Wittgenstein

 

Autor: Lemuel

 

 


Las primeras noticias que me llegaron de Ludwig Wittgenstein (1889-1951) fueron indirectas, y se referían a otro de los integrantes de su prestigiosa y acaudalada parentela: el hermano pianista. Este hombre se había quedado manco durante la llamada Gran Guerra, y el gran compositor vascofrancés Maurice Ravel tuvo el detalle de escribir para él en 1931 una de sus grandes obras maestras, el Concierto en Sol para piano y orquesta, también conocido como Concierto para la mano izquierda. Cuando tuve ya una idea algo más aproximada acerca de Ludwig, cayó en mi poder la genial novela de Bernhard El sobrino de Wittgenstein. Pienso ahora que sería muy interesante hacer un recorrido por la nutrida genealogía de esta asombrosa familia, tan íntimamente engranada en la economía y la cultura vienesas de entreguerras. Saldrían a relucir nombres como el del pintor Klimt y el poeta Rilke, el compositor Gustav Mahler, el director de orquesta Bruno Walter y otras figuras de relieve semejante. Hasta entra dentro de lo posible que Jacques Austerlitz, el personaje de W. G. Sebald, estuviese emparentado con Wittgenstein, a juzgar por el notable parecido físico entre ambos personajes.

El problema al que se enfrenta un parvenu como yo cuando intenta aproximarse a una figura como Ludwig Wittgenstein (al que en lo sucesivo llamaré W, por abreviar) es semejante al que se le planteaba al famélico asno de Buridán. Es decir que, solicitado por dos focos de atracción igualmente fascinantes y apetitosos: la personalidad humana y el pensamiento filosófico de este señor, uno acaba finalmente quedándose in albis o en ayunas de ambas cosas. Dicho de otro modo: que no estoy muy seguro de haber podido pillarle el truquillo al pensamiento de W, como tampoco lo estoy tampoco de haber conseguido entender nunca cabalmente la complejísima, extraordinaria personalidad de quien es para muchos el mayor filósofo, o antifilósofo, del siglo XX.

Por cierto que, al menos en lo que se refiere a mi incomprensión del pensamiento de W, me siento muy bien acompañado. Antes de conseguir que le publicasen su Tractatus logico-philosophicus (cosa que no resultó nada fácil, a la que estuvo a punto de renunciar y que solo se materializó en 1922, tras cuatro años de gestiones), W escribió en una carta: “¡Es amargo pensar que nadie lo entenderá aunque se publique!” Pues resultaba, en efecto, que ni el mismísimo Bertrand Russell lo entendía, o que lo entendía mal, y así se lo reprochó el propio W a su amigo y “maestro” inglés. Tampoco el gran Gottlob Frege entendía el escrito de W, según confesó modestamente. Los filósofos académicos al uso no era previsible que lo entendiesen, y W opinaba que facilitarles su obra habría sido como echar margaritas a los cerdos. No es seguro siquiera (pienso yo) que el propio W lo (se) entendiese, aunque en el prólogo de su librito afirme sin falsas modestias que “la verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece intocable y definitiva”. Y, como puntilla, lo indudable es que el filósofo vienés estaba convencido además de que nadie iba a entender nunca aquella verdad.

He aquí, por ejemplo, lo que escribía W en una carta a uno de sus potenciales y muy dubitativos editores: “Quizá le sirva de ayuda que le escriba unas cuantas palabras sobre mi libro: Creo firmemente que no sacará usted demasiado de su lectura. Pues no lo comprenderá…” Supongo que esta era la peculiar manera que tenía W de inyectar un poco de moral a aquellos hamletianos individuos para que se animasen a editar su obra. Pero lo más bonito es lo que sigue en esta misma epístola:

“… Mi obra se compone de dos partes: la que aquí aparece y todo aquello que no he escrito. Y precisamente esta segunda parte es la importante.”

Eso a mí me parece rigurosamente genial. Me pregunto, tras leer esa insólita reflexión, a cuenta de qué iban a animarse los editores a sacar al mercado la parte menos importante de la obra de W, siendo así que de hecho ya habían dejado de sacar la parte fundamental, que era la que W no había escrito. Por otro lado, me admira la enorme perspicacia del gran filósofo, capaz de caracterizar con tanta exactitud, entre otros, mi propio caso filosófico: pues estas cosillas que escribo en estos borradores internáuticos solo constituyen la primera parte de mi obra, mientras que lo más importante mío es también la segunda parte, es decir, lo que no he escrito.

Pero, hablando en serio, eso que decía W no era un chiste. Hacía referencia en realidad al punto fundamental del Tractatus: la teoría de lo que puede ser expresado mediante proposiciones (i. e., mediante el lenguaje), que es lo que puede ser pensado, y lo que no puede ser expresado mediante proposiciones, sino solo mostrado. “Creo –escribía W—que esto es el problema cardinal de la filosofía.” En el propio libro lo dice así:

“6.522 Lo inexpresable, ciertamente, existe. Se muestra, es lo místico.”

“7. De lo que no se puede hablar hay que callar.”

 

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