La defensa de Sócrates
Autor: Burdon
A O EL MUNDO DE UNA MUJER
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
LA ACUSACION Y LA DEFENSA DE SÓCRATES
EL “DESTINO” DE SÓCRATES
LA “CALIDAD” HUMAMA DE SÓCRATES
LA ÉTICA SOCRÁTICA
SÓCRATES EN HEGEL (UNA VISION HISTÓRICA)
BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN:
Como ya es costumbre en los diálogos de Platón
de su primera época, ésta está influida todavía por el determinismo intelectualista
de Sócrates. La mayor parte de estos diálogos terminan sin llegar a ningún resultado
definido. Tal es la característica de Sócrates: “no saber nada”.
La Apología
debió ser escrita en época muy temprana.
La altanería moral de aquel hombre, su hombría
y su actitud filosófica ante la muerte, amen de aquella encantadora ironía que le permitía una vez más burlarse
agudamente de sus detractores, fueron el factor coadyuvante de su condena.
Se cayó en el error de considerar a Sócrates un sofista, sin duda por que sus procedimientos eran semejantes, al menos externamente, a los de aquellos hombres, y porque gustaban seguirle muchos de los “clientes” de los sofistas, ávidos de escuchar una conversación bien llevada, o, más bien una discusión bien llevada, y, por consiguiente, el sutil análisis de una idea ingeniosa.
No se puede negar que experimentó la influencia
de la dialéctica de los primeros sofistas y que, cuando Platón habla de Pródicos
como uno de los maestros de Sócrates, no lo hace en un sentido del todo irónico.
La búsqueda y el análisis de la esencia de
las cosas le diferenciaban sin duda de aquellos “conferenciantes” (sofistas).
En cualquier caso, la erudición de Sócrates estaba condenada por la insistente afirmación de la “insciencia” y, por tanto, su actitud, o mejor dicho, su conciencia estaba liberada de toda autoridad tradicional.
El método de Sócrates tiene, así, un contenido
permanente y trata de buscar lo universal: Sócrates, el sempiterno defensor
de la justicia y de las leyes.
Este posicionamiento y su apariencia de sofista,
pesaba mucho. Aquel andar de acá para allá interrogando a unos y a otros, y
poniendo en evidencia la ignorancia de los que estaban más seguros de su propia
sabiduría tampoco le ayudó mucho. Por si todo esto fuera poco, sus ideas religiosas
no parecían coincidir gran cosa con las creencias tradicionales.
Este ambiente enrarecido por la propia sofistica
y por el oportunismo de Aristófanes, dio pie a Anito, Meleto y Licón para su
denuncia, formulada más o
menos
en estos términos: “Sócrates comete los siguientes delitos: no cree en los dioses
en que la ciudad cree, trata de introducir dioses extraños y corrompe a los
jóvenes”.
Sócrates se defendió de los cargos que se
le hacían con una entereza extraordinaria, sin recurrir a ninguna humillación,
sin tratar de despertar compasión. Hizo ver que estaba dispuesto, en el caso
de quedar absuelto, a vivir del mismo modo que hasta entonces (Apología, 29-c y ss.), y se mostró indiferente
ante el fallo del tribunal: 28l votos se inclinaron por su culpabilidad; 220
trataban de absolverle.
En la segunda parte del proceso, los acusadores
solicitaron la pena de muerte; Sócrates, como haciendo burla de la primera votación,
declaró que en lugar de castigo merecía, a título de ciudadano benemérito, el
privilegio de ser mantenido en el Pritaneo a expensas del Estado. Con ello creció
el número de jueces hostiles. De nada sirvió que en la última instancia propusiese
una multa de treinta minas. Finalmente fueron 360 votos los que apoyaron la
petición de la pena capital frente a solo l4l que aceptaban la propuesta del
acusado.
EL
"DESTINO" DE SÓCRATES:
Ya había adquirido, sin duda, Sócrates la autoridad de un maestro cuando el entusiasmo que por él sentía lleva a uno de sus familiares, a Querofón, a solicitar de la Pitia de Delfos que le diga si hay alguien mas sabio que él. La respuesta es negativa. Desde entonces, se considera Sócrates al servicio de Apolo e investido de una “misión”, que es buscar la razón de aquella respuesta, No ve en si ninguna especie de sabiduría, por lo tanto, “examinará” a aquellos que se creen sabios en lo que sea. Ahora bien, pronto se dará cuenta de que tiene sobre ellos una superioridad: la de no ser fácil víctima de su ignorancia por conocer su “nesciencia”.
Sócrates trabaja por desarrollar en los demás esta misma reflexión crítica que libera el espíritu de las opiniones aceptadas sin examen: “conocerse a si mismo” para corregirse, es lo que el llama “tener cuidado del alma” (Apología, 23 b-29 e).
