Autor: Lemuel y participacion de {-SaDe-}
Wittgenstein
09/09/2006
Hay dos W, el del Tractatus logico-philosophicus, que es un librito de chicha
y nabo publicado en vida del autor, y el de las Investigaciones filosóficas,
que vio la luz tras su muerte. Como entre una y otra obra existen ciertas
serias discrepancias conceptuales, suele hablarse entonces de un Primer W
y de un Segundo W, en referencia más que nada a uno u otro de esos
textos clave.
Hay quienes aseguran que este señor austriaco es el principal filósofo del siglo XX. Pero quizá exageran un poco. Bien es verdad que yo no estoy muy autorizado para juzgar al respecto, entre otras cosas, porque solo me he leído el Primer W, mientras que el Segundo W lo desconozco, o solo lo conozco de oídas. Y pudiera ocurrir que quienes ponen a W en el primer puesto de la filosofía del siglo XX lo hagan pensando sobre todo en el Segundo W y no en el Primer W. También es posible que el Primer W, que es la obrita de chicha y nabo que he leído, yo no haya sido capaz de entenderla, y que ese sea el motivo de que no me parezca la cosa como para tirar cohetes. No sé.
El inteligentísimo lógico y matemático alemán Gottlob Frege, maestro y amigo de W, se puso a la tarea y solo consiguió leer la primera página del Primer W. No avanzó más porque no entendía nada, según le confesó él mismo a don Ludwig. Escucha, Ludwig, que me he leído la primera página del Tractatus y no entiendo nada, le dijo. (Yo suelo hacer igual que Frege. Cojo un libro, leo la primera página y, si veo que no entiendo nada, lo dejo. Pues ¿para qué seguir leyendo la segunda página de un libro si no has entendido la primera? Sería perder el tiempo tontamente, creo yo.)
El inteligentísimo lógico y matemático inglés Bertrand Russell, otro maestro y amigo de W, se leyó la primera página del Primer W y, en vista de que la entendía perfectamente, pasó luego a la segunda y, así de seguido, fue leyendo hasta el final. Lo había entendido tan bien que no estaba de acuerdo con algunas de las cosas que allí decía W, sobre todo en relación a la lógica. Oye, Ludwig, amigo mío, que no estoy de acuerdo contigo en eso que dices, por ejemplo, de la vinculaciones entre ética y lógica. Pero, ¡ay!, lo cierto es que la amistad entre Ludwig y Bertrand se había enfriado mucho y ya no era ni de lejos lo que había sido antes de unas fuertes agarradas filosóficas (pero sin atizador) que tuvieron antes de la Primera Guerra, allá en Oxbridge. Ludwig era un tipo muy temperamental, tenía mucho genio, y le irritaba la característica flema inglesa del inglesísimo Bertrand. Los tiempos en que a Ludwig se le caía la baba oyendo a hablar a Bertrand habían pasado para no volver. Y ahora que Bertrand había leído su Tractatus y le decía esto y lo otro acerca de su Tractatus, Ludwig se daba cuenta de que Bertrand no había entendido tampoco su Tractatus. Lo cual no era nada extraño, ya que el propio Ludwig había dicho en una ocasión que nadie entendería nunca su Tractatus y que él mismo, Ludwig, no estaba muy seguro de entender tampoco su propio Tractatus. Lo cual no era óbice para que Ludwig hablase de su Tractatus como si realmente lo hubiese entendido, y dijese aquello de que su Tractatus era una obra “intocable y definitiva”, que, en su Tractatus, “en todos los puntos esenciales, había resuelto los problemas de una manera decisiva”, y demás.
Otro día seguiré divagando sobre W, que hoy estoy un poco fatigué, y encima se nos echa encima la familia.
Wittgenstein y Russell
11/09/2006
Mientras su ex amigo y ex maestro Russell se pronunciaba muy meritoriamente y desde el primer momento contra la guerra imperialista del año 14, W, pese a haber sido dispensado de sus obligaciones militares por razones médicas, se empeñó en cambio en alistarse como soldado. Durante la guerra, movilizado primero en el frente ruso y luego en el italiano, se diría (y en esto coinciden todos los estudiosos) que W buscaba deliberadamente la muerte. Entre batalla y batalla, al tiempo que leía a Schopenhauer y Kierkegaard, a Tolstoi y Dostoievski, a Emerson y Nietzsche (o sea, prácticamente a la totalidad de los autores de su vida, pues en este sentido era hombre sencillo, ignorante y de muy escasas lecturas), W trabajaba en su Logish-philosophische Abhandlung (que luego se llamará Tractatus logico-philosophicus). En agosto del 18 tiene acabado ya el manuscrito. Hecho prisionero por los italianos en los últimos meses de la contienda, W no será liberado hasta agosto del 19, y es entonces cuando se plantea la tarea de publicar su obra.
