Historias bíblicas para no dormir

 

Autor: Lemuel

 

 

Historias bíblicas para no dormir, 1

Don Benito Spinoza no acertó del todo con la comparación exacta cuando, en el Tractatus, dijo aquello, que tan mala fama le ha dado desde entonces entre toda suerte de fervorosos mamacirios y bailahisopos, de que la Holy Bible, sobre todo el Antiguo Testamento, no es más que “una colección de cuentos de hadas”. Habría tenido que decir más bien, creo yo, que se trata de una amplísima colección de cuentos de horror o historias para no dormir.

Ábrase, en efecto, el voluminoso tocho sacro por cualquiera de sus treinta y nueve libros, léanse unos cuantos apartados o versículos tomados al azar, y si no nos topamos en seguida con algún caso digno de figurar por méritos propios en una nada borgiana historia universal de la infamia, será indefectible y seguro que resulte sin embargo de alguna manera lesionado nuestro sentido de la decencia, o agredida con mayor o menor virulencia nuestra sensibilidad más elemental.

«El principio de la palabra de Jehová por medio de Oseas. Dijo Jehová a Oseas: Vé, tómate una puta, y hazle hijos de puta.» (Oseas, 1, 2)

El Altísimo ordena y decide constantemente tales barbaridades e inconveniencias, y lo hace con un lenguaje tan prepotente, insultante y barriobajero, que, como ha mostrado, entre otros, Karlheinz Deschner en su Historia criminal del cristianismo), vol. I, págs. 31-147, los teólogos de los distintos credos judeocristianos se han creído a lo largo de los siglos en la obligación de revisar, censurar y tergiversar sin contemplaciones su Divina Palabra.

Como escribió Wolfgang Speyer: "En comparación con las falsificaciones paganas, las judeocristianas destacan por su gran cantidad." Carl Schneider, teólogo evangélico, dice por su parte que: “Las falsificaciones comienzan en la época del Nuevo Testamento y nunca han cesado.”

Así, el versículo del Oseas recién citado, en la célebre versión de Casiodoro de Reina revisada en 1602 por Cipriano de Valera queda dulcificado del siguiente modo:

«El principio de la palabra de Jehová por medio de Oseas. Dijo Jehová a Oseas: Vé, tómate una mujer fornicaria, e [¿y haz?] hijos de fornicación.»

En su inmortal Diccionario filosófico, el bueno de Voltaire dedica una algo iracunda entrada al libro del profeta Ezequiel. Y es que leamos, si tenemos estómago, lo que allí ordena Jehová a sus desgraciados fieles, que la cosa tiene su aquel:

«Y comerás pan de cebada cocido debajo de la ceniza, y lo cocerás a la vista de ellos al fuego de mierda humana.- Y dijo Jehová: Así comerán los hijos de Israel su pan inmundo entre las naciones a donde los arrojaré yo.» (Ezequiel, 4, 12-13)

Era, por lo visto, tan solo un momentáneo capricho divino. Se trataba de ver a los infelices aquellos comiendo semejante golosina durante trescientos noventa días no más. Pero Ezequiel protesta respetuosamente: “¡Puaf, puaf! He aquí que mi alma no es inmunda, etc.”, con lo que Jehová se da al fin cuenta de que, pensándolo un poco, quizá se ha pasado un pelín, y rectifica amablemente:

«Y me respondió: He aquí que te permito usar estiércol de bueyes en vez de mierda humana para cocer tu pan.» (4, 15)

Uf… Menos mal. Magnanimidad divina se llama esa figura.

Por desgracia, la cosa se complica de inmediato de un modo alarmante. Pues, sin andarse ya con más mariconadas ni rodeos, a Dios Nuestro Señor le entra la invencible curiosidad de ver a sus piadosas gentes practicando a calzón quitado y abiertamente el más crudo canibalismo.

«Por eso los padres comerán a los hijos en medio de ti, y los hijos comerán a sus padres. (…) Enviaré pues sobre vosotros hambre y bestias feroces que te destruyan; y pestilencia y sangre pasarán por en medio de ti, y enviaré sobre ti espada. Yo Jehová he hablado.» (5, 10 y 17)

Que es como quien dice: He dicho.


