Tristram

 

Autor: Lemuel


En mi opinión, una de las piezas maestras de la moderna novelística inglesa es The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman, o sea, Vida y opiniones de Tristram Shandy, Caballero, de Laurence Sterne (1713-1768), irlandés. (Como es sabido, casi todos los grandes escritores ingleses, desde Swift a Oscar Wilde, son… irlandeses.) Pese a su título, en realidad en el libro apenas se nos cuenta la vida del tal Tristram, quien no acaba de nacer trabajosamente hasta el capítulo veintitantos del libro III, sino la de su tío Toby, y las opiniones que se nos trasladan son sobre todo las del padre de Tristram, el viejo Walter Shandy, quien habla más que una cotorra borracha. De modo que quizá la obra debería llamarse Vida del tío de Tristram Shandy y opiniones de su querido papá, o algo así.

Por su originalidad estructural, su ausencia de argumento, sus audacias sintácticas, sus inacabables digresiones y vueltas atrás en el tiempo, su delicioso humor, y hasta por su tipografía (incluyendo garabatos, una página “de mármol”, etc.), este singularísimo libro convierte en escombros humeantes todos los cánones y las convenciones narrativas del realismo laboriosamente construidas por los Richardson, Fielding, Smollett et alii. Como ocurre en cierto modo con los referentes literarios del autor (“mi querido Rabelais y mi aún más querido Cervantes”), el Tristram es una pieza literaria rabiosamente moderna, sin llegar a ser “posmoderna”, como pretenden incluso algunos estudiosos.

He aquí cómo empieza la obra, según la excelente traducción, ligeramente corregida por mí, de Ana María Aznar (nada que ver, supongo, con nuestro miserable ex presidente de gobierno):

«Me hubiera gustado que mi padre o mi madre, o mejor ambos, ya que los dos estaban de igual modo empeñados e involucrados en la tarea, se hubieran preocupado de lo que hacían cuando me engendraron; (…)

Perdona, querido, dijo mi madre, ¿te acordaste de dar cuerda al reloj? ------ ¡Voto a ---!, exclamó mi padre, intentando no levantar mucho la voz, --- ¿Se vio alguna vez desde que el mundo es mundo a una mujer interrumpir a un hombre con una pregunta tan estúpida?»

Nueve meses después de este coitus interrumptus, los malos presagios y las desgracias siguen cerniéndose sobre el pobre Tristram neonato: el médico llega con retraso, la aplicación del recién inventado fórceps destroza la nariz de la criatura (lo cual dará pie a dilatadas y pícaras reflexiones parafilosóficas sobre ese apéndice) y así sucesivamente.

El muy pertinente lema o motto que encabeza el libro es una cita de Epicteto: “Lo que turba a los hombres no son las cosas en sí, sino las opiniones sobre las cosas.” En consonancia con lo cual, Sterne muestra en el texto un notable desinterés por las cosas en sí y enfoca toda su atención sobre las opiniones más o menos “sentimentales” y extravagantes de sus personajes. Como ya he dicho, el argumento, en su significado tradicional, brilla por su ausencia. Algún crítico ha puesto de relieve que la base filosófica y psicológica del Tristram se apoya en la teoría de la asociación libre e irracional de las ideas de Locke, y su teoría formal en la literatura como conversación. El libro está escrito en primera persona por el semi-inexistente protagonista, el cual se muestra siempre pendiente del lector, le manipula, le incita y le gasta bromas en un tono cordial, y mantiene con él una relación amigable a lo largo de todo el relato. Como ha escrito la historiadora Ángeles de la Concha, el interés del texto se centra, no en lo que ocurre, sino en lo que al narrador se le ocurre.

Para mí, uno de los libros o volúmenes más desternillantes es el noveno y último (la obra quedó inacabada), en el que Tristram nos habla de los amores de su tío Toby. Este quijotesco individuo (cuyo escudero o Sancho Panza es el cabo Trim) era un veterano de las campañas de Marlborough, en uno de cuyos episodios, el de Namur, “había sido herido en la ingle”. De modo que su virtuosa y espiritual enamorada, la señora Wadman, alberga muy comprensibles inquietudes al respecto.

«--¿Tenía cura?---
--¿Era más soportable en la cama?
--¿Podía tumbarse de un lado y de otro?
--¿Podía montar a caballo?
--¿Le sentaba mal el movimiento?, etc., todo eso lo preguntaba con tanta ternura que le llegaba directamente al corazón a mi tío Toby y se le metía más dentro que los propios demonios---pero cuando la señora Wadman dio un rodeo por Namur para llegar a la ingle de mi tío y le instó para que atacara la más avanzada contraescarpa… (…)»

El tío Toby estaba muy extrañado de que la sirvienta de la señora Wadman, Bridget, enamorada a su vez de Trim, no se preocupase lo más mínimo por preguntar nunca al cabo cómo iba la herida de guerra que éste había recibido en una rodilla.

«--Pues eso, cabo—dijo mi tío Toby con todo el triunfo que le permitía la bondad de su corazón—Eso te demuestra la diferencia de carácter que existe entre la señora y la criada—si los avatares de la guerra me hubieran deparado a mí esa herida, la señora Wadman me habría preguntado por cada circunstancia referente a ella cientos de veces.—Diez veces más, si me permite vuestra merced, se habría interesado por la ingle de vuestra merced.—El dolor, Trim, es igualmente insoportable, y la compasión tiene que ver lo mismo con una que con otra—

--¡Dios bendiga a vuestra merced!, exclamó el cabo--¿Qué tiene que ver la compasión de una mujer con la herida en la rodilla de un hombre? Si a vuestra merced le hubieran deshecho a balazos en lo de Landen, a la señora Wadman le habría tenido tan sin cuidado como a Bridget; porque, añadió el cabo bajando la voz y hablando muy claramente al explicar sus razones—

«La rodilla está muy distante del cuerpo principal—mientras que la ingle, como bien sabe vuestra merced, se encuentra en el terraplén de la fortaleza.»


(Veremos qué tipo de peli ha hecho el Winterbottom con este libro.)


 

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