Autor: Lemuel
El crítico ruso Visarión Bielinski lo calificaba de “Voltaire
del siglo XVI”. Chateaubriand y Victor Hugo lo tenían por uno
de los más eminentes genios de la humanidad de todos los tiempos. Y
Michelet escribía, acerca de “Gargantúa y Pantagruel”,
que en ese libro el autor “había recogido directamente la sabiduría
de la corriente popular de los antiguos dialectos, refranes, proverbios y
farsas estudiantiles de la boca de la gente común y de los bufones.
(…) Bajo cada hoja de la floresta de los sueños se ven frutos
que recogerá el porvenir. Este libro es una rama de oro.”
En los anales del ingenio literario humano, el lugar histórico que ocupa François Rabelais está indudablemente al lado de Dante Alighieri, Giovanni Boccaccio, William Shakepeare y Miguel de Cervantes. Con la particularidad de que el francés es el más democrático de todos esos grandes maestros. Precisamente una de sus cualidades más sobresalientes es la de estar ligado más profundamente que todos los demás a las fuentes de la cultura popular.
Por lo que se refiere al hombre, es decir, al aspecto no literario de Rabelais, lo más destacable es el carácter propiamente subversivo de la persona, su tesonera resistencia a ajustarse a la “ética”, la ideología, los cánones y las reglas del arte literario vigentes desde el siglo XVI hasta nuestros días. Rabelais ha rechazado esos moldes de un modo incomparablemente más decidido, categórico e intransigente que un Shakespeare o un Cervantes. Las imágenes del universo rabelesiano se distinguen por una especie de carácter único y “no oficial”, y esa calidad es la que lo hace en particular tan atractivo y fascinante. No hay dogmatismo, autoridad ni formalidad unilateral que puedan armonizarse con un imaginario rabelesiano que es decididamente hostil a toda perfección definitiva, a toda estabilidad, a todo limitado formalismo, a toda operación y decisión circunscritas al dominio del pensamiento y la concepción del mundo.
De ahí, como subraya el teórico ruso Mijaíl Bajtín, “la soledad tan especial de Rabelais”. De ahí que sea imposible llegar a él por los caminos trillados seguidos a lo largo de los últimos siglos por la creación artística y el pensamiento ideológico de la Europa burguesa. “Si Rabelais –como añade Bajtín-- es el más difícil de los autores clásicos es porque, para ser comprendido, exige una radical reformulación de todas las concepciones artísticas e ideológicas.”
He
aquí el título completo del Libro I de la obra magna de Rabelais:
“La muy horrífica vida del gran Gargantúa, padre de Pantagruel,
compuesta en tiempos por M. Alcofribas, abstractor de quintas esencias.”
Y el subtítulo: “Libro lleno de pantagruelismo.”
Cuyo exuberante Prólogo (que, sin embargo, como el resto del libro, y dada su fabulosa riqueza verbal, es casi imprescindible leer en francés) se inicia de la siguiente guisa:
“¡Ilustrísimos bebedores, preciosísimos galicosos! (pues a vosotros dedico los frutos de mi ingenio). Alcibíades, en el diálogo de Platón intitulado El banquete, al elogiar a su preceptor Sócrates, príncipe sin discusión de los filósofos, entre otras cosas dice de él que se parecía a las silenas. Las silenas eran en la antigüedad unas cajitas como las que al presente vemos en los establecimientos farmacéuticos, decoradas por fuera con figuras frívolas y alegres, tales como arpías, sátiros, ocas embridadas, liebres con cuernos, perros enjaezados, machos cabríos con alas, cerdos coronados de rosas y otras pinturas de este género… (…) Pero dentro de esas cajas se guardaban las drogas más finas, tales como el bálsamo, el ámbar, el almizcle, el incienso, pedrerías exquisitas y otras cosas preciosas. (…)
Prólogo que acaba así:
”Ahora divertíos, mis amados, y leed alegremente, para satisfacción del cuerpo y provecho de los riñones. Pero evitad, caras de asnos, que os ataque el muermo, y si queréis beber, venid a mí, que os lo daré ahora mismo.”