Autor: Lemuel
Habiendo sido primero enciclopedista y luego girondino, al llegar los jacobinos al poder hubo el buen marqués de esconderse prudentemente en algún recóndito zulo u oscuro agujero durante varios meses, y ponerse luego en fuga, recorriendo el país discretamente disfrazado de humilde campesino. Mas, al fin, traicionado (se diría) por sus muy aristocráticos aunque un tanto bajos instintos, recaló en cierto remoto mesón parisino a fin de reponer fuerzas, e incurrió en la imperdonable debilidad de ordenar al maître una suculenta omelette nature compuesta por ¡una treintena de huevos! Como es natural, saltaron atronadoras todas las alarmas del plebeyo establecimiento, y Condorcet fue ipso facto arrestado, con lo que de paso se libró por cierto (según apuntan los entendidos) de un seguro y fulminante coma colesterínico o colesterólico. De todos modos, tres días después, recluido en tétrica mazmorra, y ante la inminente perspectiva de perder la cabeza, optó Condorcet por suicidarse ingiriendo un activo veneno que siempre llevaba consigo.
Sic transit gloria mundi, como dicen que dijo el de Kempis, don Tomás.
El caso es que en 1785, unos diez años antes del referido fatal desenlace, este insigne marqués había descubierto una sorprendente y enojosa paradoja de los sistemas electorales. Según probó Condorcet, en efecto, cuando los candidatos son seleccionados en elecciones sucesivas, de dos en dos, el vencedor final de la contienda puede depender del orden en que se hayan efectuado las votaciones de los electores. (Suele ponerse aquí el ejemplo de las elecciones presidenciales yanquis de 1976, en las que Jimmy Carter venció a Gerald Ford, siendo así que, aunque este último había vencido a Ronald Reagan, según todos los sondeos Reagan habría vencido a Carter, como efectivamente ocurrió cuatro años después.) A raíz de tal descubrimiento, quedó planteada la incógnita de si era posible corregir de algún modo el sistema electoral con objeto de evitar semejantes situaciones antidemocráticas. Pues bien, ciento sesenta y seis años después, es decir, en 1951, Kenneth Arrow proporcionó la respuesta: no, el sistema electoral no puede ser corregido a tal propósito.
El teorema de Arrow, que le valió a su autor el Premio Nobel de Economía en 1972, establece matemáticamente y de modo incontestable que no existe ningún sistema electoral que satisfaga por completo los principios de la libertad individual y del rechazo de la dictadura. Dicho de otro modo, no existe ningún sistema electoral en el que: 1) cada elector pueda votar por el candidato que prefiera, 2) el resultado de la elección dependa solo de los votos dados, 3) un candidato que reciba todos los votos gane, y 4) ningún elector esté en condiciones de determinar siempre y solo el resultado de una elección.
Dado que las hipótesis en las que se apoya el teorema de Arrow son consideradas como condiciones irrenunciables de cualquier sistema democrático, su resultado se presenta como equivalente a un teorema de la imposibilidad de la Democracia, el cual deconstruye esta metafísica noción al mostrar la inconsistencia de su simple axiomatización.
Para arreglar las cosas, en el propio año 1972 salió a la palestra pública Amartya Sen generalizando el teorema de Arrow y deconstruyendo por su lado otra sacrosanta noción burguesa: la del Derecho. El sorprendente “teorema de imposibilidad” de Sen (por el que sería justamente galardonado así mismo con el Nobel de Economía en 1998) demostraba con la mayor contundencia que, si se toma el concepto de Derecho en su sentido natural, entonces, en una sociedad, a lo sumo solo una persona puede tener derechos. A partir de lo cual, el teorema de Arrow vuelve a obtenerse como caso particular, cuando exactamente solo una persona tiene derechos: el dictador (o monarca) de turno cuya existencia demostraba Arrow.
Yo llevo treinta años sin votar. Al principio es sencillamente que no tenía a quién: todos los candidatos que se me ofrecían eran de centro, de centro derecha, de la derecha moderada, de la derecha sans phrase y así de seguido. Pero, tras conocer los teoremas de Arrow y Sen, si sigo sin votar, es porque estoy decididamente en contra de la dictadura borbónica. Que es la del capital, naturalmente.