Lo cual no resulta nada fácil, como es natural. Pese al apoyo de Rilke, en Viena W no encuentra editor dispuesto a publicar aquello. Tras infructuosas gestiones aquí y allá, finalmente, en 1922, y gracias por cierto a los buenos oficios de Russell, el texto es editado en Inglaterra en versión bilingüe y con el spinoziano título latino (sugerido por George E. Moore) con el que será conocido ya desde entonces: Tractatus…
Pese a todo, Bertrand y W no se llevaban nada bien. En 1919, ambos habían estado discutiendo toda una semana en La Haya, sin ponerse de acuerdo. En carta enviada poco después a Lady Ottoline Morrell, el inglés escribía: “Yo había notado ya un cierto misticismo en su libro, pero me quedé asombrado al comprobar que él se había convertido por completo en un místico.” Para la edición inglesa del Tractatus, Bertrand había escrito una Introducción que W juzgaba totalmente equivocada. Escucha, Bertrand, que esa Introducción tuya no debes incluirla en la edición, que no has entendido nada de mi Tractatus. ¿Pero qué dices, Ludwig? Si lo he entendido todo, y, por cierto, que no acaba de gustarme…
El Primer W, o sea, el Tractatus, saca frecuentemente en sus páginas al bueno de Russell, sobre todo para criticarle. “El error de Russell se muestra en que…” (3.331). “Esto es algo que Frege y Russell pasaron por alto.” (4.1273). “Las leyes deductivas como las de Frege y Russell carecen de sentido.” (5.132). Etc. Por su parte, don Bertrand, en su Introducción, tampoco se abstiene de criticar (aunque de manera, eso sí, muy educada) a su ex amigo y ex discípulo austriaco. Particular gracia y soterrada mala leche tiene esta observación suya: “Después de todo, W encuentra el modo de decir una buena cantidad de cosas sobre aquello de lo que [según el propio W] nada se puede decir.” O sea, que le acusa elegantemente de vanilocuo charlatán.
Pero, sobre todo, a Russell lo que más le preocupaba y peor le parecía era la antes citada incomprensible propensión al misticismo de su ex amigo y ex discípulo. En su Introducción, el filósofo inglés dedica una buena parrafada al asunto este, es decir a “la actitud de W respecto a lo místico”. “Toda la ética, por ejemplo –escribe Russell--, la coloca W en la región mística inexpresable. (…) Su defensa consistiría en decir que lo que él llama ‘místico’ puede mostrarse, pero no decirse. Puede que esta defensa sea satisfactoria, pero por mi parte confieso que me produce una cierta sensación de disconformidad intelectual.”
Muchos años después, tras la muerte de W, Russell seguía insistiendo en ese punto. “Durante la primera guerra (…) cambió su perspectiva y se convirtió más o menos en un místico, como puede apreciarse aquí y allá en el Tractatus”, escribía en 1951. “Aquí y allá”, en efecto. Por ejemplo, en la última página de la obra:
“6.522 Lo inexpresable, ciertamente, existe. Se muestra, es lo místico.”
En su valioso librito titulado La cultura represiva, el marxista inglés Perry Anderson, lamentando la influencia de W en la vida intelectual británica, escribe: “La filosofía inglesa ha estado dominada desde los años treinta por Wittgenstein. (…) El culto del sentido común [característico del Segundo W] indica con gran precisión el papel que ha tenido la filosofía lingüística en Inglaterra: funciona como ideología cloroformizadora, que impide incluso pensar que hay otra forma de pensar. ‘La filosofía empieza y termina con el lugar común’, escribió Wisdom, alumno de W. Es difícil llegar a concebir un modo más explícito y completo de respaldar las categorías de la sociedad existente…”
Hablando del “patético conformismo de W, que hacía pensar más en un campesino de la Europa central que en un filósofo crítico”, Perry Anderson cita unas palabras de otro estudioso del filósofo austriaco, Paul Engelmann: “La actitud [de W] hacia toda autoridad auténtica era una segunda naturaleza suya, hasta el punto de que las convicciones revolucionarias, de cualquier tipo que fueran, le parecieron siempre, durante toda su vida, simplemente ‘inmorales’.”
Respuesta de {-SaDe-}
13/09/2006
Se podría casi escribir una enciclopedia de la relación entre Wittgenstein y Russell.
Como tengo un ratito y es un tema que me apasiona escribiré un poco.
