Un Intento de aproximación a la adolescencia


Autor: Burdon

A O EL MUNDO DE UNA MUJER

 

Es mucho lo que se ha escrito sobre la adolescencia, esa edad tan interesante y decisiva para el hombre. Sin embargo continúa siendo una etapa intrincada y muy difícil de desentra­ñar.

Siguiendo a los autores que han abordado el tema, podríamos recorrer largos siglos de historia: desde Platón a nuestros días, pasando por los moralistas medievales, los maestros del Renaci­miento y los demás, psicólogos y pedagogos, que ya sin interrup­ción se han sucedido hasta nosotros.

Todos han aportado algo y han proyectado su pequeño o gran rayo de luz sobre el tema de la adolescencia. Pero aún quedan, y seguirán manteniéndose, muchos rincones oscuros ya que, por definición, el adolescente es muy celoso de ocultar su intimidad a los ojos extraños. Penetrar en ella resulta necesariamente difícil.

La adolescencia es una etapa claramente problemática, tras cuya superación, el individuo conseguirá integrarse total y definitivamente (eso es lo que se espera de él) en el mundo de los adultos, como uno más entre ellos. Pero si esta etapa es problemática y difícil para el chico, no lo es menos para quien pretende profundizar en el conocimiento de esta fase del desarrollo humano.

En cualquier caso, podemos afirmar que en la base de las transformaciones de tipo psíquico que tienen lugar durante esta etapa hay un hecho somático que marca su principio: este hecho es el fenómeno puberal, que indica la madurez sexual en la persona. Las consecuencias psicológicas de esta maduración sexual son hondas y fácilmente observables; podríamos resumirlas en una palabra: <<curiosidad>>. Una curiosidad intensa que absorbe todo el interés del adolescente; una curiosidad teñida de angustia y temor, por un lado, y de satisfacción y orgullo, por otro.

Las transformaciones que observa en su propio cuerpo fijan primero su atención; en muchos casos le turban y confunden, hasta el punto de provocar en él un retraimiento que le lleva a encerrarse en sí mismo. También se extiende su interés a lo informativo: siente una ineludible necesidad de conocer las causas y las consecuencias de los cambios que experimenta, así como de otros fenómenos relacionados con ellos que advierte en los adultos.

Respecto a la cuestión de cuándo termina la adolescencia digamos tan sólo que es mucho más compleja que la de su inicio, y que el desacuerdo es la norma general que la preside.

El adolescente se caracteriza por un extraordina­rio afán introspectivo, por lo que pone un celo enorme en ocultar su intimidad a los ojos ajenos, sobre todo a los adultos. Así, aunque su vida íntima puede llegar a proyectarse al exterior de varias formas -espontáneas unas, provocadas otras[1]-, resulta difícil penetrar en ella para conocerla. Esas manifestaciones, sin embargo, cuando se conocen, allanan el camino. Todo esto ha de completarse con lo que nos aportan sus demás manifestaciones psicológicas y, en especial, con la observación directa del adolescente.

A pesar de las dificultades que el conocimiento del adolescente presenta, digamos desde ahora que, más allá de las diferen­cias individua­les, sociales y ambientales que le corres­ponden, su psicología es fundamentalmente la misma a través del tiempo y de las distintas variables que condicionan su manifesta­ción y desarrollo[2].

Por todo lo dicho hemos de entrar ahora, con cuidado, en lo que la adolescencia nos revela como características generales y comunes.

Y ante todo volvamos a subrayar que, sea lo que sea la adolescencia, lo cierto es que se trata de una edad de crisis que llevará al niño a una completa adaptación al mundo de los adultos: una edad maravillosa a la vez que ingrata, tanto para quien la vive como para quien la presencia, una edad en la que se fraguan el futuro y la personalidad del individuo.

Asistimos ahora, en el plano psíquico, a un nuevo despertar de la imaginación que se traduce en la exaltación estética frente a la belleza natural y en una creatividad artística que se adueña de todos los campos de expresión. Es también la época del descubrimiento pleno del yo por la introspección, de intensa vida interior y de afirmación de sí mismo. En ella se conquista, además, el razonamiento abstracto y formal, y la inteligencia alcanza su pleno desarrollo cuantitativo. Todo esto siempre en un marco de honda afectividad y de sentimientos hasta entonces desconocidos. Es, en fin, una etapa de grandes inquietudes morales y sociales.

