Autor: Lemuel
En efecto: los temibles gañidos o gruñidos primordiales de nuestros ancestros (cuya función inicial era la expresión de amenaza, de aviso o de regocijo ante el dificultoso logro de la hembra --o macho-- y del condumio) fueron articulándose progresivamente y haciéndose más y más elaborados. En virtud de cierta predisposición fisioanatómica originada en la posición erguida, y de la que carecía el, así llamado, homo neanderthalensis, fue el homo sapiens quien se adelantó en la senda de la expresión o comunicación oral intraespecífica. “Yo, mi, mío”, “tú, no, nada”, “él, fu, ¡zas!”, eran, más o menos, las sencillas ideas dominantes expresadas por los homínidos en aquellas remotas fechas. Hoy día, en cambio, gracias al cristianismo (Juan Evangelista: “En el principio era la Palabra”), así como a Leibniz, Heidegger (“Es la palabra la que procura el ser a la cosa”) y otros eminentes pensadores, se dice aproximadamente lo mismo, pero de un modo indirecto y bastante más filosófico.
Las cosas que nos dicen y nos decimos son tan necesariamente horribles, que nos resulta imprescindible falsificar un poco, o mucho, las palabras con las que nos dicen o decimos. El lenguaje es una tecnología y, en cuanto tal, puede ser usado y abusado. La palabra ‘palabra’ (antiguamente ‘parabla’), deriva del latín ‘parabola’. Y, como dice en Las mentiras de Ulises el lógico y matemático Piergiorgio Odifreddi, “cada palabra es literalmente una parábola: al ser puesta «al lado de» o «en paralelo con» la realidad, dicha palabra ha de ser interpretada y comprendida, prestándose así a ser malentendida”.
Por razones “técnicas”, he de interrumpirme aquí de manera algo abrupta. Quizá siga mañana.