Marxismo y religión

 

Autor: Lemuel


En el ocaso de la podrida y sanguinaria dictadura fascista del Sapo Iscariote y Ladrón, la editorial católica salmantina Sígueme (¡”comunistillas de sacristía”!) consiguió sacar subrepticia e impunemente a la calle un volumen bastante completo de escritos de Karl Marx y Friedrich Engels titulado Sobre la religión. De las 420 páginas de textos allí incluidos, unas 220 correspondían a escritos de Marx. Si se considera que, en muchos casos, aquellos trabajos tocaban solo de manera indirecta o tangencial la temática propiamente religiosa, y que además los editores del libro (Hugo Assmann y Reyes Mate) reproducían en su integridad otros escritos en los que Marx y Engels tan solo dedicaban a esa temática algunos párrafos aislados, se llega a la conclusión de que ninguno de los dos autores alemanes prestó en realidad una atención excesiva o desmesurada a la crítica de estos divinos negocios de la ultratumba.

Y es que, al contrario de lo que creen algunos, el marxismo no es fundamentalmente una “doctrina” anti-religiosa, sino más bien i- o, mejor dicho, a-religiosa. Pues, para el marxismo, la religión es solo una consecuencia, un subproducto, un epifenómeno de las condiciones materiales de vida de los seres humanos. Como decía Karl Marx:

“El hombre hace la religión; la religión no hace al hombre. (…) Pero el hombre no es un ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hombre es el mundo de los hombres, el Estado, la sociedad.”

(Adviértanse aquí tres cosas: 1) la belleza expresiva de Marx, que tan embobado ha dejado siempre, p. ej., a un Umberto Eco; 2) lo muy discutible que es eso de que la religión “no hace”, en cierto modo, al hombre, y 3) el inconsciente machismo de la escritura marxiana, tan propio de aquella época: hoy, como es natural, en vez de ‘hombres’, procuraríamos decir, de modo más justo y prudente, ‘hombres y mujeres’. ¡O ‘mujeres y hombres’!)

En Karl Marx (que, como decía el conocido cura “progre” Yves Calvez, era “naturalmente ateo”) predominaba más que nada la indiferencia con respecto al fenómeno religioso. En algo debió influir en esto el hecho de que su padre, judío sin fe y protestante por conveniencia, fuese en realidad un convencido volteriano, un racionalista de las Luces, es decir (en su caso) de la Aufklärung. El bueno de Friedrich Engels adoptaba en cambio actitudes irreligiosas algo más viscerales o apasionadas, debido quizá a que había crecido en un ambiente familiar severamente infectado (o infestado) por un riguroso pietismo, y hubo de afrontar, en consecuencia, desde muy jovencillo, una dura “puesta en cuestión” personal de la superstición religiosa.

En los tiempos de juventud de ambos grandes hombres, los principales maîtres à penser en punto a crítica religiosa eran el joven G. W. F. Hegel (tan admirablemente estudiado por Lukács), David Strauss, Otto Bauer y Ludwig Feuerbach, además del muy injustamente olvidado Hermann S. Reimarus (sobre el que nuestro Gonzalo Puente Ojea ha escrito, por cierto, cosas de gran interés). El Engels mozo se apasionaba leyendo los escritos de estos autores, mientras que Marx se limitaba por su parte a registrar fríamente y “tomar nota”, por así decir, de sus conclusiones.

En un próximo post me centraré en algunas de las formidables aportaciones teóricas sobre la religión que nos ha legado este segundo autor: nuestro inconmensurable y genial Karl Marx.

Siempre y cuando ningún ultra se sienta ofendido, naturalmente.

Marx y la religión, 1

Sin duda el trabajo de Marx más completa y explícitamente referido a la cuestión religiosa es un texto de juventud (tenía el autor 25 añitos) escrito en París y publicado en 1844 en el único número aparecido de la revista Anuarios Franco-Alemanes: la “Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel. Introducción”. Para ser más preciso, me refiero a las dos primeras páginas de ese largo artículo.

Se hallaba entonces el revolucionario alemán, como es fácil advertir leyéndole, parcialmente influido por las concepciones de Hegel y Feuerbach. Aún no había caído en la cuenta de que el Estado es un instrumento de dominación de la clase dirigente. No había llegado a concebir todavía la lucha de clases como el elemento determinante del desarrollo social. Enfocaba el problema de la emancipación “humana” desde un punto de vista teleológico más que histórico. Partía a tal respecto de postulados de carácter moral, planteando a priori las condiciones que debían realizarse para que los seres humanos pudieran vivir, colectivamente y como especie, su vida verdadera. Pese a todo lo cual, este artículo (escrito a finales de 1843, principios del 44) constituía ya, como ha señalado acertadamente Auguste Cornu, “la forma embrionaria del Manifiesto del Partido Comunista.

Planteaba de entrada aquí Marx que la crítica de la religión es el preludio necesario de toda crítica social, y que tal crítica de la religión, tras haber sido llevada hasta sus últimas consecuencias por Ludwig Feuerbach (apreciación que luego matizaría en sus Tesis del 45), había creado las condiciones requeridas para la lucha por la emancipación humana:

«En Alemania, la crítica de la religión se halla fundamentalmente terminada. Ahora bien, la crítica de la religión es el presupuesto de toda crítica. La existencia profana del error ha quedado comprometida una vez que se ha refutado su celestial oratio pro aris et focis [discurso a favor de los altares y los hogares]. Tras buscar un superhombre en la realidad fantástica del cielo, el hombre solo se ha encontrado con el reflejo de sí mismo y no se sentirá ya inclinado a encontrar únicamente la apariencia de sí, el antihombre, cuando lo que busca y tiene que buscar es su verdadera realidad.»

