojos, extraños ojos que se reflejan en el espejo cada vez que te miras
y te preguntas ¿quién soy yo?. Ese espejo que absorbe las imágenes
y no los sentimientos, sin duración y sin vida. Sumergiéndote
entonces en un pozo que no existe, que te contiene sólo a ti y que te
quema las vagas intenciones que coronan la composición de tu vida
a través de los rostros que la han ido formando. Rostros que son sólo
eso, ojos; ojos que ven tus ojos y los ojos de un mundo al que has dejado de
querer.
>>Vas y vienes suavemente entre el despertar y el sueño, sin querer romper el círculo de tu vida ni el círculo de la vida de los demás, no en vano entiendes que todo se reduce a un gesto, tan real como efímero y tan efímero como encantador.
>>¿Quién de nosotros te ha enseñado la muerte?
>>No sé adónde me llevarás o si me llevarás a alguna parte, pero no me importa, ya no me importa nada, ni los rostros ni las lágrimas de esos rostros ni los misterios que todo ello encierra. Misterios que son siempre amor y muerte, nunca vida, aunque la vida sea un continuo monólogo con el amor, aunque el amor sea un permanente diálogo con la muerte; que es lo mismo que hablarse y no quererse. Diálogo entre amantes que se han sentido traicionados por ojos sin rostro o por rostros que no tienen ojos, que son todos los demás. Ojos que únicamente miran hacia adelante sin ver la cara a nadie, que son mis ojos y no los tuyos; ojos que sustituyen el sufrimiento por el abandono y el abandono por la incomunicación. Es la rutina de la razón, rutina que gustaría identificarse con la esperanza en un futuro sin victimas ni dolor, respondiendo con su dolor al que ama sólo por amor>>.
Inés no entendía muy bien qué significaba aquella carta. La enfermera de guardia, no sabía de dónde procedía, y el resto del personal de la planta tampoco, simplemente apareció en el mostrador de control con una única indicación en el sobre: <<para Inés>>.
La verdad es que después de más de tres semanas en aquella situación, Inés ya no se sorprendía por nada. Había perdido el miedo inicial y la tristeza que la embargó durante los primeros días, comprendiendo que había llegado al límite. Volvió a repetirse la palabra límite e inmediatamente se asustó por lo que estaba pensando, y sintió odio, sin nombres ni apellidos, que son los peores. Esa especie de desgarramiento interior que es el odio de sí mismo. El odio por lo que se es, por lo que se fue y por lo que no la dejaron ser; el odio por no poder suprimir de sí el sentimiento de culpabilidad; por no haber sabido disfrazar su duda a tiempo; por haber violado su conciencia. Inés había intentado cruzar la frontera y que todo aquello se convirtiese en una locura, una pesadilla transitoria que se desvanecería cuando se despertase, pero no se desvaneció, ni tampoco se despertó. De pronto le vino a la mente un recuerdo. Se llevó un dedo a la sien y recorrió las distancias del tiempo y del espacio, despertando en ella aquellos deseos confusos e incontrolados de sus dieciséis años.
Percibió de reojo la mirada de la enfermera y sonrió. Sus pensamientos se detuvieron un instante y antes de que aquel recuerdo repentino se perdiera lo empujó hasta el fondo de su memoria. Luego continuó leyendo.
>>Porque, a fin de cuentas, ¿qué voy a decirte que tú no sepas? He ido a menudo a sentarme en una esquina del universo, y he contemplado tu silencio mientras paseabas entre las barreras de la soledad; entre las palabras que no tienen actos y los actos que se suceden a algunas palabras..., y descubrí que, después de todo, sólo son tentaciones de la conciencia, de mi conciencia que utiliza a los demás, en este caso a ti, para esconder la duda de nuestra diferencia.
>>Pero no intentes encontrar su causa, ni la causa de tu sufrimiento, ni tampoco caigas en la tentación de interpretarlo, ni busques el porqué de tu inmenso vacío, pues si lo haces un nuevo sufrimiento, más profundo, más íntimo, más venenoso, más devorador de vida, colmará tu precaria existencia situando todo tu sufrimiento en la perspectiva de la culpa y del engaño. De la culpa propia y de la culpa ajena; del engaño de la conciencia, de tu conciencia. Pues todo tu horizonte aparecerá confuso, como si se tratase de un paisaje en un día de niebla, pero ningún paisaje real es confuso. Sólo para nosotros lo es.
>>¿Acaso eres un suspiro perdido en el Absurdo, una hoja arrastrada por el viento?
>>Hace tiempo que descubriste el miedo a la felicidad y a la belleza, ese anhelo de apartarse de todo cambio, de cualquier futuro. Y lo mismo este segundo error que el primero provienen del prejuicio del mundo.
>>De sobra sabes que no es preciso dar ninguna respuesta ni anudarme con los lazos de tu lenguaje para conmoverme. De sobra sé que hay épocas en las que el lenguaje nada puede asir ni nada prever, ya que no existe una explicación cuando el mundo ha dejado de tener sentido. Mas, si sabes descubrirte saborearás la eternidad de tus movimientos, aunque nadie te haya invitado a escalar su montaña, ni a beber de la fuente de sus estrellas, de todas las estrellas, pues la ausencia de una sola basta para aniquilar el universo, donde eres infinitamente libre, a pesar de que esa libertad te ahogue y vacíe de contenido todo lo que te rodea. La región del mundo que tú habitas no es fácil de describir, ya lo ves, pero no es, con toda seguridad, ni negra ni gris.
>>¿Oyes? Es el silencio de tu silencio, que no es sino el silencio de todas las vanidades; el silencio del día y de la vida; de nuestros días y de nuestras vidas. El silencio del que sólo observa, y lo que ve son sus pensamientos. Silencio que le permite conocer y que le permite ignorar. Silencio que es rechazo y protección. Rechazo de los pensamientos y protección contra ellos. Silencio del corazón, de los sentidos, de las palabras interiores. Silencio de lo eterno, de lo dicho y de lo concluido. El romance que nunca existió.
>>¿Qué es lo que te hace sufrir? ¿No has creado el universo de tu corazón? ¿No has destruido el eco de tus palabras, iguales a todas y distintas a las dichas por los demás? ¿Dónde están los grandes fuegos interiores de tus alegrías y tristezas, de tu soledad, de tu perdón, de mi silencio? ¿Cómo aceptar vivir? ¿Cómo desear morir? Siempre de olvido en olvido, sin habitar tu vida, sin querer reconocerte en ella. ¿Qué es lo que te quema el corazón? Has encontrado un dolor que se ignora y un deseo que no tiene nombre. Has subido por unas escaleras negras y has traspasado unas puertas negras, la ventana..., también era negra, el vacío interminable.
>>¡Es tan fácil recordar buscando algo a cambio de una sombra! Te decidiste sin saber adónde ir, arriesgando en ello tu bien más preciado, el cual no pertenece a las cosas, sino al sentimiento de las cosas. Si algún día te despertaras sin él, amiga de la oscuridad, ya no lo volverías a encontrar.
>>Quisiste volar hacia las estrellas y escapar de esta prisión, y no te diste cuenta de que en definitiva, o simplemente -cruel y melancólicamente-, todo consiste en dejar pasar el tiempo: en dejar pasar un amor, una ilusión, una niñez, un recuerdo... Así, sólo podemos ver en nuestro espacio infinidad de puntos que fluyen continuamente y que se pierden irremisiblemente entre ayer y hoy.
>>Eres injusta contigo misma si no compartes tu universo y sus estrellas con alguien más>>.
Inés cerró los ojos y se durmió.