Cratilo

Autor: Burdon

A O EL MUNDO DE UNA MUJER

 

¿Cuál es la finalidad del Cratilo? ¿Cuál es la opinión real del autor acerca del origen del lenguaje? ¿Es anterior el conocimiento a la palabra, o ésta anterior al conocimien­to? ¿Es posible el pensamiento sin el lenguaje, o éste sin aquél?

Éstas y otras muchas cuestiones surgidas en torno a esta obra de Platón han mantenido casi siempre divididos a los comentaristas. Con la certeza que, en muchos de estos puntos por lo menos, no es fácil llegar a una conclusión cierta.

Posiblemente no hay otro diálogo de Platón que haya suscitado entre los modernos más discusiones que éste.

En primer lugar hay que decir que el Cratilo, a simple vista, tiene por objeto la naturaleza del lenguaje.

Según parece, para Platón, las palabras no derivan de una artificial convención, sino que fueron instituidas, como lo demuestra la etimología, por analogía con la misma natura­leza de las cosas que están destinadas a expresar.

Por las letras que las componen son, pues, una imitación de las acciones que caracterizan esas mismas cosas, pero tal imitación, por el solo hecho de serlo, resulta necesariamente imperfecta(1). No obstante lo sería mucho menos si los dialéc­ticos, que poseen el arte de interrogar y de responder o, dicho de otro modo, los filósofos, hubieran sido los legisla­dores que presidieran la denominación de las cosas. Éstas (a menos que del relativismo de Protágoras se quiera pasar a la radical negación del principio de contradicción) tienen, efectivamente, una ciencia fija y estable(2).

Según Platón, el conocimiento de la verdad de las cosas debe anteceder al de las palabras, que son sus imágenes. Por consiguiente, el heracliteísmo es falso, o mejor dicho, incompleto: el perpetuo fluir de las cosas sería rebelde a todo conocimiento si no se vinculara a esas realidades permanentes e inmutables, como lo Bello o el Bien, que no salen en absoluto de su forma o idea. Ante la tesis de Heráclito, Platón adquirió la conciencia de su interpretación personal de la investigación socrática de la esencia. Esto le llevó a pensar que la esencia sería arrastrada por el fluir del devenir si -aún no negando éste- no se hacía independien­te de él.

Ahora bien, las cosas las descubrimos por un método doble: el de percibir entre las que son del mismo género y su relación mutua, y el de analizar cada uno de esos grupos(3).

De esta manera, la <<teoría de las ideas>>, para llamarla con su nombre tradicional y, al mismo tiempo, el método dialéctico, parecen definidos ya en el pensamiento de Platón, aunque todavía se dedique a hacer únicamente alusiones a ellos.

Por otra parte, si bien es cierto que el Cratilo ha planteado el problema del conocimiento, no es menos cierto que dejó sin definir los medios para tratarlo y que tampoco señaló sus límites. El estudio lingüístico que conlleva el diálogo, a mi juicio, no es más que una vestidura y un pretexto. Pues, en última instancia, según Platón, no es la lingüística, sino la dialéctica, la que ha de inducirnos a la verdad.

En efecto, Platón abordó el problema del origen del lenguaje con el pensamiento ya ocupado por una metafísica (la dialéctica de las ideas) y por la aparente preocupación de un candidato al papel de Legislador. Partiendo de la idea de que los signos no vienen impuestos por la naturaleza, Platón no ve a nadie más apto para hacerlo que el legislador, pero piensa además que el legislador sabio sabrá dar a cada objeto el nombre que conviene a su naturaleza, de suerte que según Platón, los signos siguen siendo naturales en virtud de que la imposición intencional de los mismos viene hecha volunta­riamente por un sabio que impone a cada cosa el nombre que le conviene.

El Cratilo nos muestra por todas partes la presencia del autor de La República, del Fedro y de Las Leyes. De La Carta VII y del Paménides; de las ideas en busca de palabras y viceversa, de las costumbres del lenguaje. Del lenguaje como hecho humano, de la palabra y del sentido de las palabras, en definitiva, de sus conceptos y de los juegos especulativos que ellos pueden originar. El Cratilo es, como diría Maine de Biran, un primer intento de descomposición del pensamiento.