Lo
interesante de esta relación es que pese a ser de la misma "escuela",
ser durante años grandes amigos personales, tener opiniones similares,
etc., son personajes antagónicos y tras la ruptura entre ambos se les
recordará siempre un tanto como rivales. Lo que les interesa aparentemente
es lo mismo, a lo que había llevado históricamente el desarrollo
del empirismo, la ciencia, y la crisis de la metafísica: la relación
entre el lenguaje, la lógica y el mundo.
Son antagónicos en cambio en lo que subyace en las fricciones filosóficas
entre ambos, y que es, si cabe, una pregunta mucho más profunda, el
¿qué es la filosofía?, que cada uno trató a su
manera.
Ambos serían fieles a su concepción de la misma a lo largo de
toda su vida.
Los
personajes no pueden ser más distintos.
Russell, noble inglés, de marcada tradición liberal (no en vano
era ahijado de John Stuart Mill), apasionadamente ilustrado, escéptico,
empirista, sarcástico... de pequeño sólo veía
sentido en la vida para "aprender más matemáticas",
y su objetivo al dedicarse a la filosofía, tal y como reveló
en su autobiografía, era lograr la certidumbre en algo, la misma clase
de certidumbre que encontró en las matemáticas de pequeño
y que le arrebató la crisis de la fundamentación de las matemáticas
que él mismo inició con la famosa Paradoja de Russell. La filosofía
russelliana se enmarca fácilmente en su momento histórico. Descartes
partió de la certidumbre y de ella dedujo el mundo. La razón
(y la matemática) es creadora de verdad, de necesidad. Hume le dio
la vuelta, y la matemática solo dice de otra manera lo que ya está
implícito, no hay nada que descubrir sólo pensando, y observando,
tampoco podemos ir mucho más allá. El mundo se quedó
sin ninguna certidumbre en absoluto, paradójicamente a causa y como
consecuencia del avance espectacular de la ciencia, muy a pesar del intento
de Kant por solucionarlo, que pese a su relevancia durante todo el siglo XIX,
nunca fue satisfactorio salvo para "filosofos profesionales". En
este contexto de rebelion de los cada vez menos importantes "filosofos-cientificos"
contra el neokantianismo y contra Hegel, las filosofías dominantes,
se desarrolla la filosofía de la ciencia y del lenguaje que culmina
el siglo XIX con los trabajos de Frege, Whitehead y el propio Russell. Surgiendo
de las matemáticas, empiezan a ser conscientes de la importancia del
lenguaje, hasta entonces transparente, iniciando un camino que centrará
la atención en el lenguaje en toda la filosofía posterior. Pero
la concepción de la filosofía de Russell no se reduce a los
"problemas filosóficos" de la certidumbre, la mente, el lenguaje
y el mundo, o sobre cuál es la 'realidad' de los objetos matemáticos...
Russell fue un ilustrado absoluto que se dedicó por igual a la ética,
a la felicidad humana, a la educación sexual, a la política,
a la historia de la filosofía, a la ciencia, al pacifismo, al riesgo
nuclear y la guerra fría, a buscar una síntesis entre el socialismo,
el liberalismo y la democracia, a la lucha por la igualdad de género,
de razas, de clases, a la educación infantil, a la literatura ... Russell
como buen ilustrado buscaba comprender el mundo en su totalidad, y a través
del conocimiento perfeccionarlo. Lo que dio unidad a toda su obra intelectual
no fue tanto su contenido (que en bastantes aspectos de los miles que trató
no difiere en nada de posiciones anteriores, ya fueran marxistas, liberales,
empiristas, ...) como su método, verdadera aportación russelliana
a la filosofía, iniciador con él de todo el movimiento analítico,
como se desprende de la magnífica obra de Alan Wood sobre Russell.
La filosofía para un ilustrado como Russell no es sino el punto de
encuentro de toda la vida humana desde un prisma intelectual, aplicando a
todo problema intelectual el método propio de la ciencia (en un sentido
amplio) como ideal de razón. Todo tiene cabida en la filosofía,
todo es susceptible de ser puesto en duda y la fiabilidad de una creencia
cualquiera se reduce a la potencia de la argumentación.
Wittgenstein
en cambio no fue nunca un ilustrado. Ingeniero de formación, de tradición
familiar industrial, y siempre con vocación mística, en ocasiones
incluso religiosa, siempre introvertido, traumatizado por su homosexualidad
(lo cual se convirtió para él en un grave problema), y bastante
engreído, desembarca en la filosofía por azar, más por
cuestiones lógicas que puramente filosóficas. Sin embargo, o
quizá a causa de ello, de no padecer los errores heredados del filósofo
"profesional", presentó una capacidad intelectual e innovadora
extrema, sólo superada por los problemas de su extraña personalidad.