En efecto, la vida imaginativa del joven se hace más intensa. La fantasía y el ensueño son fenómenos corrientes a esta edad. El adolescente tiene escaso sentido de la realidad y se abandona con frecuencia a un mundo de ensoñaciones; su mente se puebla de proyectos y deseos irrealizables, se entusiasma fácilmente... para ser luego víctima de depresiones y melancolías al no poder llevar a cabo sus imprecisos deseos. Se suscita así un clima propicio para el pesimismo, la angustia y la desespera­ción; aunque también puede darse la reacción contraria con la expresión tumultuosa de las propias ideas y convicciones. Esta última se ve apoyada por el alto sentimiento que el adolescente tiene de sí mismo, egolatría y egoísmo producto de su autorrefle­xión, que le lleva a dogmatizar y a expresar con absoluta seguridad y aplomo sus propias ideas y opiniones. Demuestra un gran afán por conquistar la estimación de los otros, en especial la de sus compañeros. Unas veces lo intentará con el cuidado escrupuloso de su comportamiento y apariencia externa, otras por medio de su rebuscada extravagancia en el vestir o en el obrar.

Contrastando con el alto concepto que tiene de sus propios valores y virtudes, manifiesta una acusada susceptibilidad: nada le hiere tanto como no ser tomado en serio. Irritación que proviene de que se sabe que ya no es un niño, pero tampoco un adulto: un signo más de la ambivalencia típica de esta edad.

En este aspecto puede decirse, con justicia, que la afectividad constituye el núcleo catalizador de toda la evolución psíquica del adolescente. En efecto, en esta etapa aparecen nuevos sentimientos: el amor y el odio, el desprecio y la admiración, la nostalgia, los sentimientos superiores morales y estéticos. Pero los más característicos son, sin duda, el amor y la amistad, junto con el <<erotismo>>, que vendría a ser como un intermedio entre ambos.

Hay que señalar además que es en este momento cuando hacen aparición las aptitudes especiales, cosa que ocurre, como es lógico, cuando la inteligencia ha alcanzado su pleno desarrollo cuantitativo y cualitativo.

En resumen, todo indica que el adolescente va a incorporarse a la sociedad adulta. Esta incorporación es una de las metas hacia las que se siente impulsado. Influyen en ello muchas causas. Unas, de orden intrínseco: por ejemplo, la evolución sexual, que le empuja en definitiva hacia los otros; la madurez intelectual y la reflexión, que le capacitan para conocer el valor humano de las personas que le rodean; o el descubrimiento del yo o la afirmación progresiva de su personalidad, que sólo puede conseguirse en el cotejo de sí mismo con los demás, lo que le obliga a conocerlos y a comprenderlos. Otras causas son de orden extrínseco: ante todo el comprobar que existen otras personas con sus mismos o parecidos problemas; y junto a ellos los continuos estímulos de toda clase -intelectuales, artísticos, deportivos, etc.- que la sociedad le ofrece, despertando su interés y sus apetencias de participar.

Pero el camino hacia esta meta normalmente no lo recorre en línea recta, sino a través de un doble movimiento en sentido contrario: una evasión o fuga y un retorno. En la primera fase el adolescente adopta una actitud de rebeldía, más o menos intensa según los individuos pero común a todos ellos.

Esta actitud arisca y suspicaz se debe, en parte, a que los adolescentes no encuentran muchas veces en sus padres y educado­res la comprensión que esperaban de ellos. Sienten, además, nuevas necesidades y apetencias a las que la familia o el colegio no sólo son incapaces de responder, sino que incluso les coartan la posibilidad de darles cauce; lo cual se aplica a las nuevas relaciones humanas hacia las que se sienten impulsados. Por otra parte, la misma evolución hacia la madurez lleva al adolescente a forjarse unos nuevos valores, que ahora, los que tenía, le parecen producto de las imposiciones de los adultos y así, al revisarlos, se rebela al mismo tiempo contra quienes, a su juicio, se los impusieron.

A los factores apuntados se añade también la ruptura del principio de autoridad, cosa que ocurre lógicamente cuando se percata de que sus padres no son ni tan sabios, ni tan buenos, ni tan omnipotentes como él creyera en sus años infantiles. Las opiniones y los mandatos no pasan ya como dogmas de fe, sino que son perfectamente discutibles según su nueva mentalidad. El adolescente se encuentra muchas veces en total desacuerdo con el criterio de sus padres sobre aspectos importan­tes de la vida; de ninguna manera admitirá que se le quiera imponer algo únicamente <<porque sí>>.

Cualquier tipo, pues, de imposición por parte de los padres puede exacerbar la crisis familiar y ser causa de continuos conflictos: la indumentaria, los deportes, las diversiones, los estudios, la elección de profesión, cuestiones ideológicas o políticas, etc. Y mucho más cuando se interfiera con sus amistades o se aluda a su vida afectiva. El tema del dinero suele ser también motivo de disputas y disgustos, ya que la dependencia económica hiere los sentimientos del adolescente.

La disminución de estos conflictos familiares depende, por una parte, del carácter de cada adolescente y, por otra, del de los padres; pero también del ambiente que reine en la familia.

Otro conflicto se puede dar en el plano escolar. Por eso es tan importante en esta etapa la estrecha colaboración entre los padres y los educadores.