Transpone, pues, Marx a continuación la crítica de Feuerbach al terreno social y muestra que, para devolver al hombre su verdadera naturaleza, su esencia enajenada, no basta (como creía Feuerbach) con destruir la ilusión religiosa, sino que es así mismo y sobre todo necesario abolir las condiciones sociales que engendran esa ilusión. Pues el hombre es ante todo un ser social cuyo modo de vida y cuyo pensamiento están básicamente determinados por la sociedad en la que vive. Si la sociedad crea la religión, es decir, un mundo al revés en el que la realidad se hace ilusión, ello es debido a que la sociedad misma es (como suele subrayar hoy una y otra vez un autor como Eduardo Galeano) un mundo al revés. La religión no es de hecho otra cosa que la “expresión teórica”, el reflejo espiritual de la sociedad. En palabras de Marx:

«El fundamento de la crítica irreligiosa es: el hombre hace la religión, la religión no hace al hombre. Y ciertamente la religión es la conciencia de sí y de la propia dignidad, como las puede tener el hombre que todavía no se ha ganado a sí mismo, o bien ya ha vuelto a perderse. Pero el hombre no es un ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hombre es el mundo de los hombres, el Estado, la sociedad. Este Estado, esta sociedad producen la religión como conciencia tergiversada del mundo, porque ellos son un mundo al revés. La religión es la teoría general de este mundo, su compendio enciclopédico, su lógica popularizada, su pundonor espiritualista, su entusiasmo, su sanción moral, su solemne complemento, su razón general de consuelo y justificación. Es la realización fantástica de la esencia humana, puesto que la esencia humana carece de verdadera realidad. La lucha contra la religión es, por tanto, indirectamente, una lucha contra ese mundo que tiene en la religión su aroma espiritual.»

(Continuará.)

Marx y la religión, 2

Engendrada por la miseria reinante en la sociedad, la religión (la cristiana en concreto, que es la que considera Marx) es una protesta contra esa miseria. Pero es una protesta ilusoria, que deriva en un consuelo ilusorio. La religión es el opio del pueblo. Y es un opio en dos sentidos: porque las gentes buscan la religión como un narcótico que mitigue sus penalidades, y porque, al actuar la religión como un narcótico, impide que los narcotizados comprendan la real naturaleza y las verdaderas causas de su penosa situación material, es decir, los aparta de la acción revolucionaria contra las estructuras sociales que engendran sus penalidades. Para que sea eficaz, la lucha contra la religión debe transformarse, pues, en un combate contra la sociedad que engendra la alienación religiosa. Combatir la religión y sus promesas de una felicidad ilusoria de ultratumba se reduce en realidad a criticar y abolir las condiciones sociales que originan esa ilusión, o sea, consiste en satisfacer efectivamente las necesidades de los seres humanos y reivindicar para ellos la felicidad aquí en la tierra.

«La miseria religiosa --dice Marx-- es, por una parte, expresión de la miseria real, y, por otra, protesta contra esa miseria. La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo.

«La superación de la religión como dicha ilusoria del pueblo es la exigencia de su dicha real. Exigir sobreponerse a las ilusiones acerca de un estado de cosas vale tanto como exigir que se abandone un estado de cosas que necesita de ilusiones. La crítica de la religión es, por tanto, en germen, la crítica del valle de lágrimas que la religión rodea de un halo de santidad.»

Tras haber abolido en el plano teórico/filosófico la alienación religiosa, destruyendo la creencia ilusoria en un “más allá”, hay que abolir en seguida la alienación real, concreta, de la esencia humana que se produce en el “más acá”, en la sociedad actual. La crítica del cielo pasa a ser una crítica de la tierra, la crítica de la religión se transforma en una crítica del derecho, la crítica de la teología en una crítica de la política:

«La misión de la historia consiste, pues, una vez que ha desaparecido el más allá de la verdad, en averiguar la verdad del más acá. Y, en primer término, la misión de la filosofía, que se halla al servicio de la historia, consiste, una vez que se ha desenmascarado la forma de santidad de la autoenajenación humana, en desenmascarar la autoenajenación en sus formas no santas. La crítica del cielo se convierte con ello en la crítica de la tierra, la crítica de la religión en la crítica del derecho, la crítica de la teología en la crítica de la política.»

Ahora bien, estas diversas actividades crítico-filosóficas plantean problemas teóricos que solo pueden resolverse mediante la praxis revolucionaria (pues no hay que olvidar que el marxismo, como bien ha precisado nuestro notable marxista trasterrado en tierras mexicanas Adolfo Sánchez Vázquez, es una filosofía de la praxis), es decir, con luchas concretas, a través de la acción de masas política y social. Y es que, si bien es cierto que la “crítica” en sí no puede reemplazar a la fuerza material, ella misma, la crítica, se convierte en fuerza material cuando se radicaliza y se hace cuerpo en las masas populares. Se convierte entonces en energía, en actividad práctica revolucionaria, la cual lleva a abolir las condiciones de vida inhumanas a que esas masas populares están sometidas. Pues, como dice un poco más adelante con su estilo inimitable Karl Marx, y con esto termino por ahora:

«Es cierto que el arma de la crítica no puede sustituir la crítica de las armas, que el poder material tiene que ser derrocado por medio del poder material, pero también la teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas. Y la teoría es capaz de apoderarse de las masas cuando argumenta y demuestra ad hominem, y argumenta y demuestra ad hominem cuando se hace radical. Ser radical es atacar los problemas por la raíz. Y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo…»

 

 


 

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