Habermas y Freud


Autor: Lemuel

A O EL MUNDO DE

 


En un par de ocasiones he hablado ya de don Jürgen Habermas. Si ahora reincido es solo por lo que dice el dicho: el criminal tiene una irresistible tendencia a revisitar una y otra vez el lugar del crimen. No sé si lo que sigue puede resultar quizá un poco árido, pero me arriesgaré. El eventual lector lo tiene más fácil: saltárselo, y a otra cosa, María Rosa.]

En las modernas sociedades capitalistas, la ideología es una forma de comunicación sistemáticamente distorsionada por el Poder político. En consecuencia, Jürgen Habermas sugiere que, en general, todo sistema discursivo está de hecho distorsionado, y ello como consecuencia de la incidencia sobre él de ciertas fuerzas extradiscursivas, a saber: los intereses del Poder político. Tal “ocupación” del lenguaje por parte de ese Poder se manifiesta en el seno mismo de nuestras hablas cotidianas. Por efecto del carácter “normal”, sistemático y sistémico, de la distorsión que las afecta, las estructuras comunicativas presentan una apariencia de normatividad y justeza. Por poner un ejemplo, tal ocurriría en un imaginario País de los Tuertos, donde lo anormal, lo extraordinario y lo llamativo resultaría ser la visión binocular. Una red intercomunicativa así distorsionada tiende por ello mismo a disimular y ocultar, e incluso eliminar, la propia normativa, y desbarata en consecuencia cualquier posibilidad de crítica racional. Se trata de una formación ideológica que se clausura, que se cierra sobre sí misma, imposibilitando de ese modo la existencia de toda posición “exterior” a ella. El “universo del discurso” se percibe y funciona entonces como efectivamente universal: fuera de ese “universo” no hay nada, solo vacío.

Es notable, y en esto quiero detenerme un poco, la influencia de Sigmund Freud en los planteamientos de Habermas sobre algunos aspectos de la ideología. Las instituciones sociales dominantes son para el filósofo afines a las pautas de la conducta neurótica. Tanto en un caso como en el otro dependemos, dice Habermas, de poderes hipostasiados, y estamos sujetos a límites que se nos imponen como si fueran fuerzas de la naturaleza. Con los instintos gratificantes que las instituciones coartan ocurre que, o bien son sencillamente reprimidos, o bien se subliman en cosmovisiones metafísicas que consuelan a los individuos por las restricciones que deben soportar en la vida real. Habermas coincide con Freud en que estas cosmovisiones idealizadas no son solo ilusiones, sino que son también expresión de deseos humanos genuinos, y que encierran un núcleo utópico. El filósofo de Düsseldorf considera que el psicoanálisis freudiano es un discurso que pretende emanciparnos de la comunicación sistemáticamente distorsionada.

La conducta patológica, en la que nuestras palabras traicionan nuestros actos, es aproximadamente equivalente, según afirma Habermas, a las contradicciones performativas o realizativas de la ideología. Así como el neurótico puede negar un deseo que sin embargo se manifiesta de manera simbólica en su organismo, así también la clase dominante puede proclamar su defensa de la libertad mientras la cercena o la obstaculiza en la práctica. Interpretar estos discursos deformados significa reconstruir sus condiciones de posibilidad y explicar, en palabras de Jürgen Habermas, las “condiciones genéticas del desvelamiento del significado”. No basta, pues, con ordenar y rectificar un texto distorsionado: tenemos que explicar así mismo las causas de esa distorsión textual.

El análisis de una forma de comunicación distorsionada, tanto en el caso del sueño como de la ideología, supone desvelar de qué modo son significativas en sí mismas las lagunas, repeticiones, omisiones y ambigüedades. Como decía Karl Marx: “Las contradicciones de Adam Smith son significativas porque contienen problemas que, aunque es cierto que no los resuelve, él mismo los revela al contradecirse.” Si somos capaces de desvelar las condiciones que “fuerzan” a un determinado discurso a incurrir en ciertos engaños y disfraces, podremos también examinar los deseos reprimidos que introducen distorsiones en la conducta de un neurótico, o en el relato de un sueño. Tanto el psicoanálisis como la crítica de la ideología se concentran así en los puntos de intersección del “significado” con la “fuerza”. Centrar solo el análisis en el significado equivale a omitir los ocultos intereses de poder que hacen que los significados estén internamente determinados. Tanto el sueño como la ideología son textos “duplicados”, es decir, conjunciones de signos y de poder. En los dos casos, aquello que se produce debe ser comprendido y explicado en términos de sus propias condiciones de producción, y en esto los argumentos de Freud/Habermas tienen mucho en común con los de La ideología alemana de Marx y Engels. El sueño esconde motivaciones inconscientes tras un disfraz simbólico, y lo mismo ocurre con los textos y enunciados ideológicos.

Sigmund Freud describía el síntoma neurótico como una “formación de compromiso”, dado que en el seno de su estructura coexisten dos fuerzas antagónicas: por un lado existe el deseo inconsciente que busca expresarse; por otro, el poder censor del yo, que se esfuerza por devolver ese deseo al inconsciente. Esta concepción dialéctica llevó a Jacques Lacan a afirmar que el “auténtico inventor” de esa noción de síntoma fue de hecho Karl Marx. Este sostenía, en efecto, la necesidad de eludir la fascinación fetichista de los “contenidos” supuestamente ocultos tras las formas, puesto que el “secreto” a desvelar mediante el análisis no es el contenido que oculta la forma, sino el “secreto” de esa misma forma. Para Freud, el síntoma neurótico, al igual que el texto del sueño, revela y oculta a la vez. De manera análoga, no se trata de reducir las ideologías dominantes a simples “disfraces”. En su momento, por ejemplo, la ideología de la “libertad” significó para la burguesía una posición genuina y real en su lucha y su final victoria política sobre un feudalismo brutalmente represivo. Pero, al mismo tiempo, tal ideología servía para enmascarar y ocultar el carácter también opresivo de la nueva sociedad emergente, la capitalista.

Lo mismo que ocurre con el síntoma neurótico, la “verdad” de la ideología dominante en la sociedad actual no reside solo en la revelación ni en la ocultación, sino en la unidad contradictoria que ambos momentos conforman. No se trata solo de eliminar cierto disfraz externo y formal para revelar así la verdad que ese disfraz oculta. Se trata más bien de poner de relieve que lo que se revela tiene lugar en los términos de lo que se enmascara, y viceversa.

En resumidas cuentas cabría decir que la naturaleza ambigua y autocontradictoria de la ideología burguesa dominante proviene del carácter no auténtico de la reproducción ideal que ofrece de las contradicciones reales de la formación social capitalista.