Autor: Lemuel
A
veces me he preguntado en voz alta cómo es posible que gentes como
nuestros Monarcas, el senor Botín, el senor Polanco, o este individuo
que ahora sale todos los días en los papeles, el senor Roca, por no
ir más allá de Murcia, sean tan obscenamente ricos. Tras preguntármelo
en voz alta, he procedido luego, como es natural, a respondérmelo así
mismo en voz alta, y he sido por ello tachado por las prudentes gentes de
mi entorno, no solo de radical, marxistoide y comunanga (a lo cual uno está
ya acostumbrado) sino de irreflexivo, simplista y no sé cuántas
otras cosas desagradables. Al parecer, yo propendo irremediablemente a explicarlo
todo por la economía, la política, la cultura, las clases sociales,
la explotación obrera, la corrupción burguesa y otras categorías
parecidas, todas ellas pasadas de moda, obsoletas y reduccionistas a más
no poder. Eusebio --que es un amigote de tasca feísimo, pero muy culto—llegó
a pasarme hace algún tiempo unas hojas con un texto bajado de Internet,
en el que un autor norteamericano explicaba el asunto con (según Eusebio)
un enorme rigor científico. En resumidas cuentas se trataba de que:
1. Sí, es una triste realidad que existen en el mundo muy grandes diferencias de status, riqueza y poder entre unos personas y otras.
2. Pero tales diferencias son debidas en lo fundamental a las diferencias de aptitud intrínseca entre tales personas, sobre todo a las diferencias de inteligencia.
3. Así lo demuestran los Tests de Inteligencia, o de Cociente Intelectual, que son instrumentos ideados precisamente para medir estas aptitudes intrínsecas.
4. Las diferencias de aptitud e inteligencia entre las personas son sobre todo consecuencia de diferencias genéticas entre ellas.
5. Del hecho de que tengan un origen genético se deriva que las diferencias de aptitud e inteligencia son fijas e invariables.
6. Debido también a ese origen genético de las aptitudes, las diferencias entre razas y clases sociales son así mismo genéticas e invariables.
Es decir, que, para curar mi anticuado reduccionismo marxistoide, el bueno de Eusebio me había recetado, por persona interpuesta, un tratamiento dernier cri a base del más crudo reduccionismo biológico, o genético, según me parecía a mí. Dejando aparte el primer punto, al que no tenía yo nada que objetar, los otros cinco me parecía que no se tenían en pie ni con puntales de acero inoxidable. En mi simplismo, no me parecía a mí que las personas de más elevado status, riqueza y poder se caracterizasen siempre precisamente por una “inteligencia” (zla de Bush, la de Su Majestad…?) lo que se dice “cristalina”, sino más bien por otro tipo de condicionamientos o “virtudes”. Me sospechaba además que los tests de CI tenían truco, y que sus resultados eran muy fácilmente manipulables. Y así de seguido.
Por lo tanto, aprovechando la circunstancia de que, además de reduccionista, soy también un incurable ratón de biblioteca, decidí informarme un poco consultando algunos libricos al respecto. Como es natural, se trataba de autores de mi cuerda, como se dice: Stephen J. Gould, R. C. Lewontin, Steven Rose, Leon J. Kamin, Stephan L. Chorover y otros rojillos igual de majos.
Pero de lo que me ensenaron estos sesudos senores hablaré otro día, que ahora se me enfría la sopa.