Esta educación nueva no conlleva ningún dogmatismo,
se apoya en un método de “investigación común por el dialogo”. Desde esta perspectiva
educativa, a nada se consagrará Sócrates
con mayor entusiasmo que a su influencia sobre la juventud, en la que todavía
están recientes las huellas de otra educación y que tiene en ella misma, con
su propio porvenir, el de la ciudad. ¿Hizo explícitamente del amor que fecunda
las almas el resorte de su método? ¿Dijo, realmente, que era el amor lo único
que él sabía? Por lo menos parece bien cierto que amó a la juventud y quiso
ser amado por ella.
LA
“CALIDAD” HUMANA DE SÓCRATES:
Sócrates se propuso ser fiel a la misión
divina que la propia Apología testimonia:
“es un deber que la divinidad me ha prescrito por medio de oráculos, de sueños,
y por todos los medios de que haya podido usar jamás una potencia divina cualquiera
para prescribir algo a un hombre" (Apología, 33-c).
Y con esto Sócrates no rompe con la tradición, como falsamente pretendieron sus acusadores. Sócrates, muy al contrario, restauró la creencia en la deidad invisible, según la inclinaci6n filosófica de Diógenes y la más intelectual del “espíritu” pensante de Anaxágoras. Solo que Sócrates estaba hecho para el trato con los hombres y para certificar la verdad con su propia conducta. Descubrir al hombre verdadero, oculto tras sus galas y apariencias, he aquí su principal objetivo. Era éste un modo de reavivar la fe en la ciencia y de dignificar a la vez el poder político, en una época de áspera y crítica vicisitud.
La plena confianza en la justicia, que proviene
en Sócrates de su aspiraci6n a la Verdad pura, indica ya de por sí que su moral
tenía fundamentos religiosos y, por tanto, también metafísicos. Aunque la mano
de Platón no anduviese diestra y no nos hubiese legado la enseñanza de Sócrates
más que el trance de su proceso y muerte, tan bien recogido en la Apología, es innegable que tendríamos ya
prueba suficiente para juzgar y calificar al maestro. Sócrates representaba
como hombre, además de un ideal de vida, un ideal profundamente religioso y
una norma serena de conducta; pero ésta no tendría valor alguno si no se apoyase
en una rica tradición helénica, continuada mas tarde por los que vieron en él
no tan solo a un ser extraordinario, sino también a un profeta conductor de
almas. Nadie lo intuyó, quizá, mejor que aquel Platón enamorado de las ideas
puras y de los mundos siderales, el cual reflejó con emocionada verdad en las palabras ultimas de Sócrates a sus jueces
el sentir auténtico del magisterio socrático: “Vamos a salir de aquí -decía
Sócrates (Apología 39-b)-, yo, juzgado
por vosotros digno de sufrir la muerte, vosotros, juzgados por la Verdad culpables
de impostura y de injusticia. Sin duda era necesario que ocurriese así. Pienso,
por mi parte, que las cosas son como deben ser”. Y añadía un poco mas adelante:
“La voz divina no me ha detenido. Indudablemente, porque lo que me acontece
es bueno para mí... Y porque nos equivocamos cuando nos figuramos que la muerte
es un mal, siendo así que, para el hombre de bien, no podría haber mal ni en
esta vida ni en la otra; pues los dioses no son indiferentes a nuestra suerte...
¿Cuál es más envidiable: mi suerte o la vuestra? Nadie lo sabe excepto Dios”
(Apología 40-a y ss.). Aquí se encontraba
expreso el fin que justificaba la moral socrática, el Juez que daba a Sócrates
la tranquilidad de espíritu y le liberaba al mismo tiempo del infortunio.
LA
ÉTICA SOCRÁTICA:
Para Sócrates constituía un placer hablar
con sus amigos acerca de la esencia de las cosas. Nunca cesó en este empeño,
y, así, nos dice Jenofonte que le preocupaba reducir a una idea única, en una
visión de conjunto, lo que está diseminado por muchas partes, a fin de que la
definición de cada cosa haga manifiesto aquello de que se quiere instruir en
cada caso.
El mismo Jenofonte nos dice que la esencia
de las cosas que le preocupaban, era la esencia de aquellas cosas que caen dentro
de la esfera de lo ético, esto es, Sócrates hablaba siempre de cosas humanas,
considerando qué es la piedad y la impiedad, lo bueno y lo malo, lo justo y
lo injusto, la prudencia y la imprudencia..., pero esta intención ética de Sócrates
no se extiende únicamente a temas que son de suyo éticos o políticos, porque
toda la especulación socrática está bañada por el interés ético, tal es el caso
por ejemplo de la cosmología socrática e incluso de la estética socrática.
