Autor: Lemuel
Muy recientemente,
y casi por las mismas fechas, han fallecido en el mundo tres hombres de muy
diverso valor intelectual y moral: un mediocre absoluto francés, un
norteamericano que prometía más de lo que acabó dando,
y un indonesio casi desconocido en Europa, pese a que valía cien veces
más que los otros dos juntos. Me refiero a Jean-François Revel,
John Kenneth Galbraith y Pramoedya Ananta Toer. Dado el ario- o euro-centrismo
de la Kultur burguesa que padecemos, de los dos primeros se ha hablado y escrito
mucho, aunque ya son de sobra conocidos; del tercero apenas nada, pese a que
de él lo ignoramos casi todo. Pego aquí un artículo sobre
el gran autor indonesio, algunas de cuyas imprescindibles obras han sido editadas
en castellano por Txalaparta y Destino.
En la muerte del novelista Ananta Toer
Tariq Ali, sinpermiso.info, 7-V-06.
La muerte del escritor Pramoedya Ananta Toer es una enorme pérdida
para la literatura mundial. Fue un prominente intelectual de la izquierda
indonesia y un brillante escritor de ficción, siempre en pos de un
tiempo que nunca llegó. A veces, creyó haber entrevisto el futuro,
y se apresuró a magnificarlo reflejándolo en su ficción.
Jamás disimuló su entusiasmo por la política radical.
En “Diajang menjerah” (La que abandonó), una breve narración
publicada en una colección en 1952 (Tjerita dari Blora, Historias de
Blora) escribió:
“En esos tiempos, también el ardimiento político rugía
como una marea, fuera de control. Todos sentían como si estar realmente
vivo fuera imposible sin compromiso político, sin debatir cuestiones
políticas. En verdad, era como si pudieran vivir hasta sin arroz. Incluso
los maestros de escuela, inveteradamente acostumbrados a vivir ‘neutralmente’,
se habían infectado de ardor político, y en la medida de sus
posibilidades, instilaban en sus discípulos la política con
la que ellos mismos se habían comprometido. Todos se afanaban en reclutar
más miembros para su partido. Y las escuelas fueron fértiles
campos de batalla para sus combates. ¡Política! ¡Política!
En nada se distinguía del arroz, bajo la ocupación japonesa.”
Indonesia, el más grande país musulmán del mundo, contó
en otro tiempo con el más grande partido comunista fuera del mundo
oficialmente comunista. En 1965, los militares se apoderaron del país
y lo bañaron en sangre: al menos un millón de personas, sobre
todo comunistas y simpatizantes, fueron masacradas. En Bali y en otros sitios
la cúpula militar pro-occidental buscó la colaboración
con los vigilantes islamistas para asegurarse de que pocos quedaran con vida.
Veinte años después, un escritor de otra generación más
joven, Pripit Rochijat Kartawidjaja, recordaba la noche infernal:
“Normalmente, los cadáveres no podían ya reconocerse como
humanos. Descabezados. Desventrados. El hedor del putrílago, inimaginable.
Para asegurarse de que no se sumergirían, los esqueletos eran deliberadamente
atados a varas de bambú, o ensartados con ellas. Y el desplazamiento
de los cadáveres desde la región de Kediri, río abajo
por el Brantas, alcanzó su momento aúreo cuando los cuerpos
estacados fueron religados a modo de almadías, sobre las que fue desplegada
por lo magnífico la bandera del PKI [Partido Comunista Indonesio].
(…) Puesta por obra la purga de los elementos comunistas, los clientes
de prostíbulos dejaron de buscar allí alivio sexual. Razón:
el grueso de los clientes –y de las prostitutas— estaban demasiado
aterrorizados para pensar en sexo, ante el espectáculo ofrecido por
miríadas de genitales comunistas masculinos colgando arracimados ante
los prostíbulos, como pencas de bananas en mercado”.
Toer, nacido en 1925 en Blora, en la Java central, fue el más destacado
novelista y, significativamente, publicó en EEUU. Salvó la vida.
Los generales no se avilantaron a ejecutarle, en la esperanza de que las condiciones
de su cautiverio resolverían el problema.
Luego recordaría cómo cada noche, de las tres mil y una noches
que duró el cautiverio (ocho años), luchó contra la crueldad,
la enfermedad y la caída en el pozo de la locura narrando cuentos a
sus compañeros de desgracia. Mantuvo viva la esperanza, para sí
mismo y para ellos. Escuchándole, los presos se olvidaban por unos
momentos de dónde estaban y de quién les había condenado.
Pasó 12 años en total en Buru. No fue su primera estancia en
prisión, lo que le indujo a comparar las condiciones presentes con
las imperantes en el pasado colonial. No había sombra de duda. Eran
cualitativamente peores que las sufridas casi dos décadas antes, cuando
fue encarcelado entre 1947 y 1949 en el campo de trabajos forzados de Bukitduri.
En aquel entonces, estaba activamente comprometido con la lucha revolucionaria
contra los holandeses desde el final de la II Guerra Mundial.
Los holandeses, a diferencia de sus imitadores postcoloniales, no le habían
privado de los medios necesarios para escribir, y allí escribió
su primera novela , Perurban (1959), traducida al inglés como El fugitivo
(1975, 1990; publicada en España en lengua euskara por la editorial
vasca Txalaparta), una obra maestra de 170 páginas, superior en punto
a composición y contenido a la ficción homónima de Albert
Camus con la que los críticos occidentales a veces la comparan.
