Un peligroso radical de nombre Benedictus
Autor: Lemuel
A O EL MUNDO DE UNA MUJER
Clandestinamente, sin dato de autor y con falso pie de imprenta, a principios de 1670 aparecía en Holanda una obra titulada "Tractatus theologico-politicus". Pasados de mano en mano, los escasos ejemplares del libro fueron primero leidos con fruición y comentados luego con el adecuado escándalo. Pronto se supo quién era el responsable de aquellas inauditas osadías: un tal Benedictus de Spinoza, un pulidor judío de lentes nacido en Amsterdam y afincado a la sazón en La Haya.
Por lo visto, el hombre aquel
no tenía remedio. En los cenáculos filosóficos de media
Europa aún se comentaba, en efecto, un hecho clamoroso ocurrido catorce
años antes, a saber: la fulminante expulsión (herem) del blasfemo
joven Baruj del seno amoroso de la comunidad judía. Luego de haberle
ofrecido mil florines anuales para que no aireara sus dudas, tras intentar incluso
asesinarle para tapar para siempre su pecadora boca, la Sinagoga había
optado por la
excomunión. En los oidos cultos de Europa todavía resonaban en
su apocalíptica literalidad las encendidas palabras utilizadas en aquella
solemne ocasión por la autoridad religiosa: "... que el llamado
Spinoza sea excluido y separado de la Nación de Israel (...) Al amparo
del juicio de los Santos y los Ángeles, excluimos, perseguimos, maldecimos
y execramos a Baruj de Spinoza con el consentimiento de toda la santa comunidad
y en presencia de nuestros
Santos Libros y de los 613 mandamientos que encierran (...) Que sea maldito
de día y maldito de noche, maldito durante el sueño y maldito
durante la vigilia, maldito al salir de casa y maldito cuando a casa regrese.
Que el Eterno fulmine a este hombre con toda Su cólera y vierta contra
él todos los males mencionados en el Libro de la Ley, etc." Tras
cuyos piadosos deseos, los santos varones pasaban a concretar ciertas medidas
de tipo práctico: "Sabed que
no debéis tener con Spinoza relación alguna, ni escrita ni verbal.
Que no ha de recibir ninguna ayuda y que nadie podrá aproximársele
a menos de cuatro codos. Que nadie ha de permanecer con él bajo un mismo
techo y que nadie podrá leer ninguno de sus escritos."
Pues ¿qué barbaridades o fechorías había cometido este peligroso sujeto?, cabe que se pregunte llegado a este punto el discreto lector. ¿Cómo se había granjeado el tal Baruj de Spinoza un odio tan desaforado por parte de sus correligionarios? ¿Acaso era, so inocente capa de pulidor de lentes, un temible terrorista? ¿Había atentado por ventura contra la vida o la integridad física de algún connotado rabino? ¿Escondía espantables armas de destrucción masiva en algún ignoto escondrijo de su modesto tabuco?
No, nada de eso. Sus delitos
eran únicamente de opinión. Más que un heterodoxo, era
un renegado del judaísmo, pero no solo del judaísmo: de todo tipo
de creencias fideístas e irracionales. Estaba en contra del Estado opresor
y de su principal instrumento ideológico, la superstición religiosa.
Era, pues, un subversivo, un hombre que se resistía, y así lo
proclamaba apertis verbis, a comulgar con ruedas de molino teológico-políticas.
Era, como se diría hoy, un
radical y además un ateo (o mejor: un ateísta, un panteísta:
Deus sive natura), como enseguida vieron muy bien los más avispados agentes
del orden instituido.
El "Tractatus" que
tal revuelo armó en 1670, y para cuya redacción hubo Spinoza de
interrumpir la de su obra maestra, la "Ética", fue de hecho
un contundente corolario del estruendoso herem al que había sido sometido
el autor por los energúmenos de la Sinagoga. La lectura del deslumbrante
Prefacio (tan inescrupulosamente eliminado por Tierno Galván en su lamentable
edición de pecios para Tecnos), no deja duda al respecto: "En cuanto
a las sediciones que se suscitan bajo el pretexto de religión, proceden
todas de una sola causa: la de querer arreglar por leyes lo
propio de la especulación y mirar por ende las opiniones como crímenes
y castigarlas como atentados. Pero (...) si el derecho del Estado se limitase
a reprimir los actos dejando impunes las palabras (...) las controversias no
llegarían a sediciones."
No deja de ser irónico que, tras ser expulsados de Iberia los judíos a finales del siglo XV y luego de refugiarse muchos de ellos en Holanda ("el país más libre de Europa") en las postrimerías del XVI, gentes como este Benedictus, de la estirpe de los Espinosa, acabasen a fines del XVII granjeándose la mortal enemiga, no sólo de los católicos, sino tambíen de los calvinistas y de los mismísimos judíos. ¡La santa religión!...Lo cierto es que, desde 1659, la Inquisición española tiene registrado el nombre de Spinoza en sus negras listas de caza. Lo cierto es que hasta Leibniz, que admiraba al gran filósofo de Amsterdam, evita tratarle, por si las moscas. Lo cierto es que todas las ortodoxias y todos los poderes teológico-políticos se alzan desde su aparición contra el "Tractatus", que su autor no osó traducir al holandés y que fue, no obstante, formalmente prohibido por el gobierno de los Orange en 1674. Lo cierto es que, tras la muerte de Spinoza, ese mismo gobierno prohibe así mismo las "Opera posthuma", incluida la "Ética", que desde1690 figuran además en el Índice de la Iglesia Católica.
Hasta un desprejuiciado "liberal"
como Pierre Bayle, en el artículo que sobre Spinoza incluye en su celebrado
Dictionnaire", se cree obligado a puntualizar que el "Tractatus"
es "un libro pernicioso y detestable en el que [el autor] logró
deslizar todas las semillas del ateísmo, que se ven al descubierto en
las "Opera posthuma"."Pese a la brevedad de su vida, 45 años,
el bueno de Benedictus halló tiempo suficiente, como se ve, para labrarse
una fama inextinguible de peligroso radical. Dejando aparte a Karl Marx, ningún
otro gran hombre como él supo hacerse odiar de forma tan sañuda
y duradera por las clases dominantes de los más variopintos credos y
las más diversas naciones.
¡Admirable Spinoza!