Dr. Jekyll y Mr. Hyde

 

Autor: Lemuel

 

 


El bueno de Carlos Tena (que, no pudiendo aguantar más este Estado nuestro de Derecho, se ha ido a vivir a Cuba) se muestra muy agradecido a una amiga cubana llamada Haydée.(*) Al parecer, la mujer es muy culta, y le ha dado a Carlos una ilustrativa charleta acerca de una persona del siglo XVI de la que él “jamás había oído hablar”, a saber, Jean Bodin.

Yo creo que el periodista exagera un poco, pues no me puedo creer que jamás haya oído hablar de Bodin. Seguro que ha oído hablar, solo que estaría distraído y no habrá puesto atención.

El caso es que Haydée le ha dado, como digo, una interesante charleta sobre Bodin y, en concreto, sobre “Los seis libros de la República” (1576). Carlos ha quedado muy admirado y boquiabierto, tanto por la enorme sapiencia de Haydée y (supongo) su deslumbrante belleza, como por la categoría intelectual y la modernidad del pensamiento económico y político del tal Jean Bodin.

Y es que es verdad que “La República” es una obra repleta de ideas extraordinariamente avanzadas para su época. Baste decir que, entre otras cosas, el autor francés mantenía en ese libro que el poder pertenecía al pueblo, y que el monarca no era más que “un plebeyo”. No es extraño, así, que Bodin se granjease la eterna ojeriza del rey francés de turno, que ahora mismo no recuerdo quién era, y no me apetece pasarme al Google a mirarlo.

El caso es que, por lo visto, su amiga cubana solo ha sacado a medias de su ignorancia al bueno de Carlos. Deduzco que, por los motivos que sea, Haydée únicamente ha querido desasnarle en lo referente al Bodin/Dr. Jekyll, y no le ha dicho una palabra acerca del Bodin/Mr. Hyde. Pues solo así se explica que, en un momento dado, Carlos escriba en su artículo: “El amigo Bodin…”

¡Menudo amigo! Voy a mirar en Insurgente, a ver si encuentro la dirección electrónica de este hombre para advertirle que se ande con tiento y tenga mucho cuidado con los amigotes que se echa, que luego pasa lo que pasa, y todo son llantos, suspiros y crujir de dientes. Incluiré en mi emilio algunos datos sobre el “lado oscuro”, por así decir, del “amigo Bodin”, para que el periodista sepa a qué atenerse. Sobre ese Bodin/Mr. Hyde le diré, entre otras cosas, por ejemplo, lo siguiente.

En 1580, Jean Bodin publica un libro titulado “Démonomanie des Sorciers”, que al año siguiente sale también en latín con el nombre “De Magorum Daemonomania”. Los entendidos aseguran que, salvo quizá el espantoso “Malleus Maleficarum”, no existe en la historia universal de la infamia, digo de la brujomanía, nada comparable a ese libro, nada tan escalofriante y terrible, nada tan cruel y tan “inhumano” como esa obra del “amigo Bodin”.

Y es que, por lo visto, el tan progresista Bodin/Dr. Jekyll, quizá con la intención de espantar el tremendo aburrimiento que le sobrevenía por ser tan bueno, tan radical y tan pro-republicano, se echaba a veces entre pecho y espalda una pócima cristiana preparada en el Vaticano, y se convertía de la noche a la mañana en el abominable inquisidor, sediento de sangre hereje, Jean Bodin/Mr. Hyde.

Este Bodin fue uno de los primeros tratadistas en definir la brujería. Sobre la base de su experiencia personal como juez implacable en incontables delitos de este tipo, decía que es brujo o bruja “la persona que, conociendo las leyes de Dios, intenta realizar un acto por medios diabólicos [par moyens diaboliques]”. O también, “pactando con el Diablo”.

En su libro, resumiendo el procedimiento de un proceso por brujería, es decir, un crimen exceptum, o “delito excepcional”, escribía lo siguiente:

“Por tanto, el acusado de brujería jamás debe ser totalmente absuelto ni liberado (…), ya que las pruebas de tales delitos son tan oscuras y difíciles que, si el procedimiento se rigiera por las normas ordinarias, no se acusaría ni castigaría a una sola bruja entre un millón.”

Lo cual no habría tenido nada de extraño, dado que la “brujería” (por cuyo “delito”, solo en Alemania, perecieron quemados alrededor de cien mil hombres, mujeres y niños en un lapso de 150 años, según un estudio de George L. Burr) era un puro invento que la Santa Iglesia católica, respaldada unánimemente en este terrorífico asunto por todas las sectas cristianas protestantes, usaba para mantener bien embridado al personal.

“Aunque a las brujas se las tueste y cueza a fuego lento [brusler à petit feu] –se lee en la “Démonomanie” de Bodin--, nunca será un castigo excesivo, ni tan terrible como el tormento que Satanás ha preparado para ellas en este mundo, por no hablar ya de los sufrimientos eternos que les aguardan en el Infierno, pues aquí el fuego no dura más de una hora hasta que las brujas mueren.”

Ese cálculo de una hora lo hacía Bodin en el supuesto de que, como él personalmente defendía, se utilizase leña verde para prolongar la agonía de las personas quemadas. Alrededor de la tercera parte del libro de Bodin está dedicada, en efecto, a explicar detenidamente cómo se debe torturar, interrogar, condenar y ejecutar a las brujas y los brujos. Entre las normas que establecía estaban: prometer impunidad a quienes acusasen a sus cómplices; mantener en secreto el nombre de los delatores; obligar a los niños a declarar contra sus padres; emplear agents-provocateurs; torturar sobre la base de la simple sospecha, pues el rumor popular “casi nunca es falso”; no absolver jamás a un acusado: el juez que no ordenara la ejecución de una bruja o un brujo debía ser condenado a muerte, etc.

Por lo demás, Bodin era un hombre con sobrada experiencia en este tipo de negocios, ya que, como reconoce en su escrito, él mismo torturó a muchos desgraciados, entre ellos niños e inválidos: “une jeune fille, un jeune enfant, ou une femme délicate, ou quelque mignard”. Para las brujas, decía, no había castigo demasiado cruel, y a fin de infundir en los sospechosos el temor de Dios, recomendaba que se utilizaran cauterios y hierros al rojo con el fin de arrancar la carne putrefacta: “Il faut appliquer les cautères et fers chauds et couper les parties putréfiés.”

No sé si a Montaigne le ocurrió como a Carlos Tena, que solo conoció al Bodin/Dr. Jekyll, de quien dijo que “tenía mejor juicio que la multitud de chupatintas de aquel siglo”.

En fin, que el revival de la idea republicana en el siglo XVI está muy bien, pero que algunos de los revivalistas, como este Bodin/Mr. Hyde eran en realidad unos elementos, digamos, un pelín turbios.

(*) El correspondiente escrito de Carlos Tena está en:
http://www.insurgente.org/modules.php?name=Content&pa=showpage&pid=549