Autor: Lemuel
En las sociedades actuales, (…)
el distanciamiento cínico, la risa, la ironía, son, por así
decirlo, parte del juego. La ideología dominante no pretende ser tomada
en serio o literalmente.
La ideología no es una ilusión ensoñadora que construimos para eludir una realidad insoportable. En su dimensión básica, es una construcción fantástica que sirve para sustentar nuestra propia “realidad”, una “ilusión” que estructura nuestras relaciones sociales reales efectivas y con ello enmascara un núcleo insoportable, real e imposible…
La única manera de quebrar el poder de nuestro sueño ideológico es afrontar lo real de nuestro deseo que se anuncia él mismo ahí.
Parece más fácil imaginar el “fin del mundo” que un cambio mucho más modesto en el modo de producción, como si el capitalismo liberal fuera lo “real” que de algún modo sobrevivirá, incluso bajo una catástrofe ecológica global…
Se puede afirmar categóricamente la existencia de la ideología en cuanto matriz generativa que regula la relación entre lo visible y lo no visible, entre lo imaginable y lo no imaginable, así como los cambios producidos en esa relación.
El punto de partida de la crítica de la ideología debe ser el reconocimiento pleno del hecho de que es muy fácil mentir con el ropaje de la verdad. (…) La forma más notable de mentir con el ropaje de la verdad hoy es el cinismo: con una franqueza cautivadora, uno “admite todo”, sin que este pleno reconocimiento de nuestros intereses de poder nos impida en absoluto continuar detrás de esos intereses.
Una de las estratagemas fundamentales de la ideología es la referencia a alguna certeza manifiesta. (…) “Dejemos que los hechos hablen por sí mismos” es quizá el archienunciado de la ideología. La cuestión es, precisamente, que los hechos nunca “hablan por sí mismos”, sino que una red de dispositivos discursivos los hacen hablar.
La creencia religiosa no es sólo, ni siquiera principalmente, una convicción interna, sino que la Iglesia y sus rituales (oración, bautismo, confirmación, confesión), lejos de ser una mera exteriorización secundaria de la creencia interna, corresponden a los mecanismos mismos que la generan. (…) El ritual “externo” genera performativamente su propio fundamento ideológico.
Una referencia directa a la coerción extraideológica (del mercado, por ejemplo) es un gesto ideológico por excelencia, pues el mercado y los medios (masivos) están interrelacionados dialécticamente. Vivimos en una “sociedad del espectáculo” (Guy Debord) en la que los medios estructuran de antemano nuestra percepción de la realidad, y hacen la realidad indistinguible de su imagen “estetizada”.
La ideología propiamente dicha emerge solo con la división del trabajo y de clases, solo cuando las ideas “erróneas” pierden sus carácter “inmediato” y son “elaboradas” por intelectuales con el fin de sostener (o legitimar) las relaciones de dominación existentes. En pocas palabras, solo cuando la división entre Amo y Sirviente se conjuga con la división del trabajo en trabajo intelectual y trabajo físico. (…) Según la fórmula de Engels, el Estado mismo es la primera fuerza ideológica.
¿Por qué Marx elige precisamente el término “fetichismo” para designar el “capricho teológico” del universo de las mercancías? (…) “Fetichismo” es un término religioso para aludir a la falsa idolatría (anterior) que se opone a la verdadera creencia (actual). (…) El argumento de Marx es que el universo de la mercancía proporciona el complemento fetichístico necesario para la espiritualidad “oficial”: bien puede ser que la ideología “oficial” de nuestra sociedad sea la espiritualidad cristiana, pero su fundamento real no deja de ser la idolatría del Becerro de Oro, el dinero. El argumento de Marx es que no hay espíritus sin fantasmas-espíritus, no hay espiritualidad “pura” sin el obsceno espectro de la “materia espiritualizada”.
La problemática de la ideología, su estatuto elusivo, según lo prueban sus vicisitudes “posmodernas”, nos ha devuelto así a Marx, a la centralidad del antagonismo social, la lucha de clases. Sin embargo (…) la problemática de la ideología nos ha conducido al carácter inherentemente incompleto, inacabado del materialismo histórico.