Sócrates se esfuerza en instruir a la juventud
en la virtud, pero la virtud para Sócrates no hay que entenderla al modo de
los sofistas (capacidad de sobresalir, dominar en la sociedad civil...) sino
como un hábito de obrar conforme a la naturaleza humana; la virtud es, por tanto,
para Sócrates, el obrar conforme a la naturaleza racional.
Ciertamente se puede hablar de un utilitarismo
en la ética de Sócrates, pero este utilitarismo no significa que las cosas buenas
hayan de subordinarse a la utilidad, sino que esta resulta de la bondad de las
acciones, una cosa no es buena porque sea útil, sino que es útil porque es buena,
ahora bien, también es verdad que en la realidad, la utilidad y la bondad se
dan juntas, de ahí que esa sea la razón de que en muchos casos diga Sócrates
que la utilidad es el criterio para diagnosticar la bondad de una acción. Así
entendido, se puede decir que la ética de Sócrates es la que nos enseña cuáles
son las acciones que deben ponerse en práctica y cuáles evitarse, por eso, la
ética, para Sócrates, es algo necesario para el bien obrar, más aún, es también
lo suficiente para el bien obrar, esto es, nadie obra mal voluntariamente, el
que obra mal es por ignorancia (optimismo intelectualista) porque cada uno persigue
su propia utilidad y la ética nos enseña que la virtud hay que ponerla en la
máxima utilidad y, por consiguiente, hay que seguirla. Esto no quiere decir
que no existan aquellos que saben que hay que hacer el bien y no lo hacen, oponiéndose
de esta manera tanto al pagano Ovidio como al cristiano Pablo.
Los griegos habían tenido una moralidad objetiva;
mas lo que quiso enseñarles Sócrates eran las virtudes y deberes morales, y
otras cosas a considerar. El hombre moral no es aquel que simplemente quiere
y hace lo que es justo, ni es el hombre inocente, sino el que posee la conciencia
de su obrar".
Sócrates hizo que la determinación del hombre a actuar se basara en su propio parecer y convicción; y con esto enfrentó al sujeto, en cuanto autor de sus decisiones, con su patria y con la costumbre, convirtiéndolo por lo mismo en un oráculo en el sentido griego de la palabra. Decía de sí mismo, que tenía en su interior un “daimon” que le aconsejaba cuanto debía hacer y le revelaba lo que era provechoso para sus amigos. Con el incipiente mundo interior de la subjetividad se inaugura la ruptura con la realidad. Aun cuando Sócrates cumplió sus deberes como ciudadano, no obstante su verdadera patria no era ese estado efectivo ni su religión, sino el mundo del pensamiento. Es en ese momento que se suscitó la cuestión de si existen los dioses y qué son.
El discípulo de Sócrates, Platón, expulsó de su Republica a Homero y a Hesíodo, los forjadores de las concepciones religiosas de los griegos, pues exigía una idea más elevada -de índole conceptual- sobre aquello a lo que hay que honrar como Dios. Es ahora que muchos ciudadanos abandonan la vida práctica y los negocios estatales para instalarse en el orbe de las ideas. Al principio, Sócrates se evidencia como revolucionario frente al estado ateniense; pues lo característico de dicho Estado es que la costumbre constituye la forma misma de su subsistencia, o, lo que es lo mismo, el no establecer separación alguna entre el pensamiento y la vida real.
Cuando Sócrates quiere hacer reflexionar
a sus amigos, el dialogo tiene siempre un cariz negativo, es decir, los lleva
a una conciencia de quo no saben qué es lo correcto.
Ahora bien, en el hecho de ser condenado a muerte porque ha enunciado el principio que debe ahora entrar en juego, cuenta tanto la vindicación suprema de que el pueblo ateniense sentencia a su enemigo absoluto como cuenta también algo sumamente trágico: pues los atenienses hubieron de darse cuenta de que aquello que ordenaban en Sócrates había ya echado hondas raíces en ellos mismos y, en consecuencia, a la par con él, eran también culpables o habían de ser igualmente absueltos.
En consonancia con esto, los acusadores de
Sócrates condenaron a los atenienses y a él lo proclamaron inocente. A partir
de ahora se desarrolló en Atenas, cada vez más, ese principio superior que arruinaba
la existencia substancial del Estado ateniense: el espíritu había adquirido
la propensión a colmarse a sí mismo y a reflexionar. Incluso en su descomposición
aparece espléndido el espíritu de Atenas porque se muestra como libre y como
el espíritu liberal que exhibe sus momentos en su límpida peculiaridad y en
la forma como son.
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I B L I O G R A F Í A: