Autor: Lemuel
El
factor humano, I
Hablando del desplome de la URSS, el primer concepto que aflora en el discurso de Serguei es el de mercancía. En 1990-1991 se presentó como tarea casi imposible pasar de atender necesidades humanas a ocuparse solo de los mecanismos del mercado. Con respecto a los dos célebres “aspectos” marxistas de la mercancía, los soviéticos estaban hechos sobre todo a medir las cosas desde la óptica del valor de uso, no del valor de cambio. Para los rusos apenas tenían sentido términos tales como renta per cápita, producto interior bruto y demás. Los ciudadanos pensaban principalmente en cómo se producen y reparten los bienes de uso. Nadie del pueblo llano habría podido imaginar que, por ejemplo, una vivienda, además de (y en contraposición a) su obvio valor de uso, puede tener y de hecho tiene en el capitalismo un importantísimo valor mercantil de cambio, y permite en régimen gozosamente neoliberal (laissez faire, laissez passer!) las mayores orgías libidinales de la corrupción inmobiliaria.
En tiempos soviéticos, un importante conjunto de servicios (salud y enseñanza, sobre todo) tenía carácter gratuito, de modo que el mercado en sí era muy reducido. No había especulación porque no se vendían terrenos, no se vendía dinero ni había banca tal como se entiende en el capitalismo.
Dice Serguei que hoy se ve con mucha claridad que no había razones objetivas para ir, como se hizo a partir de 1970, hacia una “reforma” tan completa y destructiva, pues el conjunto de la economía no presentaba síntomas de la grave crisis que se pretendía. Lo cual me lleva a mí a pensar que no fue en sí mismo el mecanismo socialista el que fallaba o renqueaba, sino más bien lo que Graham Greene llamó el factor humano. Es decir, me lleva a sospechar que las tremendas insuficiencias del socialismo soviético no fueron de hecho tan tremendas, y que el brutal colapso del sistema fue sobre todo resultado de una voluntad cada vez más decidida por parte de la nomenklatura de acabar con un maldito invento que a fin de cuentas no permitía a los listos enriquecerse y ponerse las botas como Dios manda.
Como explica Serguei, en la URSS seguían creciendo de modo regular las inversiones industriales y agrícolas, la construcción de viviendas, todos los indicadores básicos.
Incluso si se quería “liberalizar”, no hacía falta destruir lo que ya estaba construido y funcionando...
El factor humano, II[Lo que es la ignorancia. Solo un asno o animal de muladar como yo podría haber estado faltándole al respecto una y otra vez, aunque sin querer, a nuestro sabio ruso. Desde luego, es correcto decir sin más que Serguei Kara-Murza es esto o lo otro, hizo aquello o lo de más allá, escribió tal o cual libro, etc. Pero, sin necesidad de conocer el idioma, y sin haber pisado nunca la Federación Rusa, yo, debido a mis modestas lecturas de literatura rusa, ya tendría que saber al dedillo que, cuando se habla coloquialmente de las personas, cuando se las interpela aunque sea de manera ideal, es imprescindible incluir el patronímico. Lenin, pongamos por caso, era el nom de guerre de Vladímir Ilich Ulianov, o sea, Vladímir hijo de Iliá (Elías) Ulianov, y Fiódor Mijáilovich Dostoyevski era algo así como Teodoro hijo de Miguel Dostoyevski. Entre los nombres y los apellidos rusos siempre hay, así pues, un patronímico, que es como si dijéramos una barbita de rabino cuyos tres pelillos más largos son siempre esos: i, c, h. Y ese patronímico es imprescindible citarlo cuando se dialoga con alguien o cuando se le saca personalmente a la palestra narrativa. Si, por ejemplo, uno se cruza en el portal de su casa con Antón Konstantinovich Filipenko, sería de mala educación decir: ¡Buenos días, Antón!, mientras que lo correcto sería: ¡Buenos días, Antón Konstantinovich! En el caso de Lenin, he aquí un fragmento de una correcta, aunque algo tensa, conversación imaginaria: Pero qué dice, Vladímir Ilich, sus palabras me ofenden profundamente. No sé por qué considera usted que yo soy un miserable chovinista de gran potencia. Espero una rectificación por su parte, Vladímir Ilich.]
Pues bien, como asegura Serguei Georgievich, de cualquier estudio de la economía soviética de los años 70 y 80 se deduce que la famosa reforma gorbachoviana, la llamada Perestroika, se fundamentaba en un doble mito: el de que las cosas andaban rematadamente mal en la URSS, y el de que, para que no se produjese un temible colapso, era necesario desmontar por completo el sistema soviético. El colapso se produjo finalmente, en efecto, pero, como se demuestra en el Libro Blanco de Rusia, la brutal caída tanto en la producción como en el consumo de bienes básicos del año 1991 y siguientes fue consecuencia de una parálisis inducida mediante decisiones políticas.