Historias bíblicas para no dormir, 2

Pero, con diferencia, la mayor afición de Dios Nuestro Señor, según se desprende de la más superficial lectura de la Holy Bible, es la eliminación física o degollina, al por mayor o al detall, de personal humano pecador, incluyendo ancianos, mujeres y niños. La suya es, se diría, una auténtica vocación de Terminator celeste. Cada dos por tres pilla en efecto Jehová unos tremendos, incomprensibles berrinches por un quítame allá esos peces de colores, y, directamente o por persona interpuesta, decide demostrar su terrible enfado vengándose con un pequeño exterminio o una gran masacre.

En 1 Samuel, 15, 3, por ejemplo, utilizando a Samuel como emisario, comunica Nuestro Señor a Saúl el siguiente urgente encargo:

«Vé, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos.»

Miles de años después, esos mismos encargos del buen Jehová o Yahvé son los que sin duda siguen recibiendo todos los días los nazionistas representantes del “pueblo elegido” de Israel: matar a mansalva hombres, mujeres y niños palestinos, aun los de pecho, así como las correspondientes vacas, ovejas, camellos y asnos, además de erradicar árboles frutales de todo tipo, interrumpir el suministro de corriente eléctrica, de agua, medicinas y todo lo demás.

Al igual que le ocurría por lo visto en su tiempo a Adolf Hitler, es fama que hoy día George W. Bush y sus cómplices palidecen así mismo de pura cochina envidia cada vez que leen, o les leen, alguno de los innumerables pasajes divinos de semejante tenor genocida. Por ejemplo, ciertas célebres hazañas del infatigable David, ya sabéis: aquel valiente hombrecillo de la honda y la certera pedrada en la frente de Goliat, el glorioso antepasado directo de Jesús, el sujeto inmortalizado en bellísimo mármol por Miguel Ángel, aquel a quien “Jehová dio la victoria por dondequiera que fue”.

De la recia, excelente y fidedigna versión debida a Martín Lutero (de la que se dice deriva en gran parte el propio idioma alemán moderno) proceden fundamentalmente los siguientes pasajes de 2 Samuel 12, 29-31, repetidos casi ad pedem litterae en 1 Crónicas 20, en los que se relata de qué manera ejemplar procedió a cumplir David ciertos delicados mandatos divinos.

«Y juntando David a todo el pueblo, fue contra Rabá, y combatió contra ella y la tomó.- Y quitó la corona de la cabeza de su rey, la cual pesaba un talento de oro y tenía piedras preciosas, y fue puesta sobre la cabeza de David. Y sacó muy grande botín de la ciudad.- Sacó además a las gentes que estaban en ella y mandó que fuesen aserradas, haciendo pasar sobre ellas trillos de hierro, y despedazadas con cuchillos y arrojadas a los hornos de ladrillos.»

Como es natural, las ediciones corrientes de la Holy Bible censuran estos y otros muchos desagradables pasatiempos del Altísimo y sus muchachos. La versión de Reina/de Valera, por ejemplo, suaviza amablemente estas crudezas poniendo:

«… y los puso a trabajar con sierras, con trillos de hierro y hachas de hierro, y además los hizo trabajar en los hornos de ladrillo, etc.»

Ridículo, inútil apaño, hombres de poca fe. Jehová no se conformaba con semejantes cursiladas. Su estilo era mucho más varonil, y divinamente inimitable…

Y es que, como escribieron los hermanos Arkadi y Borís Strugatski, excelentes autores de literatura de anticipación, ¡Qué difícil es ser Dios!.

 

Historias bíblicas para no dormir, 3

17/01/2008

Entre los correctores de una vieja editorial madrileña circulaba hace años una graciosa anécdota reveladora de cómo combaten o disimulan a veces su mala conciencia los perpetradores de ciertas infames traducciones literarias. A causa de la desgraciada paronimia ancre/encre (o sea, ancla y tinta en francés), cierto conocido traductor de un texto clásico de la literatura gala de aventuras había producido la siguiente inaudita joya en su versión al castellano:

“Llegado finalmente a puerto el buque, mandó de inmediato el capitán echar la tinta…”

El propio responsable del fino y un tanto esotérico hallazgo debió considerar que aquello quizá pudiese resultarle un poco chocante al incauto lector, y se creyó pues en la obligación de añadir a pie de página una tranquilizadora y simpática nota del traductor (N. del T.) con el siguiente texto aclaratorio:

“Curiosa costumbre existente por entonces en ciertos puertos del Pacífico Oriental: al llegar un buque sin novedad a destino, era aconsejable echar en seguida al agua un pequeño barril de tinta china a fin de conjurar malos augurios, etc., etc.”

Como es lógico, el eventual lector de una cosa así de graciosa y pintoresca suele mostrarse comprensivo, de modo que disculpa de buena gana el pequeño gafe y ríe sin malicia ante la astuta solución costumbrista ingeniada por el imaginativo traditore responsable.

Radicalmente distinto es, desde luego, el caso de los desacomplejados censores bíblicos, quienes, tras falsificar y tergiversar de manera impúdica y a conciencia la mismísima Palabra del Divino Hacedor, Yahvé o Jehová, recurren también a intercalar eruditas y sesudas notas a pie de página destinadas en su caso a eliminar cualquier sombra de sospecha que pudiese surgir en los cerebros de los lectores menos fideístas, incondicionales y beocios, es decir, más avispados.

En la inexplicablemente prestigiada y prestigiosa Biblia de Jerusalén, el heroico episodio davidiano de las sierras y los trillos citado por mí en el post anterior sobre estas alucinantes historias del insomnio religioso («Y sacó muy grande botín de la ciudad.-Sacó además a las gentes que estaban en ella y mandó que fuesen aserradas, haciendo pasar sobre ellas trillos de hierro, y despedazadas con cuchillos y arrojadas a los hornos de ladrillos. Lo mismo hizo con todas las demás ciudades amonitas.») aparece con la siguiente adulteradísima literalidad:

«… Y se hizo con un enorme botín de la ciudad. David obligó a salir a la gente que había en ella y la puso a trabajar en las sierras, en los trillos de dientes de hierro, en las hachas de hierro y los empleó en los hornos de ladrillo. Lo mismo hizo con todas las ciudades de los amonitas.» (2 Samuel 12, 30-31)

Ahora bien, a pie de página aparece la siguiente desvergonzada nota aclaratoria acerca de lo de las sierras, los trillos y las hachas:

«Trabajo penoso al que se sometía a los prisioneros de guerra o a los esclavos.»

Qué barbaridad.

¡Si Martín Lutero levantara la cabeza, se iban a enterar estos abominables sepulcros blanqueados!


Historias bíblicas para no dormir, 4

19/01/2008

Esta es la secuencia de los hechos.

. En los más remotos tiempos y espacios siderales humanamente imaginables, y dado que aún no se habían inventado ni el furbo con su re-COPA ni las soflamas de la COPE, el Altísimo Yahvé se aburría atrozmente y como Él solo, es decir, de una manera infinita. Tanto es así que hoy día son ya varios los prestigiosos científicos galardonados con el premio Nobel de Física que consideran muy probable que el famoso y cacareado Big Bang con el que “empezó” todo no fuese de hecho más que un primigenio, tremebundo y omnipotente bostezo cósmico emitido allá arriba a pleno pulmón por el mismísimo Yahvé, o sea, por Dios Nuestro Señor.

. A fin, pues, de combatir tan insoportable aburrición, el Susodicho, en lugar de aplicarse, como lo haría cualquier vulgar hijo de vecino, a rotar buenamente un pulgar en torno al otro, y otro pulgar en torno al uno (pasatiempo, como todo el mundo sabe, no solo entretenidísimo sino también del todo inofensivo), decidió dedicar sus inacabables ocios a hacer bonitas manualidades cosmológicas. Ni corto ni perezoso, y dada su completa omnipotencia, inventó así pues en un pis pas lo que milenios más tarde nuestros vecinos los franceses llamarían bricolage, es decir, el bricolaje.

. Como iba diciendo, bajó Jehová entonces al taller, donde, sirviéndose del barro, unos cuantos buenos soplidos y resoplidos, una superflua costillica humana y otros desperdicios y humildes materiales baratos de ese estilo, se dedicó, durante media docena de días completos con sus noches, a fabricar y conformar minuciosamente unas cuantas divinas chapucillas.

. Al fijarse luego atentamente en lo que había creado, se admiró mucho Dios Nuestro Señor de Su propia capacidad para estas cosas, así como del inmejorable aspecto que tenían aquellos caprichitos Suyos. Por lo cual, como dicen los rusos: Se enamoró de sí mismo, y fue enteramente correspondido. «¡Pero qué pedazo artista estoy hecho, leche y me cagüen dié! –dicen que se dijo el tipo, riendo a carcajadas y más contento que un niño con paperas--. ¡Que toíto me ha salido de purita puta madre, tronco!»

. Por desgracia, no obstante o sin embargo, no pasaría mucho tiempo sin que, al examinar más de cerca y despacio sus divertidos juguetitos cósmicos, el Divino Hacedor cambiase por completo de opinión. En un momento dado, empezó, en efecto, a verles a aquellos chismes suyos muchos pequeños y grandes fallos por todas partes: que esto no funciona como Dios manda, que aquello tampoco rula, que lo de más allá no acaba de convencerme … Dicho en pocas palabras: que el tal Jehová, también llamado Yahvé, fue cayendo poco a poco en la cuenta de su gravísimo error, y se arrepintió por completo de haberlo cometido.

. Y entonces decidió dar marcha atrás y rectificar.


Con lo que, como veremos en el próximo y último post sobre estas terroríficas historias bíblicas para no dormir
citando el primer libro de la Biblia y del Pentateuco, es decir, el Génesis, Dios Omnisciente y Todopoderoso inventó de paso y cargó de razón el conocido refrán castellano que reza: Es peor (infinitamente peor) el remedio que la enfermedad

Historias bíblicas para no dormir, 5

24/01/2008
S
in entrar en disquisiciones acerca de las fuentes, J o P, ni en sutilezas sobre los caracteres cosmo- o antropogénico de este o aquel pasaje, diré que el Génesis dice: que en el principio creó Dios (aunque, ¡ojo!, no se afirma que fuese ex nihilo) el cielo y la tierra, y Dios dijo: “Haya luz” y hubo luz, y vio Dios que la luz estaba bien; y dijo Dios: “Haya un firmamento”, e hizo Dios el firmamento, y le llamó ‘cielo’; y dijo Dios “Acumúlense las aguas”, etc., y vio Dios que estaba bien; y luego Dios dijo: “Produzca la tierra vegetación” y “Haya luceros en el firmamento” y “Bullan las aguas de animales vivientes”, etc., y vio Dios que todo estaba bien, o sea, que le salía todo a pedir de boca; y dijo luego Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra” y creó Dios al ser humano, macho y hembra, a su semejanza; y vio Dios todo lo que había hecho, y. según dijo, estaba todo, no ya bien a secas, sino muy bien o requetebién, modestia aparte.

Era el día sexto. Y el séptimo, Dios descansó. Pues, parece que no, chico, pero estas holganzas de Jehová, Yahvé, El o Elohim son bastante trabajosas, y, como dijo Cesare Pavese, trabajar cansa, laborare stanca, así dijo el Cesare, y es la pura verdad, ya lo creo que stanca, y encima si el trabajo es infinito, pues no te digo y pa qué te cuento, entonces laborare stanca muchísimo más, y hasta el omnipotente Dios se cansó o estancó de tanto laborare y se vio necesitado de reposar un poco y tomarse un pequeño sabath, qué caray, que no somos de piedra, tío. Y pásame esa botella, en el buen sentido de la palabra, que quiero trasegar.

Ahora, el octavo día de la semana, como lo llamaría Marek Hlasko, ya Dios, que no es nada tonto, empezó a barruntarse que algo chirriaba, que no sé, no sé, que algo no marchaba como Él mismo, en su infinita sabiduría, había ordenado que marchase. Y es que, por lo visto, una parte animal de la creación, los seres humanos, no acababa de pasar por el aro y no se comportaba correctamente. De manera que Yahvé o Dios se enfadó cada vez más y más y empezaron a hinchársele de mala manera y ponérsele azules las venas de la ira, que como todos sabéis son esas que tenemos en la frente. Ya el capítulo 3, con la cosa de Eva y la manzana, se llama La caída, y el 4, con Caín y Abel, la situación no hace sino empeorar. Para el capítulo 6, con el episodio enigmática y un tanto machistamente titulado Los hijos de Dios y las hijas de los hombres, la frente de Yahvé, por culpa de su terrorífica (¿infinita?) cólera, presenta ya un aspecto muy, pero que muy inquietante: parece un bajorrelieve de víboras azules cien por cien ponzoñosas.

He aquí algunos versículos, 6, 5-8:

«Viendo Yahvé que la maldad del hombre cundía en la tierra y que todos los proyectos de su mente eran puro mal de continuo, le pesó a Yahvé de haber creado al hombre en la tierra, y se indignó en su corazón. Así pues, dijo Yahvé: “Voy a exterminar de sobre la faz del suelo al hombre que he creado –desde el hombre hasta los ganados, los reptiles y hasta las aves del cielo--, porque me pesa haberlos hecho”. Pero Noé halló gracia a los ojos de Yahvé.»

Los proyectos de la mente humana eran todos puro mal. A Yahvé le pesó, por tanto, haber creado al hombre. O sea: ¡Nuestro Señor se arrepintió de habernos creado! Se indignó en su corazón por haber cometido, aun siendo infinitamente sabio, esa enorme equivocación. Y, en vez de castigarse a Sí mismo a causa de su torpeza, quedándose sin cenar o sin postre o sin jugar al póquer con los amigotes, o en vez de diseñar un infinitamente sabio plan educativo destinado a mejorar poco a poco las moral de las gentes, Dios Nuestro Señor, a pesar de ser infinitamente bueno, tomó una muy severa y drástica decisión de limpieza étnica, que por cierto sería grandemente admirada algunos milenios después por un tal Hitler y un tal Bush: optó por exterminar de sobre la faz de la tierra a su criatura, el hombre, pero también, de paso, a los ganados, los reptiles y las aves del cielo, pese a que en realidad los pobres bichos no habían hecho nada malo. A diferencia de Hitler y Bush, que solo fueron modestos genocidas de tres al cuarto, Él quiso ir sin embargo un poco más allá. No se limitó a eliminar solo a unas cuantas razas o tribus o pueblos de un país. Él, que es Todopoderoso, quiso ir a lo grande y cargarse a todo quisque o hijo de vecino. Excepto a Noé, que al parecer era un buen chico, si bien ya algo talludito y un poco gruñón, con sus seiscientos tacos de edad, y excepto a la esposa y los tres hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet, con sus correspondientes esposas y retoños, que por lo visto eran todos así mismo buenas gentes. (En cuanto a los pecaminosos nombres del mujerío, Dios Nuestro Señor los omite todos discretamente. He aquí un muy interesante tema o asunto, el del machismo o hipotética feroz misoginia bíblica de Yahvé, que brindo a cualquier animosa lectora de este Foro, para que lo desarrolle alegremente por escrito.)

Pero, bueno, que de nuevo, entre unas cosas y otras, me he desparramado y extendido más allá de lo aconsejable. Seguiré y terminaré (lo prometo) esta espantosa pesadilla bíblica con el post número 6.

Historias bíblicas para no dormir, y 6

1/02/2008

Qué es eso que llamamos “fe”? Mi querido Mark Twain la definía muy bien apelando a la ingenua pero casi siempre infalible lógica adolescente:

«Fue un colegial el que dijo: La fe es creer aquello que uno sabe que no es así.»

Sabia intuición infantil que no hace sino repetir siglos después, parafraseándolo, el célebre certum est quia impossibile (“es cierto porque es imposible”) del docto y sesudísimo Tertuliano.