A causa de todo ello durante sus años en Cambridge, antes incluso de
publicar nada, se convirtió ya en el "outsider" de la filosofía,
en el filósofo inclasificable, sin tradición ni bagage filosófico
anterior, y cuya intención cada vez más claramente sería
la de un ingeniero o un industrial: dar una solución y cerrar el problema
de una vez para siempre. Esta pretensión la culminaría con la
publicación del Tractatus, escrito en las trincheras de la primera
guerra mundial, una guerra entre su país de nacimiento y su país
de acogida, a la que fue, con toda probabilidad y sin éxito, con la
intención de morir tan respetable como discreta y estúpidamente.
Hay una intención filosófica del Tractatus clara: volver a edificar
un "Sistema", al estilo de los grandes sistemas del racionalismo
como los de Descartes o Spinoza, donde el lugar de cada problema filosófico
esté claro y no haya más que hablar. Dar el punto y final a
la historia de la filosofía. Pero además de forma que todos
los problemas acaben disolviéndose en sí mismos, a la manera
que había utilizado en Cambridge en colaboración con Russell.
Wittgenstein quiere disolver todos los problemas filosóficos, a la
vez y de una vez por todas: resolver la metafisica de un plumazo. Si Dios
ya no vale como base del Sistema, buscará su sustituto en lo que tiene
a mano y ya le ha resuelto muchos problemas filosóficos anteriormente:
la lógica y la relación con el lenguaje y el mundo. Así
las mismas ideas que en la colaboración con Russell éste siempre
presenta como una teoría a examinar, una sugerencia, un argumento contra
la teoría rival..., en Wittgenstein se sistematizan y se convierten
en axiomas. Y la forma elegida de presentar su manera de pensar es la apropiada
para su intención: el aforismo.
Las teorías de Russell son siempre abiertas, son propuestas para abrir
el debate que siempre invitan a la contrarréplica, repletas de argumentos
a favor y en contra de cada opción. Russell siempre hace críticas
argumentadas hasta el más mínimo detalle. Wittgenstein simplemente
afirma. No necesita más, pues en el fondo su objetivo es convencerse
a sí mismo, no al mundo. Si hay crítica, como suele pasar en
estos casos, hay una respuesta evasiva: se argumenta que no se ha entendido
lo que quiere decir. Wittgenstein mandó el manuscrito a Russell para
su publicación, el único que creía capaz de comprenderle,
pese a las discrepancias notables dentro de su filosofía común,
y a críticas agrias que en tornoa ellas hizo a Frege y a Russell e
incluyó en el Tractatus. Wittgenstein quiere rendir cuentas con ellos
y esperar su aprobación, que, evidentemente, nunca se producirá.
Russell ayudó a publicar el libro en Inglaterra en una edición
bilingüe con un prefacio escrito por él mismo donde, fiel a su
estilo, expuso el libro sólo como una teoría interesante a tomar
en cuenta, a la que alaba en aspectos y critica en otros. Wittgenstein no
respondería las críticas. Se contentaría con afirmar
que Russell no comprendió nada. Algo de esperar si pretendía
que Russell tuviera una revelación mística como la que esperaba
de los lectores y abandonara la filosofía para siempre, algo que él
creía haber mostrado y se proponía dispuesto a hacer.
Lo que subyace en este desacuerdo es la ya citada diferencia de fondo: Russell va de las partes al todo, argumentando cada proposición de una en una, coherentemente a su atomismo lógico. Wittgenstein, como místico que es, hace el camino contrario. Quiere darlo todo de una sola vez, y no hay posibilidad de discutir aisladamente. Necesita que se comparta todo, o no hay acuerdo. Comprender a Wittgenstein exige un cambio de 'Gestalt', un cambio profundo de manera de ver el mundo. El no producirse este cambio en Russell, el existir divergencias filosóficas en cuestiones puntuales del libro, y que Russell tratara el libro como una simple teoría interesante y no como la respuesta definitiva, supuso un auténtico mazazo, que realmente nunca perdonó. Tras el alejamiento de la guerra, se produjo la definitiva ruptura. Sin embargo, ésta fue solo en una dirección. Mientras para Russell Wittgenstein siempre fue una referencia positiva, a la que siempre alabó por su capacidad intelectual, por su admirada "capacidad para disolver los problemas como por arte de magia", y a quien siempre defendió en el plano personal (al menos en sus escritos), la cosa fue muy distinta para Wittgenstein, que acabó despreciando, incluso odiando a su maestro.
