K e p le r

 

Autor: Lemuel


Rodeado de gigantescos picachos de Himalaya como Copérnico, Galileo y Newton, la figura del matemático. astrónomo. músico y místico Johannes Kepler (1571-1630), discípulo de Tycho Brahe, aparece en la historia de la ciencia injustamente empequeñecida, como si se tratase de una modesta montañita u otero de segunda catergoría. Sin embargo, la importancia de las aportaciones de este señor es decisiva en la revolución científica de los siglos XVI/XVII. Diecisiete años después de su muerte, las tres leyes planetarias que llevan su nombre (y que, debido a su "extravagante" concepción elíptica, ajena a la tradición milenaria circular, que iba de Pitágoras a Platón, habían sido en buena parte ignoradas por el propio Galileo) fueron desarrolladas científicamente e integradas por don Isaac Newton en el primer libro de sus grandiosos Principios matemáticos de la filosofía natural.

Las dos primeras de esas leyes, enunciadas por el científico alemán en 1609, establecían que: a) los planetas recorren órbitas elípticas teniendo al Sol en uno de los dos focos, mientras que en el otro lo que había era solo un punto imaginario, y b) los vectores de posición de un planeta en órbita solar barren áreas iguales en tiempos iguales. La tercera de las leyes sería publicada diez años más tarde, y precisaba que: c) el cuadrado del tiempo necesario para que un planeta recorra su órbita es proporcional al cubo de su distancia media al Sol, o sea, T^2 =k*D^3.

Dejando ahora de lado estas severas cuestiones, yo quiero, sin embargo, traer a colación aquí un aspecto mucho menos conocido de la extraña, contradictoria y atractiva personalidad de don Johannes Kepler: su condición de temprano e imaginativo presursor de la ciencia-ficción. En los estudios dedicados a este género literario suelen citarse antecedentes tan sugestivos como Luciano de Samosata, autor de la Historia verdadera; Cyrano de Bergerac, creador de El otro mundo, o Estados e imperios de la Luna, e incluso Ludovico Ariosto y su celebrado Orlando furioso. En cambio, del Sueño de la Luna de Kepler, originariamente titulado Somnium seu Astronomia Lunari, no siempre se acuerdan como es debido los tratadistas.

Se trata de un diálogo imaginario entre el protagonista y un erudito "Demonio", perfecto conocedor del Universo, que explica al protagonista cómo podría viajarse a la Luna. Por cierto que ese pecaminoso argumento fue aprovechado enseguida como "prueba" contra Katherine, la madre de Johannes, que había sido encarcelada y rutinariamente torturada por los Cuerpos y Fuerzas de la Santa Inquisición, quienes acusaban a la señora aquella de brujería y otras artes no menos malignas. Así que Kepler hubo de jurar y perjurar que su Somnium era ficción, pura ficción y nada más que ficción, y que el Demonio que aparecía en su obra no era el verdadero Maligno o Belcebú en persona, sino solo un simple ente imaginado, novelesco. El caso es que, entre unas cosas y otras, el libro no pudo publicarse hasta finales de 1634, casi un lustro después de la muerte de su autor.

Mientas que en la antes citada obra de Luciano de Samosata el viaje a la Luna (cuyos habitantes, los selenitas, carecían, por cierto, de ano) se produce con la ayuda de una misteriosa y un tanto providencial tromba de agua; mientras que Ludovico Ariosto, ni corto ni perezoso, echa por su parte mano de un sobadísimo hipogrifo, y Bergerac, ya en plan más moderno, recurre a vulgares pero potentísimos cohetes, nuestro Kepler les gana a todos en imaginación: en Somnium, el viaje de ida y vuelta a la Luna se produce mediante un elegante deslizamiento sobre las rectas generatrices de los conos de sombra de un eclipse de Luna, para la ida, y otro eclipse, pero este de Sol, para la vuelta al hogar. La cosa puede parecerles quizá un poco rebuscada a ciertos lectores puntillosos, pero tiene su sustancia y su intríngulis fantacientífico.

Lo más interesante del libro, creo yo, es el planteamiento que en él se hace acerca de cómo sería la visión de la Tierra que tendría un viajero que la observara desde el polvoriento suelo lunar. En el cielo de la Luna, la Tierra aparecería, en efecto, al trascurrir el tiempo, con "fases terráqueas" iguales pero inversas a las que la Luna presenta en el cielo de la Tierra: Tierra nueva, Tierra llena, Tierra creciente, Tierra menguante... Pero además, dado que la Luna muestra siempre a los terráqueos la misma cara, la Tierra solo podría verse desde uno de los lados de la Luna, desde su cara visible. Y, desde esa cara visible, la Tierra aparecería siempre como un glorioso y enorme globo azul, fijo en el mismo sitio del cielo de la Luna. Y, durante la fase de Tierra llena, el observador situado en la Luna podría contemplar ininterrumpidamente la majestuosa e impresionante esfera terráquea girando lenta y armoniosamente en torno a sí misma, y dando una vuelta completa cada veinticuatro horas.

¡Un espectáculo fascinante, sin duda!

¡Y un inmejorable procedimiento para que los colegiales selenitas aprendiesen geografía, como se dice, sans peine!...


 

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