El primer golpe abiertamente contrarrevolucionario tuvo carácter político y se produjo entre agosto y diciembre del 91. El intento del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) por reafirmar su poder unificador fue eficazmente torpedeado. La URSS se desintegró y en su lugar aparecieron quince estados, entre ellos la Federación Rusa, que no es un estado nacional, sino una entidad multinacional. A partir de 1991, los nuevos gobernantes de la Federación Rusa procedieron a una contrarrevolución desde arriba cuyo objetivo era transformar el sistema soviético en un sistema capitalista liberal. Un alcohólico brutal y escasamente anónimo llamado Borís Yeltsin gobernó haciendo uso exclusivo de métodos administrativos y recurriendo a la violencia más extrema cuando lo consideró necesario: por ejemplo, durante la sangrienta eliminación del Soviet Supremo en octubre de 1993. El programa “reformista” de los anticomunistas hizo generoso uso de medios económicos facilitados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y se basó en recomendaciones de expertos y asesores neoliberales. Ahora bien, esta “contrarrevolución capitalista desde arriba” acabó también en agua de borrajas en el mes de agosto de 1998. Como ha escrito el conocido historiador Roy Medviédev, “nadie organizó el colapso y el efectivo derribo del sistema capitalista en agosto de 1998, se vino abajo por sí mismo, bajo el peso de sus propios fallos y errores de cálculo, pues terminó en bancarrota
El factor humano, III
Pero volvamos a Serguei Kara-Murza, quien en el libro del que es coautor prueba de manera convincente que la crisis de los años de la Perestroika y la Glásnost no fue resultado de la propia economía soviética, sino que se trató de una decisión política cuyo objetivo era el desmantelamiento de la economía socialista en la Unión Soviética. “No es –dice Serguei Grigorievich-- que se hubieran esfumado las fuerzas productivas, ni que desaparecieran las fábricas y las cooperativas, sino que fueron paralizadas…”
Como es sabido, en la Unión Soviética la agricultura estaba organizada en cooperativas (koljoses) y granjas estatales (sovjoses), y tanto unas como otras fueron obligadas a convertirse en sociedades anónimas de accionistas. Esta pequeña transformación capitalista supuso por sí misma la reducción a la mitad del potencial de esas empresas. Por otro lado, pisoteando las propias leyes antisoviéticas emanadas del parlamento de Borís Yeltsin, se procedió a realizar una caricaturesca privatización forzada del conjunto de la industria. Actuando de la manera más arbitraria y obscena que quepa imaginar, este brutal alcohólico escasamente anónimo (un “demócrata y un neoliberal hasta la médula”) fue capaz en solo unas semanas de violar todas leyes del Estado socialista. Como explica Serguei, la eliminación de la estructura que gobernaba la industria en tiempos soviéticos trajo consigo una parálisis general, ya que todas las empresas estaban interconectadas en el sistema. El tejido industrial resultó minuciosamente pulverizado.
[En un momento dado se le plantea, por cierto, a Kara-Murza una cuestión puntual que siempre fue muy entretenida y dio mucho juego en la propaganda antisoviética de la época franquista. Me refiero al enorme desabastecimiento causado por el nefando comunismo, la penosa situación de los pobres rusos soportando durante inacabables días con sus correspondientes noches unas temperaturas ferozmente soviéticas de ciento y pico grados bajo cero haciendo colas ante las inclementes puertas de unas tiendas zarrapastrosas, con la esperanza de conseguir unos mendrugos de pan mordisqueados y pasados de fecha. Como explica Serguei Georgievich, en la URSS los precios no se correspondían con los ingresos. En tiempos de Stalin existían las tiendas llamadas “comerciales”, que funcionaban según las leyes del mercado. Eran tiendas donde los precios eran más altos, un 50% superiores, pero en las que la gente tenía las seguridad de encontrar siempre los “caprichos” que le apeteciesen. Por otra parte, en los años setenta existían los llamados mercados cooperativos, en los que, por ejemplo, el precio de la carne era un 50% más alto que en el comercio estatal pero siempre había existencias. Las quejas de los compradores no eran por el insuficiente abastecimiento, sino porque en las tiendas estatales los productos desaparecían a toda velocidad, ya que la gente se lo llevaba todo. Los bienes básicos normalmente existían en suficiente cantidad, pero a veces se hacía inevitable pasarse a establecimientos más caros, “comerciales” o cooperativos. Con o sin colas, lo cierto sin embargo es que en la URSS los consumos de carne, leche, pescado y demás eran altos, equivalentes a las “medias” occidentales. Era una cuestión psicológica o, como dice nuestro autor, “de escaparate”. “Cuando te aprieta el zapato, es un problema de zapatos, no te importa lo bueno que sea el abrigo que llevas -–dice Serguei Georgievich--. Yo ya era viejo para todo esto. Nací [en 1939] conociendo los tiempos duros, y lo que teníamos en los 70 me parecía que era la abundancia…”]
Además del bueno de Kara-Murza, El Libro Blanco de Rusia// Las reformas neoliberales (1991-2004) es fruto del notable trabajo de otros dos sergios: Serguei A. Batchikov y Serguei I. Glasev. Se diría que, allá en Rusia, los Sergueis son como por aquí los Josés, Joses o Pepes: que abundan más que la mala hierba, chico. De este detalle de los tres autores con igual nombre de pila no se han percatado, por cierto, ni los editores de la obra, que estarían ocupados mirando algún partido en la tele y no han tenido ningún inconveniente en iniciar el volumen con un solemne “Prólogo del Autor” (sic).