En definitiva, en el método subyacente, Russell tiene y aspira a una 'visión científica del mundo'. Es, en palabras de Wood, un 'escepticismo apasionado', quiere conocer 'verdades', todas cuanto pueda, y generalizarlas. El proceso siempre es de abajo-arriba. Wittgenstein en cambio, pese a defender la misma noción en el contenido de su filosofía, en la forma quiere una Revelación, quiere 'LA Verdad'. El contenido en detalle de la época del tractatus no es tan diferente entre ambos: distinción radical sintético/analítico, atomismo lógico, 'verdad' como correspondencia entre las palabras y los hechos, e incognoscibilidad de lo inexpresable y/o inverificable. Pero mientras Russell se aplica el cuento, es decir, siempre observa sus propias teorías desde sí mismas exigiendo la coherencia, Wittgenstein prefiere "tirar la escalera una vez se ha subido". El atomismo lógico pese a formar parte de su sistema no entra en la estructura del mismo; cada proposición del Tractatus no es discutible aisladamente, sino que el Tractatus debe tomarse como un todo, comprenderlo como un todo, y deshacerse de él como un todo. Todo el Tractatus se niega a sí mismo. Todo lo que dice es inexpresable y deberíamos callar, pero sin embargo eso lo sabemos sólo después de entenderlo.
La
suma de ambos, Russell con sus argumentos, y Wittgenstein por su contundencia,
inspirarían el "positivismo lógico" de entreguerras.
Wittgenstein se convierte en el héroe positivista, pese a no ser en
absoluto positivista en su fuero interno. Sin embargo pese a ser Wittgenstein
el héroe tras la ruptura con Russell, la deuda intelectual es mucho
mayor con este último. Carnap dice del inglés que es sin duda
alguna el mayor filósofo del siglo XX, pese a la mayor notoriedad pública
de Wittgenstein. Es cierto que, al menos en sus versiones iniciales, Wittgenstein
es el principal fundador/precursor del positivismo lógico. Pero en
este aspecto "genealógico", Russell lo es de la filosofía
analítica en todas sus ramas, anteriores y posteriores al positivismo
lógico, además de haber dejado huella en todas ellas.
¿Por qué entonces es más reconocido Wittgenstein, incluso
sólo por esta primera época? ¿Exagera Carnap? Una posible
respuesta es que Wittgenstein es ideal para iniciados, dice mucho en poco
espacio, tiene bastantes ideas geniales, pero apenas hay argumentos. Y lo
cierto es que para un iniciado o para quien simplemente quiere citar a un
filósofo que apoye su discurso, el aforismo es ideal, y la argumentación
es un detalle sin importancia. Y más cuando, como ocurre en Russell,
la argumentación nunca es del todo concluyente. Russell tiene lo mejor
de su pensamiento distribuido en centenares de obras, algunas de ellas (las
de su juventud, de carácter lógico) muy técnicas y dificilmente
asequibles para quien no sea matemático. En su madurez en cambio habla
de forma sencilla, con una prosa amena con el mínimo imprescindible
de tecnicismos, pero nunca es eufórico con sus resultados ni proporciona
máximas universales. Siempre es prudente y racional, y muy rara vez
afirma algo sin tapujos. En esto Wittgenstein es más "útil".
Por otro lado, Wittgenstein siempre es más radical que Russell, y bien
conocido es que en la Historia de la Filosofía se hacen famosas las
versiones más radicales, aunque sea sólo por usarlos como cita
de lo que opinan los rivales a la hora de rebatirlos.
Ya bien asentada la ruptura con Russell y en el auto-exilio que se concedió tras creer haberlo solucionado todo con el tractatus, comenzó a tomar en serio las críticas a su sistema que había hasta entonces, sencillamente, ignorado. El resultado no podía ser una corrección de su sistema, pues había que aceptarlo o rechazarlo por completo. Había de nacer una filosofía completamente nueva. Si el problema era la unicidad del bloque SistemaFilosófico-Lógica-Lenguaje-Mundo, habia que fragmentarlo todo, se trataba de romperlo en pedazos y dar las relaciones de la forma más fragmentaria posible. Si había algo relativo, contextual, que invalidaba su proyecto anterior, en el nuevo todo debería ser fragmentario, contextual, relativo... Así nace su filosofía de los juegos del lenguaje. Si el mundo presenta problemas, si los filósofos no le dan razón, es que el problema está en el lenguaje. Pero ya no en el lenguaje como entidad en sí en relación con el mundo, como en el Tractatus, sino en el uso del mismo, en no entender el juego en cuestión. Los problemas filosóficos siguen siendo malentendidos, y toda la filosofía una actividad que no conlleva ningun descubrimiento, sino simplemente una actitud ante el mundo al entender la relación con el lenguaje. Pero ya no se trata del uso correcto y con verdadero significado, sino del uso concreto y casual de cada caso particular.
