Sartre, filósofo
Autor: Lemuel
A O EL MUNDO DE UNA MUJER
Sartre se inicia como filósofo en 1936, con un largo artículo, “La trascendencia del ego”, al que pronto seguirán tres libros: La imaginación (mismo año), Esbozo de una teoría de las emociones (1939) y Lo imaginario. Psicología fenomenológica de la imaginación(1940). Estos trabajos integran una etapa de notable coherencia en el desarrollo inaugural del pensamiento sartriano. Son textos de psicología, indagaciones y tanteos que, aunque inscritos explícitamente en la estela filosófica de Husserl y Heidegger, se apartan ya de esa inspiración en ciertos decisivos aspectos. Todos esos textos recusan con claridad, por ejemplo, el idealismo trascendental, así como el carácter “necesario” o apodíctico del “Yo” husserliano, etc. De este modo, pues, estas iniciales aportaciones sartrianas suponen algo más que una mera introducción o “traducción” al francés de las modas fenomenológicas teutonas.
La segunda etapa del itinerario intelectual de Sartre se abre en plena guerra mundial con El Ser y la Nada. Ensayo de ontología fenomenológica (1943), abrumador volumen de más de novecientas páginas dedicado “Al Castor”, o sea, a su compañera de toda la vida, Simone de Beauvoir. La obra tendría una enorme y duradera repercusión dentro y fuera de Francia. Se trata de un estudio de la conciencia entendida como “ser en el mundo”. Aunque supera determinados dualismos tradicionales (esencia/apariencia, potencia/acto, etc.), el filósofo no puede eludir el nuevo dualismo que supone la distinción entre el ser-en-sí y el ser-para-sí. El En-soi es una entidad opaca e indiferenciada, monolítica y carente de relación: es “lo que es”. Por su lado, el Pour-soi es solo relacional, y surge de la aniquilación o anonadamiento del En-soi por parte de la conciencia. Así pues, el Para-sí es “lo que no es”, o, dicho de otro modo:le Néant, la Nada...
Conciencia como “ser-en-el-mundo”, conciencia “en situación”, mundo como “mundo de utensilios”... Estos y otros conceptos análogos confieren a El Ser y la Nada un sesgo, en rigor, no propiamente fenomenológico (como pretende su subtítulo), sino ya netamente existencial. De hecho, la obra pasó enseguida a convertirse en la “biblia”, por así decir, del existencialismo francés de posguerra o, más en concreto, de la variante atea del existencialismo, mientras que la “rama cristiana”, partiendo de Karl Jaspers, tendrá su portavoz en Gabriel Marcel y su prolongación en el llamado “personalismo”.
El último tramo del pensamiento filosófico sartriano cabe fecharlo en 1957, el año de las Cuestiones de método, trabajo que luego el autor antepondría a la Crítica de la razón dialéctica (1960), dedicada también “al Castor”. El giro detectable en estas obras es, en buena medida, producto de unos tiempos difíciles, de las conmociones ideológicas de la época. Tras la muerte de Stalin en el 53, el XX Congreso del PCUS parecía propiciar la posibilidad de un cambio en las relaciones políticas entre los sistemas mundiales, la apertura de una nueva era histórica. Sin embargo, en breve lapso, y bajo un clima internacional de estricta guerra fría, estallan focos calientes en Vietnam (Dien Bien Phu), Argelia, Corea, Suez, Budapest... En tal clima, el existencialismo “clásico” declina rápidamente en Francia, y Sartre, que en su obra anterior había ignorado por completo el nombre de Marx, siente que el marxismo (“la filosofía insuperable de nuestro tiempo”, dice ahora), de repente, “se le echa encima”.
Acuciado ya entonces por la obsesión de su muerte personal, y en unos
momentos en que su producción intelectual ciertamente agonizaba, el filósofo
experimenta la angustiosa, urgente necesidad de “perdurar” y prolongarse
remozando su discurso ideológico, diciendo algo que era “absolutamente
imprescindible decir” y que sólo él, Sartre, podía
decirlo. Según confesará quince años después de
publicarla, “la Crítica de la razón dialéctica
me acosó, ocupó todo el tiempo de que disponía. Trabajaba
en ella diez horas cada día, masticando cápsulas de coridrán
–al final me tomaba veinte diarias—y, en efecto, sentí que
tenía que terminar ese libro. Las anfetaminas me daban una rapidez de
pensamiento y de escritura que era por lo menos el triple de mi ritmo normal...”
(Autorretrato a los setenta años.)
En la Crítica..., Sartre llega al extremo de repudiar, calificándolo de “ideológico” y “parasitario”, el individualismo característico de su conciencia filosófica anterior, e intenta ampliar el horizonte de su pensamiento encuadrándolo en el marco del “verdadero saber” del marxismo, al que él solo trataría de fecundar, por decirlo así, con determinados aportes válidos de la antropología existencial...
Apasionante y revelador itinerario intelectual el del gran filósofo francés Jean-Paul Sartre, muerto ahora hace 25 años.