En Nyanyi sunyi seorang bisu (1995; traducida al inglés en 1999 como
The Mute’s Soliloquy, “Soliloquio del mudo”; publicado en
castellano como Canción triste de un mudo por la editorial vasca Txalaparta)
–un conmovedor relato de su vida en prisión—, Toer describe
con prosa lacónica y contenida la brutalidad institucionalizada del
Nuevo Orden de Suharto. El viejo carguero con que él y otros 800 presos
fueron trasladados a la isla de Buru le trae a la memoria:
“los coolies en el barco del capitán Bontekoe, los chinos secuestrados
en el barco de Michener con destino a Hawai (…), los cuatro millones
de africanos cargados en barcos británicos y americanos para ser transportados
por el Atlántico.”
En momentos extremos del período colonial, los inseguros y amedrentados
funcionarios holandeses, conscientes de la obsesión javanesa con la
limpieza, acostumbraban a arrojar excrementos a los nativos, a fin de humillarles
y degradarles. El buque-prisión del Nuevo Orden dio un paso más.
La celda de los presos estaba adyacente a la letrina, y con los temporales,
ambos espacios se fundían. Los presos recibían regularmente
malos tratos y eran mantenidos en condiciones de práctica inanición,
para que solo los más aptos lograran sobrevivir. Toer describe un menú
indecible:
“Imaginaros una dieta compuesta por ratas de albañal, excrecencias
enmohecidas de árboles de papaya y plantas de banano, y li-chis ensartados
en nervaduras de hoja de palmera, a modo de aperitivo. Incluso J.P, uno de
los presos más instruidos entre nosotros, se vio reducido a comer flores
de cicak, aunque siempre empezaba desmenuzando uñas de pies de lagartija.
Se había convertido en todo un experto en cazarlas. Tras amputarles
las uñas, estrujaba a la infortunada criatura entre su índice
y su dedo gordo, la colocaba en lo más hondo del gaznate, y se la tragaba.
La voluntad del hombre para defenderse del hambre, era ya una victoria en
sí misma”.
En ningún momento dejó el régimen de enviar allí
a predicadores y periodistas islamistas para que inspeccionaran los espíritus
de los presos, urgiéndoles a regresar a la fe:
“No tengo la menor duda de que este año, como los anteriores,
al comienzo del mes de ayuno, mis compañeros y yo seremos agasajados
con un sermón de algún funcionario religioso especialmente traído
del mundo libre sobre la importancia de ayunar y poner bajo control el hambre
y los deseos. ¡Tiene gracia el asunto, como os podréis imaginar!”
Tras 15 años de prisión en su país, una campaña
de Amnistía Internacional y de otros grupos en Occidente contribuyó
a que Toer fuera liberado en 1979. Una libertad condicional: hasta 1992 estuvo
confinado en condiciones de arresto domiciliario en Yakarta, obligado a presentarse
regularmente ante la policía. Pero el tiempo era ahora suyo, y podría
volver a escribir.
Las alegorías que ensayó oralmente con sus compañeros
de cárcel política en tiempos sin esperanza, se convirtieron
en un celebrado cuarteto de novelas, conocido como El cuarteto de Burú
[traducción castellana en la editorial Destino, Barcelona, a partir
de 1981; luego, la tetralogía entera, en la editorial vasca Txalaparta].
La primera de ellas, Bumi manusia [Tierra humana, trad. Gloria Méndez,
Destino, Barcelona, 1981, 2004] fue publicada en 1980 y encabezó la
lista de libros más vendidos durante 10 meses. La segunda, Anak semua
bangsa [Hijo de todos los pueblos, asimismo en la editorial Txalaparta], también
se convirtió en un best-seller. De tal modo decidieron miles de ciudadanos
indonesios dar la bienvenida a “Pram”, su más celebrado
disidente, en su regreso a la vida literaria.
Las novelas –en parte realistas, en parte históricas (los sucesivos
volúmenes de la tetralogía fueron traducidos como Hacia el mañana,
en 1990, y La casa de cristal, en 1992)— se situaban en el período
colonial. La fuente de inspiración fue la legendaria figura de Tirto
Adi Surya, el padre del periodismo nacionalista indonesio. La dimensión
y la profundidad de la obra fueron tales, que para el grueso de los lectores
indonesios, obligados por el clima político a disimular sus propias
ideas, el efecto resultó espectacular. Toer escribía sobre el
pasado, pero mucho de lo escrito resonaba en el presente. ¿Eran Suharto
y el Nuevo Orden una continuación del régimen colonial? En 1981,
los libros fueron proscritos. Los editores se vieron obligados a cerrar. Uno
de ellos fue encarcelado durante tres meses.
Si Pramoedya Ananta Toer hubiera sido un disidente soviético, habría
recibido el Premio Nóbel de Literatura, pero su categoría de
maestro literario está asegurada, y a diferencia de algunos contemporáneos
latinoamericanos, jamás cayó en arrepentimiento:
“Así como la política no puede separarse de la vida, la
vida no puede separarse de la política. La gente que se considera impolítica
no es distinta; ha sido ya asimilada por la cultura política dominante:
lo que pasa es que ha dejado de darse cuenta.”