Así mientras Russell iba reconociendo y enmendando errores en sus teorías (de forma a veces similar a Wittgenstein, aunque nunca lo reconociera), Wittgenstein creaba, otra vez, todo un sistema completo que debía adoptarse de una sola vez. De nuevo el proyecto se presentaba como meta-filosofía, y la filosofía seguía siendo una enfermedad que curar de una vez por todas. Russell, fiel a su concepción de la filosofía, en cambio, siguió toda su vida argumentándolo todo y buscando humildemente un conocimiento que estaba condenado a ser siempre en cierto grado, según el inglés, parcial, impreciso e incierto.
Sin
embargo la mayor notoriedad a partir de los años 60-70 de Wittgenstein
se debe a otro factor, y es el de haber sido el héroe, primero de positivistas,
pero posteriormente de los anti-positivistas. Que nada menos que Ludwig Wittgenstein,
el autor de Tractatus Logico-Philosophicus, se retracte de la cerrazón
de miras del positivismo lógico y abra la puerta a una visión
amplia de la experiencia humana voluntariamente ambigua, como es la teoría
de los juegos del lenguaje, es toda una victoria moral para los críticos
con la filosofía analítica, de la que, sin embargo y a su pesar,
Wittgenstein nunca salió. Wittgenstein es apreciado hoy por sus aportaciones
de contenido, fuera de las pretensiones extravagantes del austriaco, tanto
de la primera como de la segunda época, por toda la filosofía
analítica.
Sería absurdo plantearse cuál es el más importante pues
la influencia de los dos ha sido decisiva. Tan sólo habría que
señalar que tras la segunda filosofía de Wittgenstein realmente
Russell no le entendió. Observó muy bien el defecto de Wittgenstein
de dar respuestas cortas, lapidarias y pretendidamente definitivas, cerradas
a la argumentación, y criticó con acierto que daba excesiva
importancia a unos juegos del lenguaje excesivamente ambiguos, que en muchos
casos se reducían a poner el acento en una cuestión tan trivial
como que una pregunta, un subjetivo o una negación no se corresponden
a un "estado de hechos", y que la existencia de estas construcciones
no niegan la importancia del lenguaje enunciativo como medio primordial de
conocimiento del mundo. Sin embargo Russell no vio que la segunda filosofía
de Wittgenstein abría una puerta a multitud de otros problemas filosóficos,
como es la relación del lenguaje en todas sus formas con las distintas
actividades humanas, y no sólo la que se utiliza para conseguir un
conocimiento objetivo, por mucho que sea la más importante en ciencia
y los problemas tradicionales de la filosofía. Pero no son el único
uso del lenguaje (el único 'juego' si queremos), ni nos permite comprender
el humor, el arte, la imitación social,... La filosofía analítica
antes de Wittgenstein II fue incapaz de comprender una gran clase de cuestiones
filosóficas por este defecto de concentrarse en una única función
del lenguaje, padeciendo en estos temas los que padeció la filosofía
anterior con respecto a la metafísica y la epistemología, que
era el pasar por alto, el dar por transparente e inocuo el uso del lenguaje.
¿Es
por ello Wittgenstein el filósofo más importante del siglo XX?
¿o al menos en lo que corresponde a la tradición analítica?
Siguiendo los patrones de la tradición analítica, diremos que
dependerá de "importante con respecto a qué", y que
'tout court', en sentido amplio, es una cuestión sin sentido, o excesivamente
valorativa y subjetiva como para pretender dar una solución. Este tipo
de respuestas no desean en el fondo más que una cierta adscripción
personal contra "rivales" teniendo más en cuenta cuestiones
de tipo sentimental que las meramente intelectuales.
Personalmente creo que casi para cualquier persona no excesivamente conservadora
y algo librepensadora, Bertrand Russell es un ejemplo infinitamente superior
al de Ludwig Wittgenstein, tanto por su interés, por su disposición
y por su compromiso.
Sin embargo, y atendiendo únicamente a lo que ha perdurado de su pensamiento
tras ellos, de la originalidad y la persistencia de lo que enunciaron, cada
uno con su estilo, sus defectos, sus errores, sus manías al escribir
(todo esto especialmente reprochable y evidente en el caso de Ludwig Wittgenstein),
han modificado sustancialmente la forma en que hoy vemos las cosas, ya sea
a través de la ciencia o como predisposición general, incluso
de manera inconsciente por parte de toda la sociedad.
