Lógica coactiva

 

Autor: Lemuel


En alguna ocasión he hablado del gran lógico y divulgador norteamericano Raymond Smullyan. Los libros de este señor son siempre enormemente entretenidos, aunque a veces su lectura requiera ponerse serios, o sea, nos exija serios, e incluso muy serios, esfuerzos intelectuales. Por ejemplo: su texto Satán, Cantor y el infinito, y sobre todo el titulado Juegos por siempre misteriosos, reclaman del lector un esfuerzo intelectual incomparablemente mayor que, por ejemplo, el que se necesita para pillar el meollo de las sucias babosadas que nos sueltan todos los días por la tele nuestros dirigentes políticos.

Pues bien, en uno de estos libros suyos, no sabría precisar ahora mismo en cuál de ellos, Smullyan saca a relucir lo que él llama lógica coactiva. La denomina así porque es una lógica que obliga al usuario a actuar contra su propia voluntad. Dicho con más exactitud: si, en crudo contraste con los politicastros burgueses al uso, el lógico es hombre honesto y fiel cumplidor de la palabra empeñada, entonces puede verse forzado inexorablemente a hacer cosas contrarias a su voluntad y a sus propios intereses: puede incluso llegar a arruinarse, por poner un caso.

Cuenta, exempli gratia, don Raymond que durante años, como profesor de lógica, acostumbraba a mostrar en clase a los discentes una moneda de dólar y un billete de, digamos, 100 dólares. Entonces pedía a un alumno cualquiera que formulase una proposición. En el caso de que la proposición fuese verdadera, Smullyan prometía darle al alumno la moneda o el billete, indistintamente. (En realidad, su intención en este caso era dar siempre únicamente la moneda, y eso a regañadientes.) Si la proposición resultaba ser falsa, el profesor no entregaba ninguna de las dos cantidades, como es natural.

Pese a su cristalina inteligencia y su enorme sabiduría lógica, a este eminente profesor le llevó algún tiempo, según confiesa él mismo, caer en la cuenta de que existía una proposición coactiva que podía forzarle a entregar siempre el billetico de 100 $. Tal proposición es la siguiente: “Usted no me entregará la moneda.”

Imaginemos, en efecto, lo que podía hacer entonces don Raymond, Ray para los amigos.

1. No dar nada al alumno. Es decir, no darle tampoco la moneda. Pero entonces, la proposición del alumno demostraba ser verdadera, lo cual obligaba al profesor, según su compromiso, a entregarle algún dinerillo: bien la moneda, bien el billete de 100 $.

2. Como es obvio, Smullyan, que no es tonto, optaba en primera intención por entregar al alumno la monedica de dólar. Pero eso no podía hacerlo, pues entonces habría resultado que el alumno había mentido al decir “Usted no me entregará la moneda”. De modo que:

3. ¡El bueno de Ray se veía forzado finalmente, con gran dolor de su corazón, a entregar al alumno el billete de 100 $!

Pero, calla, que eso no era lo peor del negocio. Lo peor habría podido ser (y lo habría sido si el bueno de Ray no hubiese caído a tiempo en la cuenta) ¡que un alumno suficientemente avispado habría podido sacarle cualquier cantidad de dólares que le hubiese apetecido! Por ejemplo: ¡cien mil, un millón, diez millones de dólares! ¡El gran lógico norteamericano se habría convertido en un muerto de hambre por el resto de sus días, y ello a causa de su poca cabeza! He aquí la fórmula coactiva mágica que habría obligado a Raymond Smullyan a arruinarse y vivir dentro de un barril bajo un puente del Hudson: “Usted no me entregará ni la moneda, ni el billete de 100 $, ni tampoco diez millones de dólares.”

Haciendo un razonamiento enteramente similar al de los tres puntos anteriores, se comprueba que, efectivamente, el insigne profesor estuvo al borde de caer en la indigencia o mendicidad más absoluta. Menos mal que, en un momento de distracción, se puso a pensar un poco, vio el terrible peligro y retiró urgente y definitivamente de sus clases esos enojosos ejemplos de lógica coactiva.


 

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