Verdad

 

Autor: Lemuel


En lo tocante a este término, la etimología que aporta el viejo erudito don Joan Corominas (el veritas, veritatis, etc.) resulta del todo insuficiente. Es preciso ampliar la referencia al vocablo veritatem, ‘el derecho’, que no es sino la sustantivación del adjetivo verum, ‘derecho, elevado’, que se yergue ‘derecho’ como la ley, traducción del griego parmenídeo aletheia, ‘no olvido’, de ‘a’ = no, ‘lethe’ = desmemoria u olvido. Hay que señalar que, curiosamente, tanto veritas como verum contienen la raíz indogermánica ver, que indicaba una “barrera” que cubre y esconde: lo contrario, pues, del ‘verdadero’ griego y más bien de la misma naturaleza del pseudos, que es lo que parece pero no es. En fin: hay ahí tela cortada etimológica.

Existen distintos conceptos o clases de verdad.

Tenemos, ante todo, las verdades formales. Ejemplos de verdades formales son las que establecen que en el sistema numérico decimal, 1 + 1 = 2 y v9 = ± 3.

Si se admite que existen hechos morales, tendríamos así mismo las correspondientes verdades morales, de carácter relativo, restringido a un determinado ámbito moral. Por ejemplo: desde el punto de vista del neoliberalismo, es verdad que la deslocalización obrera es buena porque incrementa los beneficios del capital.

Se dan también las llamadas verdades artísticas, ficticias o de ficción. Es una verdad ficticia pero completamente indiscutible, por ejemplo, que, durante un período de su asendereada vida, don Alonso Quijano el Bueno estuvo profundamente enamorado de una bellísima doncella manchega llamada doña Dulcinea del Toboso.

Y están igualmente, y sobre todo, las verdades factuales, que son las que tradicionalmente se han definido hablando de adecuación o correspondencia de las ideas con la realidad, la adaequatio rei et intellectus del Aquinate. El lógico polaco Alfred Tarski dio un ejemplo de verdad factual que llegó a convertirse en una de las más citadas banalidades de la filosofía: «la nieve es blanca» si y solo si la nieve es blanca. (W. V. O. Quine ha escrito sobre esto cosas tan inteligentes como “desopilantes”, aunque esta última palabra ya ha caído en desuso.)

Ocurre que la escolástica adaequatio esa no nos proporciona en realidad una definición, sino solo una descripción metafórica de la verdad. Y ocurre que precisamente el citado Alfred Tarski, uniéndose a las tareas “limitadoras” que ya habían iniciado en terrenos aledaños Gödel, Turing, Church y demás, dio un serio golpe de gracia a la verdad cuando demostró en 1936 (como consecuencia de los desarrollos gödelianos de 1931) que la tal verdad es indefinible.

En realidad, lo que hizo Tarski, como típico representante de la escuela polaca de pensamiento lógico, fue un poquitín más retorcido: primero demostró que la verdad no se puede definir y, no contento con eso, inmediatamente después pasó a probar que, sin embargo, sí era posible en cambio definir la verdad. ¿Alguno de esos celebrados milagros de la Virgencita de Czestochowa? No, no, nada de eso.

Tarski se limitó a probar que la verdad de un sistema no es definible en el interior del propio sistema, sino en el exterior. O, dicho en términos equivalentes, que la verdad de un sistema no es definible en el lenguaje del sistema, sino en su metalenguaje...


 

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