Se necesita verdaderamente tener una enorme cantidad de fe monoteísta, y además una fe mucho más firme, más berroqueña, más ciega y más negra que la del mismísimo carbonero del dicho, para creer, como creen a pies juntillas los cristianos de las diversas sectas, que el del Antiguo y el del Nuevo Testamento son uno y el mismo Dios Nuestro Señor. Y es que de hecho son, como los grados 0 y 180 de la goniometría, personajes por completo, es decir, diametralmente opuestos.

Si bien, como es sabido, los eclesiásticos cometieron luego en su nombre las mayores barrabasadas, infamias y atrocidades de las que el ser humano tiene noticia histórica, lo cierto es que del propio Cristo o Jesús todo lo positivo que se piense y se afirme es poco. Quitando, aquí y allá, un par de enfados o pataletas de escasa duración e intensidad, es este un personaje cuya extrema bondad, amabilidad y altruismo rozan a veces, en mi particular opinión, el acaramelamiento y la dulzonería más empalagosos. Creo que los autores de los sinópticos no habrían podido ni adrede inventarse un Mesías o Dios más cariñoso y melifluo que el Cristo Jesús.

En cambio, el Yahvé del Antiguo Testamento, el Dios que se muestra, sin ir más lejos, en el Génesis, es, como dice discretamente el científico inglés Richard Dawkins en su muy recomendable The God Delusion, un “ser vengativo, sediento de sangre y limpiador étnico; un misógino, homófobo, racista, infanticida, genocida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista; un matón caprichoso y malévolo”. Rasgos a los que yo, modestamente y sin afán de exhaustividad, añadiría otro que olvida don Richard: para mí es indudable que se trata así mismo de un tipo rigurosamente idiota, o por lo menos imbécil. Lo cual, unido a su brutal e insaciable hemodipsodia, hace de Yahvé algo así como un George W. Bush bíblico elevado a la enésima potencia. Lo que se dice un menda de muchísimo cuidado, vamos.

Leamos unos pasajes espigados del ya mentado Génesis, concretamente del capítulo 7, versículos 16, 17 y 21-24:

«Yahvé cerró la puerta detrás de Noé.- El diluvio descargó sobre la tierra durante cuarenta días. (…) Pereció todo ser viviente: lo que repta por la tierra, junto con aves, ganados, animales y todo lo que pulula sobre la tierra, así como toda la humanidad. Todo cuanto respira hálito vital, todo cuanto existe en tierra firme murió. Yahvé exterminó todo ser que había sobre la faz del suelo, desde el hombre hasta los ganados, incluidos los reptiles y las aves del cielo: todos fueron exterminados de la tierra. Solo quedaron Noé y los que con él estaban en el arca.- Las aguas inundaron la tierra por espacio de ciento cincuenta días.»

Pasajes estos que, por cierto, aparte la atrocidad de su fondo,llaman también la atención por lo repetitivos y confusos que son, y por la enorme inepcia literaria de Dios Nuestro Señor que revelan. A mí eso de “junto con aves, ganados, animales…” (pero, ojo, ¡no la fauna acuática!) me trae a la cabeza la célebre clasificación, infinitamente más ingeniosa y ocurrente, que figura en la enciclopedia china Emporio celestial de conocimientos benévolos citada por Jorge Luis Borges:

En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas..

Ahora, volviendo a la patosa Holy Bible, habría que preguntarse a cuántos millones de seres humanos ahogó caprichosamente en las aguas de su ira Dios Nuestro Señor aquel infausto día. El caso es que, al cabo, pasado lo peor:

«Noé construyó un altar a Yahvé, tomó de todos los animales puros y de todas las aves puras y ofreció holocausto en el altar.» (8, 20)

¡Ah, chicos, el holocausto! ¡Qué fragancias exquisitas las de esas selectas chichas quemadas! ¡Menudo Prozac!

«Al aspirar Yahvé el calmante aroma, dijo para sí: “Nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano son malas desde su niñez, ni volveré a destruir a los seres vivientes, como he hecho.» (8, 21)

El Supremo Matón del Universo parecía así arrepentido de su propia barbarie. Al menos, de momento.

 

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