Lemuel (15/09/2006)
Wittgenstein:
su Tractatus
Consta el Tractatus de siete “proposiciones principales”, las
seis primeras de las cuales son desarrolladas y comentadas (un poco a la manera
de la Ética spinoziana y los Principia mathematica de Russell/Whitehead)
mediante otras proposiciones de peso lógico supuestamente menor. Pero
en realidad, esas siete proposiciones no son, o no son todas ellas, las más
importantes del Tractatus. De modo que la propia estructuración del
librito induce en este sentido a la confusión y el error. Sin duda,
la manera más fructífera de leer la obra consiste en cambio
en aislar ciertas cuestiones de fondo o fundamentales a partir de las cuales
entender los correspondientes desarrollos. Entre estas cuestiones básicas
están: una teoría de la lógica, en la que se inscriben
términos tales como “significado“ y “sentido”;
una teoría del mundo como conjunto de “hechos atómicos”,
que son los elementos mínimos del discurso lógico; una teoría
de las relaciones entre leguaje y mundo y una teoría de las leyes científicas.
Una de las principales tesis del Tractatus es que la lógica y la filosofía son dos actividades separadas, distintas. La obra se basa en un doble análisis paralelo de la realidad (el mundo) y el lenguaje. “1. El mundo es todo lo que es el caso”, empieza afirmando W. Tal mundo está constituido por hechos moleculares o complejos que, a su vez, se descomponen en hechos atómicos o “estados de cosas”, configuraciones de objetos elementales. “2. Lo que es el caso, el hecho, es el darse efectivo de estados de cosas.” El pensamiento (i. e., el lenguaje) está por su parte constituido por proposiciones complejas analizables en proposiciones atómicas que enlazan los nombres o “signos simples” de objetos.
La “teoría atómica” del lenguaje se basa en una metáfora según la cual la mejor representación de un hecho consiste en una reproducción a escala (un modelo) del hecho en cuestión. “2.1. Nos hacemos figuras de los hechos.” Así como un mapa geométrico representa una realidad física, así también los elementos conectados en el interior de una proposición representan los objetos del mundo. “2.151. La forma de figuración es la posibilidad de que las cosas se interrelacionen al igual que los elementos de la figura.” Ahora bien, “2.172. Pero la figura no puede figurar su forma de figuración; la ostenta.”
Hay, pues, objetos, los del mundo, que se pueden decir o representar, pero hay otras cosas, como la forma misma de la representación, que solo se pueden mostrar u ostentar. Puede afirmarse que esta distinción entre el “decir” y el “mostrar” constituye el meollo conceptual del Tractatus.
En buena medida, el Tractatus es una crítica de las teorías expuestas por Russell/Whitehead en los Principia. En esa obra se pretendía demostrar la vinculación existente entre lógica y matemática, probar que todas las proposiciones matemáticas se derivaban de unos cuantos axiomas lógicos y fundamentar así de modo riguroso el instrumento lógico necesario para los fines demostrativos buscados. Al construir este sistema de lógica, los dos autores ingleses se habían visto obligados, sin embargo, a admitir un conjunto de axiomas que no eran evidentes por sí mismos: los llamados axiomas de existencia. Ulteriormente se introdujo la distinción instrumental entre “axiomas” y “reglas” del sistema, pero estas reglas no pertenecían ya en realidad al sistema sino que servían para manipular o hacer uso de los axiomas. Es decir, la reglas formaban parte del metalenguaje de la matemática. “3.331. (…) El error de Russell se muestra en que tuvo que hablar del significado de los signos al establecer las reglas sígnicas.” En opinión de W, los errores fundamentales de Russell son: 1. que confunde generalidad esencial y generalidad accidental (“6.1232. Cabría llamar esencial a la validez general lógica en contraposición a la casual de la proposición ‘todos los hombres son mortales’, por ejemplo.”), 2. la falacia de las argumentaciones circulares. (“3.333. Una función no puede ser su propio argumento debido a que el signo funcional contiene ya la figura primitiva de su argumento y no puede contenerse a sí mismo.”) W rechaza, en suma, el intento de Russell/Whitehead de fundamentar la matemática sobre la lógica. Para él, la lógica debe basarse exclusivamente sobre la generalidad esencial, que en nada depende del curso de los eventos. La lógica no puede ser afirmada sino solo mostrada, su esencia consiste en estar desde siempre en el mundo, y en ser indecible. “5.473. La lógica debe cuidarse de sí misma.”