Muchas veces la integración social del adolescente se realiza a través del grupo. En este sentido cabe citar a los movimientos juveniles, los cuales ofrecen en este momento un amplio cauce a las aspiraciones del adolescente: fomentan la solidaridad, el espíritu de aventura, la responsabilidad, la disciplina y la actividad en común. Sin duda contribuyen a una buena labor de formación, por lo cual es aconsejable que los padres faciliten a los jóvenes la posibilidad de integrarse en ellos.

Pero si este deseo de socialización es general, también es característica de la adolescencia una cierta tendencia al aislamiento o a la huida. Puede manifestarse ésta como la pasividad del muchacho que se encierra en sí mismo dentro de su hogar, y sin embargo se hace impermeable a toda influencia que le venga del medio familiar; o puede ser una postura activa, que llegue incluso hasta el extremo de escaparse de casa.

Se han buscado muchas explicaciones para estas fugas: el deseo de liberarse de un ambiente demasiado opresivo; el afán de cambiar de lugar, de sentirse libre, de ver el mundo, un modo de expresar su autoafirmación o su oposición agresiva al ambiente que le rodea; o también una manera de inhibirse de una situación conflictual o atemorizante. Tampoco se deben descartar factores patológicos, aunque sólo se dan en casos muy concretos.

La huida puede adoptar una forma extrema y definitiva: el suicidio. Es un hecho que aumenta alarmantemente en estos últimos tiempos. A primera vista podemos atribuirlo a desengaños amorosos, pérdida de algún ser querido, fracaso en los estudios, frustraciones fuertes o temores agudos. Pero en realidad se debe considerar que estos factores no son más que manifestaciones de otras situaciones, conflictos o causas más profundas que constituyen los verdaderos motivos del suicidio.

Algún autor lo ha atribuido a un profundo sentimiento de soledad; otros lo explican como compensación de un complejo de inferioridad que motivaron los adultos con sus menosprecios y burlas; sería en este caso como una venganza. También hay autores que lo atribuyen a un sentimiento agudo de inseguridad y abandono, o a la falta de motivos que justifiquen y den razón de vivir.

En cualquier caso, se puede afirmar que el grado de curiosidad por conocer el rico continente interior, solamente asequible por introspección, es muy variable. Unos se contentan con saber lo que sienten, mientras otros se muestran ávidos de comprender a fondo el sentido de sus vivencias.

Desde este punto de vista podemos decir que la maduración de la persona consiste precisamente en adquirir gradualmente una actitud vital definida. Esto quiere decir que nos proponemos respetar aquellos valores que confieren sentido a la vida. Con esta actitud, nuestras valoraciones confirmarán en cada momento que vale la pena vivir así. Al comienzo de la vida, los valores son meramente biológicos, orientados hacia la supervivencia. Poco a poco se van matizando y gana un sentido más elevado a medida que la persona madura. Y cuando menudean las respuestas negativas a la pregunta interior de si vale la pena seguir viviendo así, se presenta entonces la desorientación vital a nivel de persona.

Sin embargo, lo ordinario es que la vida transcurra sin dilemas tan radicales. Por lo general, encontramos respuestas adecuadas a las distintas situaciones vitales sin salirnos de la tabla de valores que hemos adoptado. La salud, la integridad corpórea o la familia y la sexualidad plantean continuamente problemas de comportamiento, pero los vamos resolviendo dentro de nuestra actitud vital. Con todo, en momentos excepcionales surge la necesidad de buscar un <<óptimo>>, una forma superior de vida que nos aporte una disminución considerable de patior (padecer).

Es claro que el comportamiento personal en los adultos exige valoraciones para decidir lo que conviene hacer frente al mundo y frente a los demás. La persona no es solamente la persona dada, sino que es también su proyecto y el balance de lo conseguido en relación con aquel proyecto. La maduración se mueve siempre dentro de estas tres dimensiones: persona dada, proyectada y conseguida. Pero debemos añadir dos aspectos más: la persona interior y la exteriorizada.

Lo que somos interiormente puede coincidir con nuestra exteriorización, pero muchas veces difiere. La presión social o la estrategia propia nos obligan frecuentemente a mostrarnos distintos de lo que somos. Evidentemente preferimos las situacio­nes en las que podemos expresarnos auténticamente, pero no siempre podemos elegir la situación en que nos encontramos. Eso plantea el problema de la sinceridad o veracidad. Tenemos que preguntarnos si debemos ponernos la llamada máscara social y por qué. De esta manera, se presenta un modo de confrontación interior.

