Autor: Lemuel
Porque, según el bello lema o epítome acuñado por Marx y reproducido, p. ej., en la formidable Crítica del Programa de Gotha (1875), el comunismo solo aspira, y nada menos que aspira, a inscribir en las banderas del género humano lo siguiente: “¡De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades!”
Y, si bien se piensa, aunque la caracterización sartriana del anticomunista como un “salaud” pueda parecer de entrada un poco dura, ¿de qué otro modo se puede calificar en realidad a quien, sea burgués o no lo sea, se opone a esa máxima justiciera así definida por Marx? ¿Quién que no sea un completo “saló” burgués o aburguesado puede estar conscientemente en contra de de esa norma distributiva de la precaria felicidad humana?
En este último interrogante la palabra clave es, por supuesto, el adverbio “conscientemente”.
En otro de sus escritos, necesitado Marx de hallar una metáfora (o metonimia) expresiva de lo máximamente inexpugnable, inconmovible o impasible, no halló mejor término comparativo que “la solidez de los prejuicios populares”. Que un burgués sea anticomunista, es decir, un “saló”, no solo es normal: lo contrario sería ridículo, absurdo o extravagante. Que un explotado por los burgueses comulgue con esas mismas convicciones es, en cambio, una estupidez únicamente atribuible a la fuerza casi sobrehumana de los prejuicios que le han sido inculcados desde la cuna, una fuerza mucho mayor que cualquiera otra que pueda hallarse en la Naturaleza.
Hablando ayer acerca de los 47 apasionantes años de la Revolución cubana se han expresado aquí coherentemente en contra, como es natural, ciertos “salós” consumados. Pero yo estoy convencido de que algunos otros de los “contra” solo se han dejado arrastrar inconsciente y perezosamente por esa poderosísima fuerza del prejuicio burgués.