Intelectuales-Esquizofrenia

 

Autor: Lemuel

 

 


Los intelectuales...

¿Quiénes, qué son los intelectuales? ¿De qué pasta están hechos? ¿Tienen acabado el bachillerato? ¿Qué función desempeñan en la sociedad de clases? ¿En qué lado están en las barricadas? ¿De qué y cómo viven? ¿En beneficio de qué y de quiénes ponen sus capacidades intelectuales? ¿Quiénes y cuánto les pagan? ¿Qué tiempo medio les lleva adquirir el monísimo yate, o ese coqueto chalecito (adosado, sí, pero con dos chimeneas) que tienen en la sierra? ¿Qué dicen y qué omiten en sus sesudos escritos? ¿Cómo enfocan lo que ocurre? ¿Por qué afirman esto y lo otro, y niegan en cambio aquello y lo de más allá? ¿Escriben realmente lo que piensan? ¿Piensan realmente, al menos, lo que escriben?

Hubo un tiempo con intelectuales (burgueses, como todos los intelectuales) que, por nadar contra la corriente, no tenían ni yate ni chalecito adosado en la sierra. Y que, quizá por pura casualidad, murieron algo prematuramente. Por ejemplo, el inolvidable Paul Nizan. Fue un bala perdida, es verdad. Acerca de los “Perros Guardianes” del sistema, escribió, por ejemplo:

¿Qué hacen los pensadores profesionales en esta conmoción? Se mantienen en silencio. No hacen advertencias. No denuncian. No se transforman. No cambian de opinión. La distancia entre su pensamiento y el universo sacudido por las catástrofes aumenta cada semana, cada día, eso no les alerta. Y ellos tampoco alertan. La distancia entre sus promesas y la situación de los hombres es más escandalosa que nunca. Y ellos no se mueven. Se quedan en el mismo lado de la barricada. Celebran las mismas asambleas, publican los mismos libros. Todos los que tenían la ingenuidad de esperar sus palabras empiezan a rebelarse, o a reír.”

Hay palabras en este texto de Nizan que yo habría intentado eludir. Entre otras: ‘opinión’, ‘pensamiento’, ‘escandalosa’… Y es porque dudo mucho de que, ayer u hoy, los perros guardianes hayan tenido nunca o tengan opinión o pensamiento propios, y porque no creo que sea el escándalo lo que mejor define una actitud crítica hacia semejantes personajes.

Por lo demás, ¿dónde están hoy nuestros nizanes, o intelectuales atípicos? No me cabe duda de que, como ocurre con las meigas, haberlos, haylos. Pero me pongo a hacer el recuento al estilo de la vieja, y me sobran casi todos los dedos de las manos. Por no hablar ya de los dedos de los pies.

Esquizofrenia

Seis años después de haber sido agraciado con el premio Nobel, y de haberlo rechazado, Jean-Paul Sartre se encuentra un día de 1970 en el centro de París vendiendo junto a otros camaradas activistas un periódico clandestino titulado “La Cause du Peuple”. Enseguida aparecen los representantes de la Ley y el Orden y empieza la rutinaria detención de revoltosos. Un flic agarra por el brazo al filósofo y, cuando se dispone a arrastrarlo a la lechera, otro flic le grita: “¡A ese no, que es un premio Nobel!” Así lo cuenta el propio Sartre en Situations X.

Por lo visto, de nada le había servido a Sartre decirles a los de la Academia sueca que podían meterse el galardón aquel por donde buenamente les cupiera: a la hora de la verdad, seguía siendo un premio Nobel. Él se ponía una y otra vez, de forma provocadora incluso, del lado del pueblo. Pero la burguesía francesa lo tenía a pesar de todo por uno de los suyos. En Sartre no se podía confiar, era sin duda una oveja negra, pero era, malgré lui, una oveja negra valiosa y definitivamente burguesa. En este mismo texto de Situation X, el propio autor lo dice así:

La burguesía ha desconfiado siempre, con razón, de los intelectuales. Pero desconfía de ellos como de unos seres extraños salidos de su propio seno. Pues, en efecto, la mayor parte de los intelectuales nacen de padres burgueses que les inculcan la cultura burguesa, y aparecen como guardianes y transmisores de esa cultura. De hecho, tarde o temprano, un buen número de técnicos del saber práctico se han hecho sus perros guardianes, como ha dicho Nizan. Otros, una vez seleccionados, siguen siendo elitistas aunque profesen ideas revolucionarias. A estos se les deja ir contra la corriente: hablan el lenguaje burgués. Poco a poco se les va domesticando, y, para recuperarlos, en el momento oportuno bastará un sillón en la Academia Francesa, un premio Nobel o alguna otra maniobra. (…)

Sin embargo, hay intelectuales –y yo soy uno de ellos—que desde 1968 no quieren seguir dialogando con la burguesía. En realidad, la cosa no es tan sencilla, pues todo intelectual tiene eso que se llama intereses ideológicos. Lo que equivale a decir: el conjunto de sus obras hasta el momento, si es que escribe. Aunque yo haya impugnado siempre a la burguesía, mis obras se dirigen a ella en su mismo idioma, y al menos en las más antiguas pueden hallarse elementos elitistas. Hace diecisiete años que trabajo en una obra sobre Flaubert que no podría interesar a los obreros, ya que está escrita en un estilo complicado y ciertamente burgués. De manera que los dos primeros tomos de esta obra han sido comprados y leídos por burgueses reformistas, profesores, estudiantes, etc. El libro, que no ha sido escrito por el pueblo ni para él, es el resultado de las reflexiones hechas por un filósofo burgués durante gran parte de su vida. Estoy ligado a él. Ya se han publicado dos tomos, el tercero está en la imprenta y estoy preparando el cuarto. Estoy ligado a él, es decir, tengo sesenta y siete años, trabajo en él desde los cincuenta y aún desde antes ya pensaba en él.

Ahora bien, por su propia naturaleza, este libro representa (si admitimos que aporta algo) una frustración del pueblo. Pues es él quien vuelve a unirme a los lectores burgueses. Por él sigo siendo burgués, y lo seguiré siendo mientras no lo haya terminado. Sin embargo, mi otro yo, que rechaza mis intereses ideológicos, me impugna a mí mismo como intelectual y comprende que si no he sido recuperado ha faltado muy poco. Y en la medida que me impugno a mí mismo, en que me niego a ser un escritor elitista que se toma en serio, sucede que me encuentro en medio de los hombres que luchan contra la dictadura burguesa. Ante todo, porque quiero abandonar mi situación burguesa. Existe entonces una contradicción muy singular en mí: sigo escribiendo libros para la burguesía y me siento solidario con los trabajadores que quieren derribarla.”

 

 

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