Tenemos, por tanto, que a partir de lo que somos y proyectamos debemos valorar nuestro comportamiento y decidir si obraremos en consecuencia o adoptaremos provisionalmente una solución estratégica. Estas tensiones entre lo que somos y lo que queremos ser, entre lo que somos y lo que debemos aparentar, nos obligan a una reconsideración continua de los valores. La experiencia nos impone confirmarlos o corregirlos. Por ello, nosotros, al igual que nuestros valores, no somos enteramente fijos: estamos, y están, sometidos al cambio.

De ahí se desprende que la maduración comporta siempre una cierta transformación de los valores aceptados por las personas. Estos cambios serán normales y significarán una maduración, siempre que su motivo sea una experiencia real y bien valorada en sí misma. Una maduración que no es otra cosa que una evolución progresiva, un desarrollo de la personalidad que capacita al hombre a encontrar un sentido a la vida. La maduración consiste pues en una serie de actos de autoafirmación del hombre. En ellos se alcanza un plus de forma, un ensanchamiento de la persona dentro de los ámbitos ya conocidos: un perfeccionamiento ético, una mayor capacitación profesional, etc. Se trata, por tanto, de realizar un ideal ya concebido. El hombre, en consecuencia, puede limitarse al mero sobrevivir, o puede madurar. Para sobrevivir le basta defenderse contra la agresión y los riesgos de la vida. Si quiere madurar debe profundizar en su autoconoci­miento. Es decir, el conocimiento correcto de uno mismo es la base impres­cindible para vivir plenamente a nivel personal. Toda la maduración de la persona, sus posibilidades creadoras, la comprensión de los demás, etc., descansan en el autoconocimiento.

No obstante, se oye decir a menudo que el conocimiento de <<sí mismo>> es difícil y aun imposible. Hay que rechazar, desde luego, la imposibilidad. Los que adoptan una postura tan radical olvidan que todo conocimiento engloba un conocimiento de sí mismo y esto vale para todos los niveles, como requisito de cualquier orientación vital. Sin embargo, a lo que aluden esos escépticos es a la dificultad de lograr la verdad completa sobre nosotros mismos. Esto es cierto, pero se debe comprender que la búsqueda de la verdad en un organismo que crece, se desarrolla y degenera es natural que esté sometida a variaciones. De todas maneras, el conocimiento que tenemos de nosotros es el más seguro. Las verdades sobre el mundo y sobre los otros lo son mucho menos. Si yo soy tacaño, solamente yo puedo saber verdaderamente la medida de mi tacañería.

La principal dificultad en el autoconocimiento no reside en el conocimiento mismo, sino en que muchas veces nos cuesta admitir la imagen que nos transmite el espejo interior. Ante los otros y ante nosotros mismos, queremos aparecer mejores de lo que somos. Por otra parte, cualquier conocimiento está expuesto al error y a la desviación. Llevados por el torbellino de la vida, no estamos siempre preparados para responder adecuadamente a una multitud de estímulos dominantes, repentinos, amenazadores. Bajo estas condiciones la valoración puede ser errónea. En una situación desfavorable podemos juzgar que no tiene demasiada importancia y que podremos aguantarla fácilmente. Después nos dirá el tono afectivo que la situación era realmente difícil y el soportarla nos costó mucho. Vemos, sin embargo, que estos erro­res se corrigen y, por tanto, se puede hablar de un proceso de autoconocimiento que, bien llevado, nos aproxima siempre más a nuestra <<verdad interior>>. Si después de un error nos apresura­mos a corregirlo, prevenimos errores futuros.

Encontrar el debido equilibrio entre la aspiración personal a lo óptimo y la necesidad de adaptarnos a las circunstancias, es posible únicamente si sabemos bien lo que somos y podemos. Cada hombre lleva en su interior una combinación individual de los factores de comportamiento y un llamamiento a realizar su vida según la medida de sus fuerzas, rasgos y aptitudes. Lo que el hombre debe hacer, para cumplir con esta tarea, es descubrir por sí mismo tales fuerzas, rasgos y aptitudes usando su poder de introspección.

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NOTAS:

[1]Entre las manifestaciones espontáneas podemos citar las confidencias, ya sean orales o escritas como las cartas o diarios, siendo estos últimos de extraordinario valor, pues el adolescente recoge en ellos la parte que le interesa de los acontecimientos, la impresión que le causan y sus reflexiones a este propósito. Y entre las provocadas estarían las entrevistas, cuestiona­rios, encuestas, que suelen dar resultados positivos cuando se respeta el anonimato.

[2]Hay que señalar que la <<cultura>>, en términos generales, sí podría ser una <<diferencia>> que condicionase, de una manera u otra el desarrollo del adolescente. No obstante, hay que advertir, que las limitaciones de mis conoci­mien­tos a este respecto, y la dificultad que entraña, de hecho, esta cuestión, superan con creces cualquier posible norma que sirviese de base para mantener o argumentar diferencias psicológicas en el desarrollo y manifestación de los adolescentes de distintas culturas.

 

 

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