Músicas

 

Autor: Lemuel

 

 


--¡Pero mira bien, joder! ¡Que tiene que haber algo!
--¡Que no, papá, que no hay nada, que ya lo estoy mirando, coño!

Esos somos: yo, exigiéndole autoritariamente a mi hijo que mire en la caja de las mierdas gatunas, por si nuestra encantadora Ni hubiera depositado segundos antes allí lo que yo llamo su pib, o sea, su producto interior bruto; y mi hijo pequeño, replicándome enfadado que no, coño, que no había allí depósito alguno visualmente perceptible del tal pib.

Digo “visualmente perceptible”, porque desde el ángulo propiamente pituitario o nasal, ya lo creo que se percibía “algo”, e incluso un “algo elevado a la eme”, por llamarlo así.

Estábamos, en efecto, mi esposa, mi hijo, un cuñado, una cuñada y yo mismo en el, así llamado, “salón” de nuestra casa. (Nunca he pillado muy bien por qué se denomina “salón” a ese miserable habitáculo casero que antes se llamaba “sala de (mal)estar”: un recinto, calculo, de 4 por 5 metros, como mucho.) ¿Y qué hacíamos allí tanta gente, en el “salón”? Pues nada, charlar: simpleza va, simpleza viene, y vuelta a lo mismo. Hay que ver qué frío, chico, ya en estas fechas de. Pues a mí es un régimen que. Ayer mismo me decía el tío Luis que ellos aún. Bueno, pero eso es muy discutible porque. No me digas, macho, que tú también has. El caso, chica, es que nosotros todavía estamos. No me lo puedo creer. Y entonces yo le dije. Pues no me digas más.

En esas enjundias estábamos, cuando, sin aviso previo, estalla de repente una feroz tormenta en nuestras narices. Qué peste brutal, amigos míos, expandida instantáneamente por todo el “salón”. Menos mal que nuestro idioma tiene, al menos, una forma de describir adecuadamente una cosa así: era una peste o hedor completamente indescriptible. Una peste Guiness, por así decir. Yo miraba despavorido por los estantes del “salón”, buscando un frasquito donde meter un poco de aquello a fin de enviarlo sin falta a la famosa casa norteamericana que saca el Libro ese de los Records. Pues no es humanamente concebible que en ninguna otra parte del mundo haya podido nunca producirse una cosa parecida, ni de lejos, a estos supermefíticos gases emitidos por nuestra gatita Ni. Porque, en una palabra, de eso se trataba: de un pedito de Ni.

Todos empezamos, pues, a abanicarnos las narices con las manos, mientras la gatita, sentada en el suelo sobre sus cuartos traseros, se atusaba los bigotes y nos miraba cariñosamente. Mi cuñado, como un estúpido, empezó a reírse de pronto, de modo que todos nos vimos obligados, uno a uno, a secundarle, sumándonos a tan estúpida risa. Llegó un momento en que se nos saltaban las lágrimas, de tanto reír.

Todos nos pusimos chistosos.

A mí me dio por imaginar la siguiente penosa circunstancia: que los pedos humanos fueran lejanamente comparables, en lo que a hedor se refiere, con ese modesto pero terrorífico pedito de Ni. Imaginemos –propuse—una sala de conciertos en la que el selecto público asiste embelesado a una magistral interpretación del Quinto Concierto para piano y orquesta de don Ludwig Van. De repente, sin decir este culo es mío, se expande por la sala la nube mefítica originada en el hasta entonces aparentemente inofensivo ano de una oyente rubia de la fila sexta. (O sea, se expande una nube Guiness, como la de Ni, bien entendu.) Todos los presentes en la sala se pinzan las narices con los índices y pulgares de las manos izquierdas, mientras intentan al mismo tiempo aventar aquellos nocivos gases con las manos derechas, a modo de abanicos. El pianista y el director de orquesta, tras el desconcierto inicial, intentan disimular heroicamente, renunciando al aventado, y procediendo tan solo al indispensable pinzado nasal, haciendo uso de sus manos izquierdas. Con las derechas, uno dirige precariamente a media orquesta, el otro castiga únicamente los indefensos agudos. Los violines segundos, las tubas y los fagotes aguantan el embate a pie firme y con rara entereza. Pero los violonchelos, las flautas traveseras y las trompas se derrumban estrepitosamente. O sea, el caos hecho música; una dodecafonía.

En fin. Que, hasta que se disipó la nube Ni, pasamos en el “salón” de mi casa un mal trago. Pero, entre las ocurrencias de unos y otros, nos reímos todos como idiotas una barbaridad.

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