Piratas

 

Autor: Lemuel

 

 


Algunos, de pequeños, devorábamos con excelente apetito, entre otras, la literatura de aventuras. Aventuras de todo tipo: de capa y espada, tarzanesca, futurista, del oeste, policiaca. Personalmente, las que más me atraían eran las aventuras en el mar, novelas de grandes clásicos como Melville, Stevenson y Conrad, pero también de autores de segunda fila como Sabatini, Nordhoff y Hall, etc. ¡Ismael y Ahab, John Silver, el capitán Blood! Nunca me convenció en cambio don Emilio Salgari, pues me resultaba un poco cursi.

El mundo de los piratas se me aparecía como particularmente fascinante. Aquellos personajes hiperactivos y joviales, brutos y borrachines como ellos solos, con un parche en el ojo este, con un garfio a modo de mano aquel, con una pierna de madera el otro… ¡Y las terroríficas imágenes de los “hombres bailando a los cuatro vientos”, los ahorcados, principalmente, por la severa Justicia de Su Graciosa Majestad Británica!

El fenómeno de la piratería es contemporáneo de la conquista de las Américas y del inicio del tráfico de esclavos, pero adquiere un fuerte auge a principios del siglo XVII, cuando los marineros de la flota imperial inglesa inician un movimiento masivo de resistencia y empiezan a amotinarse en protesta por sus durísimas condiciones de vida. La rebeldía no se limitó, por cierto, al mar: la crisis revolucionaria de 1640-41 en Londres estaba dirigida sobre todo por marineros. Pero no voy a tratar de hacer aquí la historia de la piratería, sino que me limitaré a decir unas pocas palabras acerca de los propios piratas y de su forma de asociarse en cuanto tales forajidos.

Destaca ante todo el orden social multicultural, multirracial y multinacional que mantenían. En los barcos piratas convivían ingleses, franceses, españoles, holandeses, africanos, etc., organizados en sociedades independientes de las autoridades mercantiles e imperiales, y en base a un régimen democrático, cosa bastante inusual para la época. La lingua franca del mar y la frontera era el simplificado pidgin, una combinación de inglés náutico, sabir mediterráneo, argot de los “bajos fondos”, y construcciones gramaticales originarias del África Occidental. Como escribió B. Traven, así armado lingüísticamente “un marinero nunca está perdido, siempre encuentra el modo de preguntar: ¿cuándo comemos?” Y eso era, al fin y al cabo, lo principal. Para los casos rutinarios de muerte, las expresiones más usadas eran del tipo “kick the bucket” (estirar la pata), “David Jone’s locker” (tumba en el fondo del mar) y cosas parecidas.

Los piratas, además de ser, por definición, enemigos declarados de la propiedad privada, propugnaban el igualitarismo. Repartían el botín a partes iguales, aunque el capitán y el intendente solían recibir un poco más que los demás, entre una y media y dos partes. Los piratas reconocían, en efecto, la necesidad de tener un capitán, pero la autoridad del capitán estaba sometida normalmente al “gobierno de la mayoría”. Si la mayoría así lo decidía, el capitán dejaba de serlo y, si se había extralimitado en sus funciones, lo más probable es que acabase luciendo una bonita corbata de cáñamo y danzando alegremente a los cuatro vientos, por déspota.

Tras la expropiación de un barco mercante (fuese como resultado de un motín o por haber sido capturado), los marineros se hacían con los medios náuticos de producción y los declaraban propiedad común. Esta peculiar democracia pirata, casi comunista (llegaron incluso a abolir el salario), sacaba de quicio, como es comprensible, a los gobiernos de todas Sus Graciosas Majestades eiropeas, sobre todo al de Londres, así como a los capitanes mercantes de la flota imperial. La legislación antipiratería se endureció al extremo, y produjo: horca, horca y más horca para los que cayesen en manos de las autoridades.

Los piratas eran apátridas, “no tenían país”, ni reconocían a nadie como compatriota. Ellos eran “de los mares”. Centenares de personas de origen africano, huyendo de los negreros, encontraron su lugar en el orden social que imperaba en los barcos piratas. Polly, continuación de la célebre The Beggar’s Opera de John Gay (recreada en el siglo XX por Brecht) fue censurada por las autoridades londinense por presentar esta realidad de la piratería negra. Por otro lado, la piratería no era solo cosa de hombres, como quedó bien demostrado con la actividad, espada y pistola en mano, de mujeres como Anne Bonny y Mary Read, entre otras muchas.

Un mundo apasionante el de los bucaneros y bucaneras que alegraron la vida en los mares y el comercio transatlántico imperial durante los siglos XVII y XVIII.

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