Pero, ¿qué es lo que hay de singular y digno de admira­ción en este encantador diálogo de Platón? Esencialmente, esto: que dos sujetos psíquicamente distintos, dotados uno y otro de la palabra e incapaces de hablar de otra manera que no sea cada uno en su propio presente, son sin embargo capaces de encontrarse en una temporalidad que les es común. La extensión del fenómeno es por lo demás ilimitada tanto en el tiempo como en el espacio. Cuando leo a Platón y veo que trae a escena a Sócrates, el presente, el pasado y el futuro del discurso de Platón se convierten en los del discurso de Sócrates y, a veinticuatro siglos de distancia, se convierten en los míos. En el tiempo lingüístico, yo me convierto en contemporáneo del Sócrates de Platón que me invita a sentarme en su compañía bajo la sombra de un plátano al borde del Iliso. Estoy en el mismo tiempo que él a partir del momento en que acepto su invitación.

Una temporalidad pluripersonal en el presente, si el presente está ligado a la existencia actual, hinc et nunc, del sujeto que realiza el acto de habla, sugiere la existen­cia de un orden de inteligibilidad en el que pueden partici­par a la vez sujetos distintos. Para que esta notable comunicación sea concebible, es necesario que, a pesar de la materialidad de la palabra, el intercambio se realice fuera del espacio. El sentido de la palabra escapa a esta servidum­bre, porque es un acto de pensamiento, y el pensamiento existe, pero, literalmente, no ocupa lugar. Esto no es, como se dice, más que una visión del espíritu, pero toda verdad lo es. Si se piensa en ello, era inevitable que el lenguaje nos llevase de nuevo, una vez más, al umbral de lo inmaterial y de lo metafísico. Todo conduce a ello: la biología desde el momento en que se aviene a admitir que hay formas vivientes; la noética y la epistemología desde el momento en que se interrogan por las condiciones requeridas, tanto por el objeto conocido como por el sujeto cognoscente, para que la ciencia sea posible; la lingüística misma desde el momento en que se acepta el lenguaje en su relación con el conocimiento del que es a la vez cuerpo y medio de intercambio. Es difícil no reconocer su presencia, aunque se niegue uno a comprome­terse en esto.

(1)425d-435c.

(2)385e-390c.

(3)438a, y ss., hasta el final.

TEXTOS:

(1) 425d.- SÓCRATES.- Me temo Hermógenes, que parecerá cómico explicar las cosas por medio de las letras y las sílabas que las imitan. No obstante, es ello necesario, ya que no tenemos nada mejor a que recurrir para hallar la verdad de los nombres primitivos.

435c.- SÓCRATES.- Sin duda, Cratilo, lo que tu quieres decir es que cuando uno sabe de qué naturaleza es el nombre (y sea de la misma naturaleza del objeto), al mismo tiempo podrá uno conocer el objeto, ya que éste es semejante al nombre, y que, según esta teoría, no existe más que una sola y misma ciencia para las cosas que son semejantes entre sí. Esa es, según yo entiendo, tu manera de pensar cuando dices que el que conozca los nombres también conocerá las cosas.

(2) 385e.- HERMÓGENES.- En efecto, Sócrates, yo no concibo, por mi parte, más que una manera justa y exacta de denominar.

390c.- ... el nombre parece poseer una cierta exactitud natural...

(3) 438a, y ss., hasta el final.- SÓCRATES.- ¿De qué otro medio espera aún, pues, este conocimiento, sino del que es a la vez natural y el más legítimo, aprendiendo a conocer las cosas unas por otras, si tienen entre sí algún parentesco, o bien en sí y por sí mismas? Porque, sin duda, lo que se distingue de ellas y les es extraño indicará un objeto distinto y extraño, y no esas cosas...

BIBLIOGRAFÍA

-Platón: Cratilo o de la exactitud de las palabras, Obras completas, aguilar S.A. Ediciones, 2ªedición, Madrid,1966.
-Platón: Cratilo o de la exactitud de las palabras, Espasa Calpe S.A., colección Austral, Madrid, 1972.

(1)425d-435c.

(2)385e-390c.

(3)438a, y ss., hasta el final.