En un próximo articulito echaré un vistazo a ese prólogo y al resto del libro.
El factor humano, IV
Un “libro blanco” es un texto en el que solo se presentan datos, sin valorarlos ni opinar sobre ellos. El paradigma del libro blanco, diría yo, es la guía telefónica: hasta a mí, que soy un poco gruñón, se me hace difícil discrepar de lo que aparece en ese tipo de guías. Como dicen los Sergios autores de este libro blanco, resulta evidente lo difícil que, sin embargo, les resulta a ellos no comentar las cifras que reflejan los dramáticos cambios producidos en su vida, pese a lo cual se han esforzado en no hacerlo.
La reforma liberal en Rusia supone, como es natural, el intento de pasar de una economía pensada para la satisfacción de las necesidades de la población a otra economía orientada a la obtención de beneficios para una minoría de esa población. Este proceso se acompaña del cambio de conceptos con los que se explican los fenómenos económicos, y son en consecuencia inevitables ciertas dificultades de comprensión. El sistema soviético buscaba y trabajaba con valores naturales: sabiendo, por ejemplo, más o menos cuántos niños van a nacer el año siguiente, se planificaba la producción de cochecitos para bebés. En cambio, en una economía orientada hacia el beneficio, las empresas solo valoran la demanda con capacidad de compra. La producción de cochecitos va surgiendo según la demanda solvente existente. Las necesidades de la población sin capacidad de compra no cuentan ni interesan para nada a los productores de mercancías. En consecuencia, para el régimen liberal, el indicador principal es el movimiento del dinero: la rentabilidad (el beneficio), la acumulación, el precio del dinero (crédito).
En su libro, los Sergios se han esforzado, no obstante, en presentar todos sus datos mediante indicadores naturales, o sea, mostrar, por así decir, el esqueleto de la economía nacional rusa. Los datos utilizados son todos ellos los que proporciona la estadística oficial.
El primer capítulo del libro estudia la evolución demográfica en la Federación Rusa. Es impresionante el gráfico correspondiente a la evolución de la población desde 1914 hasta 2003. La curva, suavemente creciente, que va de los 90 a los 144 millones de habitantes, se ve interrumpida por dos dramáticos puntos de inflexión o hachazos: el primero corresponde a las muertes ocasionadas por la gran guerra patria contra el nazismo (unos 20 millones), y el segundo a los años 1991 y siguientes. Pues lo cierto es que, durante la llamada Perestroika o Reforma, en Rusia se produjo una catástrofe demográfica, y solo en el año 2002, por ejemplo, la población de la Federación se redujo en 865.000 personas. La esperanza de vida en el nacimiento, que en 1986-7 era de 65 y 74,5 años para hombres y mujeres, pasó a ser en 1994 de 57,5 y 71 respectivamente.
En la página 20 del libro se incluye un interesante cuadro que nos proporciona la cantidad de fallecimientos en la Federación Rusa según las diferentes causas. Tomando dos fechas significativas, 1990 y 1994, es decir, el último año soviético y un año de neoliberalismo consolidado, tenemos, entre otros, los siguientes datos. Muertos por el alcohol: 16.100 y 55.500. Suicidios: 39.100 y 61.900. Muertos por alteraciones psíquicas: 3.800 y 14.100.