Músicas

 

Autor: Lemuel

 

 


Uno de los mayores recreadores de la maravillosa música para teclado de Bach, el genial pianista canadiense Glenn Gould, decidió un buen día, cuando tenía treinta y dos años, no seguir soportando más al, así llamado, “respetable”. De modo que, hasta su prematura muerte, sobrevenida dieciocho años más tarde, se negó a volver a actuar nunca más en las salas de concierto, y limitó su prodigiosa actividad artística a la grabación de discos para la extinta casa Columbia.

Personalmente no me resulta nada difícil entender esta particular extravagancia del muy extravagante Glenn Gould: a mí los “melómanos en grupo” siempre me han resultado igualmente muy, pero que muy indigestos y por completo inaguantables. Debido a la cual circunstancia, en mi condición de modesto oyente, y pese a mi amor por la música, llevo decenios sin pisar una sala de conciertos. Y así pienso seguir, si Dios quiere darme salud para persistir en la ausencia.

Lo más insoportable para mí de los melómanos en grupo, o en manada, es lo muchísimo que saben de música los condenados, lo cultísimos que son, la insospechada cantidad de solfeo, armonía y contrapunto que dominan.

Recuerdo la fuerte irritación emocional que en cierta ocasión me produjo el comportamiento de uno de estos abominables eruditos. Estaba yo tranquilamente en el Monumental Cinema de Madrid (ya sabes, metro Antón Martín) escuchando, o más bien intentando escuchar, una fabulosa versión de la “Muerte y transfiguración” de Strauss, don Richard, a cargo del inigualable “conductor” rumano Sergiu Celibidache, muy celebrado sobre todo por su tímbrica. (Un hombre este, por cierto, afectado por una manía o neurosis semejante, pero simétricamente opuesta, a la de Glenn Gould. Pues don Sergiu se negaba en redondo a grabar discos, de modo que las pocas muestras que han sobrevivido de sus alucinantes conciertos –en sellos tan exóticos como Arkadia y análogos-- se las hemos de agradecer los aficionados a la abnegada labor cultural de los indispensables piratas. Que en esto, y en lo de la familia March, ha venido a parar el noble oficio marítimo de antaño.)

Pero, a lo que iba. Quiso mi mala estrella, o fue quizá una hostil conjunción astral, que casi delante justo de mí (según escupe uno, a la derecha), se sentara un melómano de rompe y rasga, ¡armado el muy cabronazo con la partitura íntegra de aquel admirable poema sinfónico! De modo que el tipo así partiturado tuvo los santos güevos, por así decir, de estarse sin parar todo el rato “dirigiendo conjuntamente” con don Sergiu la pieza aquella, moviendo la mano arriba, abajo y a los lados con enorme elegancia, eso sí, pero con el resultado de que a mí me chafó (o esclafó) por completo la irrepetible audición.

Yo (lo confieso aquí, que no me oye nadie) habría estrangulado con mis propias manos sarmentosas al artístico individuo aquel, pero al final no me atreví, más que nada por timidez. Y por los testigos “de visu”.

Luego, en las audiciones públicas, están los descansos. Más vale que no intente reproducir aquí las doctorales deposiciones filarmónicas a las que he asistido, aun sin quererlo, durante los descansos, visite nuestro bar.

Pero, sobre todo, estaban y están las toses, que esas sí que me ponen de los nervios. Acaba el primer movimiento de, por poner un ejemplo, la Sinfonía Concertante K 364 de Mozart, y enseguida se desencadena una tempestad de toses, hasta entonces contenidas, del respetable. Acaba el segundo movimiento de la susodicha, y más toses, entreveradas ahora incluso con carraspeos y algún que otro gargajeo. Acaba el tercer movimiento, e ídem del lienzo. ¡Pero, hombre! ¿Cómo es eso posible?

Qué fenómeno este tan curioso y rigurosamente singular, chico: las persistentes, enfermizas toses de los melómanos en manada.

¿Qué pertinaz enfermedad específica será esa?

 

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