Autor: Lemuel
Una híspida frase pillada al azar, “el marxista asesino” (que quizá en la intención de su autor, Rafael Reig, no fuese más que un vulgar pleonasmo, vete tú a saber), me ha llevado a repasar fragmentos del malhadado Louis Althusser: tanto de El porvenir es largo como del deslumbrante artículo titulado Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado… Y, una vez más, he creído advertir, zigzagueando innominada por el subsuelo del pensamiento del brutal asesino don Louis, la vagarosa sombra de mi querido Spinoza.
Sin pensarlo dos veces, me he puesto entonces a pergeñar unas torpes notas a propósito del spinozismo althusseriano. Mas, como es natural, pronto he debido desistir de semejante empeño, pues ni mi parcial conocimiento de las obras de Althusser y Spinoza, ni mi muy precaria capacidad teórica, por no hablar de mi más bien inexistente “instrumental filosófico”, alcanzan en modo alguno para abordar tan ímproba tarea. Tras sortear hábilmente la habitual tentación pequeñoburguesa de creer que entiendo algo de filosofía porque soy capaz de ordenar a veces, mal que bien, una determinada parcela del correspondiente lenguaje, he decidido por último, así pues, contentarme de momento escribiendo alguna pequeña intrascendencia sobre aquel diabólico herejote judío.
Pero hete aquí que, apenas puestos por mí en íntima coyunda un primer sujeto con su correspondiente predicado, ¡he caído en la cuenta de que acerca de Spinoza ya escribí en tiempos una cosilla bastante apañada, en mi humilde opinión! A cuya cosilla he podido acceder fácilmente ahora gracias a la amabilidad de Marni, que la recogió en su momento en el Canal de Filosofía. Solo he introducido en el texto algunos pequeños retoques, con afán actualizador. Se trata de lo siguiente.]
Un peligroso radical de nombre Benedictus
Clandestinamente, sin dato de autor y con falso pie de imprenta, a principios de 1670 aparecía en Holanda una obra titulada Tractatus theologico-politicus. Pasados de mano en mano, los escasos ejemplares del libro fueron primero leídos con fruición, y comentados luego con el adecuado escándalo. Pronto se supo quién era el responsable de aquellas inauditas osadías: un tal Benedictus de Spinoza, un pulidor judío de lentes nacido en Amsterdam y afincado a la sazón en La Haya.
Por lo visto, el hombre aquel no tenía remedio. En los cenáculos filosóficos de media Europa aún se comentaba, en efecto, un hecho clamoroso ocurrido catorce años antes, a saber: la fulminante expulsión (herem) del blasfemo joven Baruj del amoroso seno de la comunidad judía. Luego de haberle ofrecido, en efecto, mil florines anuales para que no aireara sus dudas religiosas, tras intentar incluso asesinarle para tapar expeditivamente para siempre su pecadora boquita, la Sinagoga había optado por la excomunión. En los oídos cultos de Europa aún resonaba, con toda su apocalíptica literalidad, la flamígera verba utilizada en aquella solemne ocasión por la suprema autoridad de la ortodoxia religiosa:
... que el llamado Spinoza sea excluido y separado de la Nación de Israel (...) Al amparo del juicio de los Santos y los Ángeles, excluimos, perseguimos, maldecimos y execramos a Baruj de Spinoza con el consentimiento de toda la santa comunidad y en presencia de nuestros Santos Libros y de los 613 mandamientos que encierran (...) Que sea maldito de día y maldito de noche, maldito durante el sueño y maldito durante la vigilia, maldito al salir de casa y maldito cuando a casa regrese. Que el Eterno fulmine a este hombre con toda Su cólera y vierta contra él todos los males mencionados en el Libro de la Ley…
Tras cuyos piadosos deseos, los santos varones pasaban a concretar ciertas medidas de tipo práctico:
Sabed que no debéis tener con Spinoza relación alguna, ni escrita ni verbal. Que no ha de recibir ninguna ayuda y que nadie podrá aproximársele a menos de cuatro codos. Que nadie ha de permanecer con él bajo un mismo techo y que nadie podrá leer ninguno de sus escritos.
Obsérvese la ferocidad de la embestida.