Lemuel (16/09/2006)
Wittgenstein: su Tractatus, y II
La identidad estructural entre mundo y lenguaje significa que el conjunto de las proposiciones verdaderas proporcionadas por las ciencias de la naturaleza ofrecen, según W, una figura lógica de los hechos: “3. La figura lógica de los hechos es el pensamiento.” Las leyes de la física no ofrecen en realidad una “explicación” del mundo, sino solo su “descripción”: las ciencias naturales dicen todo lo que es posible decir sobre el mundo, y para decirlo no tienen ninguna necesidad de la filosofía. Si una proposición bien formada equivale a la descripción correcta de un estado de cosas, entonces “4.024. Comprender una proposición quiere decir saber lo que es el caso si es verdadera. (Cabe, pues, comprenderla sin saber si es verdadera.)” La filosofía, para no perder significado, lo único que puede hacer es enmudecer. Cualquier proposición solo puede pertenecer a dos tipos: o es tautológica o es contradictoria. “4.461. La proposición muestra lo que dice; la tautología y la contradicción, que no dicen nada.”
La lógica se convierte, dice W, en trascendentalidad. “6.13. La lógica no es una teoría sino una figura especular del mundo. La lógica es trascendental.” Al hablar de la lógica, caemos en la cuenta de su trascendentalidad, y debemos callar. A partir de “6.2. La matemática es un método lógico.” (repetido en 6.234. La matemática es un método de la lógica.”), el Tractatus aborda de nuevo las relaciones entre lógica y matemática. El contenido de la matemática son solo, según W, tautologías, pues no dice nada sobre el mundo. Lógica y matemática no describen ninguna realidad preexistente. No tienen tampoco ninguna necesidad de fundarse en ninguna filosofía. “6. 21. La proposición matemática no expresa pensamiento alguno.”
Por otro lado, si el mundo tiene un sentido, tal sentido debe buscarse no en él, sino fuera de él. “6.41. El sentido del mundo tiene que residir fuera de él. En el mundo todo es como es y todo sucede como sucede; en él no hay valor alguno, y si lo hubiera carecería de valor.” Por tanto, si ese sentido existe, no puede ser dicho (o sea, descrito, representado), sino solo mostrado, ya que, al situarse el sentido fuera del mundo, escapa a la esfera de lo representable. “6.42. Por eso tampoco puede haber proposiciones éticas.” Pues “6.421. Está claro que la ética no resulta expresable. La ética [al igual que la lógica] es trascendental. (Ética y estética son una y la misma cosa.)” Con respecto a las relaciones entre ética y voluntad, son especialmente destacables las siguientes proposiciones de W: “6.423. De la voluntad como soporte de lo ético no cabe hablar.” “6. 43. Si la voluntad buena o mala cambia el mundo, entonces solo puede cambiar los límites del mundo, no los hechos; no lo que puede expresarse mediante el lenguaje. En una palabra, el mundo tiene que convertirse en otro enteramente diferente. (…) El mundo del feliz es otro que el del infeliz.” “6.431. Al igual que en la muerte, el mundo no cambia sino que cesa.”
Y es en esta parte final del Tractatus donde W reflexiona acerca de la muerte y, vía la “inmortalidad del alma”, emite ese aroma místico que tanto alarmaba a Russell. “6.4311. La muerte no es un acontecimiento de la vida. No se vive la muerte.” “6.4312. La inmortalidad temporal del alma del hombre (…) no solo no está garntizada en modo alguno, sino que, ante todo, tal supuesto no procura en absoluto lo que siempre se quiso alcanzar con él. ¿Se resuelve acaso un enigma porque yo sobreviva eternamente?...” “6.432. Cómo sea el mundo es de todo punto indiferente para lo más alto. Dios no se manifiesta en el mundo.” “6.44. No cómo sea el mundo es lo místico, sino que sea.” “6.45. (…) El sentimiento del mundo como todo limitado es lo místico.” “6.52. Sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta, nuestros problemas vitales todavía no se han rozado lo más mínimo…”
Tras lo cual, W y su Tractatus acaban enunciando tres proposiciones verdaderamente notables y sorprendentes:
“6.53. El método correcto de la filosofía sería propiamente este: no decir más que lo que se puede decir, o sea, proposiciones de la ciencia natural…” Todo aquello, pues, que se puede decir acerca de los objetos, lo dice la ciencia. En el mundo de W, la ciencia experimental se halla en un lado y la lógica en otro lado. W reconoce el a priori como tal, pero ocurre que la experiencia está ya codificada por otro tipo de conocimiento y, en consecuencia, quien se halle en una posición apriorística debe callar.
“6.54. Mis proposiciones esclarecen porque quien me entiende las reconoce al final como absurdas, cuando a través de ellas –sobre ellas—ha salido fuera de ellas. (Tiene, por así decirlo, que arrojar la escalera después de haber subido por ella.) Tiene que superar estas proposiciones; entonces ve correctamente el mundo.”
“7. De lo que no se puede hablar hay que callar.”
Amén.