Pues ¿qué barbaridades o fechorías, se pregunta uno, había cometido este peligroso sujeto? ¿Cómo se había granjeado el tal Baruj de Spinoza un odio tan definitivo y desaforado por parte de sus antiguos correligionarios? ¿Acaso el tipo era, so inocente capa o disfraz de pulidor de inofensivas lentes, un temible terrorista del entorno abertzale, por así decir, de la ETA judaica de por entonces? ¿Había atentado por ventura contra la vida o la integridad física de algún connotado rabino o se había negado a condenar lo obligatoriamente condenable? ¿Escondía acaso Spinoza espantables armas de destrucción masiva (ADM) en algún ignoto escondrijo de su modesto tabuco?
No, nada de eso. Como en el caso del tristemente célebre sumario fascio-garzoniano 18/98, sus “delitos” eran única y exclusivamente de opinión.
Más que un heterodoxo, Spinoza era en realidad un renegado del judaísmo, pero no solo del judaísmo: de todo tipo de creencias fideístas e irracionales. Estaba en contra del Estado opresor y de su principal instrumento ideológico, la superstición religiosa. Era, pues, un subversivo, un hombre que se resistía, y así lo proclamaba sin pelos en la lengua, a comulgar con las habituales ruedas de molino teológico-políticas. Era, como se diría hoy, un completo radical y además un ateo (o mejor: un ateísta, un panteísta: Deus sive natura), como enseguida vieron con toda claridad los más avispados agentes de la ley y el orden de la época.
El Tractatus que tal revuelo armó en 1670, y para cuya redacción hubo Spinoza de interrumpir la de su obra maestra, la Ética, fue un contundente corolario del estruendoso herem al que había sido sometido el autor por los energúmenos de la Sinagoga. La lectura del deslumbrante Prefacio (tan inescrupulosamente eliminado, dicho sea de paso, por don Enrique Tierno Galván en su lamentable edición de pecios para Tecnos), no deja ninguna duda al respecto:
En cuanto a las sediciones que se suscitan bajo el pretexto de religión, proceden todas de una sola causa: la de querer arreglar por leyes lo propio de la especulación y mirar por ende las opiniones como crímenes y castigarlas como atentados. Pero (...) si el derecho del Estado se limitase a reprimir los actos dejando impunes las palabras (...) las controversias no llegarían a sediciones.
Resulta irónico que, tras ser expulsados de Iberia los judíos a finales del siglo XV, y luego de refugiarse muchos de ellos en Holanda ("el país más libre de la Europa de entonces", según los estudiosos) en las postrimerías del XVI, gentes como este Benedictus, de la estirpe de los Espinosa, acabasen a fines del XVII granjeándose la mortal enemiga, no sólo de los católicos, sino también de los calvinistas y de los mismísimos judíos. ¡La siempre amorosa y santa religión, en cualquiera de sus versiones!...
Lo cierto es que, desde 1659, el Santo Oficio español tiene registrado el nombre de Spinoza en sus negras listas de caza. Lo cierto, así mismo, es que hasta Leibniz, que tanto admiraba al gran filósofo de Amsterdam, evitó luego tratarle, por si las moscas. Lo cierto es que, desde la aparición del Tractatus, todas las ortodoxias y todos los poderes teológico-políticos se alzaron contra él. Lo cierto es que su autor no osó siquiera traducir esa obra suya al holandés, lo cual no impidió, sin embargo, que fuese formalmente prohibida por el gobierno de los Orange en 1674. Lo cierto es, por último, que, tras la muerte de Spinoza, ese mismo gobierno prohibió así mismo las Opera posthuma spinozianas, incluida la Ética, y que desde 1690 tales obras figuran también en el Índice de la Iglesia Católica Apostólica y Romana.
Hasta un desprejuiciado "liberal" como Pierre Bayle, en el artículo que sobre Spinoza incluye en su celebrado Dictionnaire, se cree obligado a puntualizar que el Tractatus es
un libro pernicioso y detestable en el que [el autor] logró deslizar todas las semillas del ateísmo, que se ven al descubierto en las Opera posthuma.
Pese a la brevedad de su vida, 45 años, el bueno de Benedictus halló sin dificultad ocasión y modo, como se ve, de labrarse una fama inextinguible como peligroso radical. Dejando aparte a Karl Marx, ningún otro gran hombre como él ha sabido nunca hacerse odiar, debido a sus ideas, de una forma tan sañuda y duradera por las clases dominantes de los más variopintos credos, etnias y naciones.
¡Admirable Benedictus de Spinoza!