Bourdieu

 

Autor: Lemuel

 

 


Al igual que se habla de macro y microeconomía, también cabría distinguir, sobre todo en lo referente a los análisis de la ideología, entre macro y microsociología. Louis Althusser, con su ya clásico “Ideología y aparatos ideológicos de Estado” (1970), sería un ejemplo de macrosociólogo, mientras que Pierre Bourdieu, a partir de su “Esbozo de una teoría de la práctica” (1977), centra su atención sobre todo en la pequeña escala de la ideología, en su incidencia en la vida cotidiana.

Hay que advertir que, por determinadas razones que no voy a exponer ahora, a B. no le convence el término ‘ideología’, y que él utiliza ‘habitus’. A ese estudio citado de B pertenece precisamente el concepto clave de “habitus”, que equivale de hecho a la “ideología en estado práctico” de A. El “habitus” designa la inculcación de un conjunto de disposiciones duraderas que generan determinadas prácticas humanas. Mediante el “habitus”, los imperativos socialmente dominantes se convierten en formas rutinarias de comportamiento. Bourdieu habla de “inconsciente cultural” para referirse a esos sistemas interiorizados que regulan las acciones de las gentes de manera objetiva, es decir, sin que tales acciones sean resultado de obediencia consciente a unas determinadas reglas por parte de los actores sociales. Al actuar y conducirnos cada uno de nosotros “espontáneamente”, reproducimos y nos atenemos sin saberlo a ciertas normas y valores. El “habitus” es el mecanismo de retransmisión por el cual se encarnan las estructuras mentales y sociales en nuestra actividad cotidiana.

Como cualquier otro orden social, la formación social capitalista tiende a “naturalizar” su propia anomia o arbitrariedad mediante una cierta dialéctica de aspiraciones subjetivas y estructuras objetivas. El “habitus”, en cuanto generador de aspiraciones sociales compatibles con los requisitos objetivos de la circunstancia vivida, es –dice B.—“la historia convertida en naturaleza”. La confrontación entre lo objetivo y lo subjetivo hace que nos sintamos espontáneamente dispuestos a hacer precisamente lo que nos exigen nuestras condiciones sociales. El reconocimiento de la legitimidad es, según este autor, “el desconocimiento de la arbitrariedad”.

La “doxa” corresponde a la clase de orden social estable y tradicional donde el poder está por completo naturalizado y es incuestionable, de manera que ninguna disposición social distinta de la vigente puede ser siquiera imaginada. “Hay muchas cosas que la gente acepta sin saberlo”, dice B., como en un eco del dictum marxiano “no lo saben pero lo hacen”. Y pone el siguiente interesantísimo ejemplo.

“Si usted toma un grupo de personas y les pregunta cuáles son los factores principales de éxito en los estudios, cuanto más baje en la escala social encontrará más personas que creen en el talento natural o la aptitud. Estas personas le dirán que aquellos que triunfan están dotados por la naturaleza de mayor capacidad intelectual. Y cuanto más aceptan su propia exclusión, más creen que son estúpidos, y dicen: ‘Yo no era bueno en lengua, no se me daba bien el inglés, no era bueno en matemática.’ Desde mi punto de vista, este hecho resulta pasmoso… Esto no significa que los individuos dominados toleren todo, pero sí que asienten a más de lo que creemos y a mucho más de lo que ellos saben. Es un mecanismo formidable, como el sistema imperial. Un instrumento maravilloso de ideología, mucho más grande y poderoso que la televisión y la propaganda.”

En la vida social se incluyen diversos “habitus”, configurando sistemas que B. denomina “campos”, concepto este perfilado por el autor en los años 80. “Nociones como la de campo, habitus y capital –advierte B-- pueden ser definidas solo en el sistema teórico por ellas conformado, nunca de forma aislada.”

Los campos son entramados de relaciones sociales competitivas que funcionan según su propia lógica interna. Para el autor, “la mayoría de los campos y los juegos sociales tienen una estructura tal que hace que la competencia y la lucha por la dominación sean casi inevitables. Esto es evidente en el campo económico, pero incluso en el campo religioso se encontrará que la descripción es correcta.” Lo que está en juego en los campos es el logro del máximo dominio. Lograr el dominio en un campo significa acumular la mayor cantidad del “capital simbólico” correspondiente a ese campo. Todos los campos están estructurados por un conjunto de reglas tácitas que regulan aquello que puede manifestarse o percibirse válidamente en su seno. Tales reglas tácitas operan de hecho con lo que B. denomina “violencia simbólica”, la cual, en cuanto que es “legítima”, no suele sentirse como violencia y se ejerce con la complicidad del violentado. Como dice el autor en su citado “Esbozo…”, se trata de “la forma de violencia amable e invisible que nunca se reconoce como tal, y no se sufre en tanto que se elige: la violencia del crédito, de la confianza, de la obligación, de la lealtad personal, de la hospitalidad, de los regalos, de la gratitud, de la piedad…”

En el campo educativo, por ejemplo, la violencia simbólica opera no tanto porque el maestro adoctrine o hable ideológicamente a los estudiantes, sino porque estos perciben al maestro como poseedor de un “capital cultural” que a ellos les es necesario adquirir. El sistema educativo contribuye así a reproducir y perpetuar el orden social dominante no tanto por los puntos de vista que inculca o fomenta, sino mediante la distribución regulada de ese capital cultural. Análogamente, en el campo de la cultura en general, en el que aquellos que carecen del gusto “correcto” son excluidos de manera discreta, relegados a la vergüenza y al silencio, interviene con resultados muy eficaces una forma similar de violencia simbólica.

Acerca de otro concepto acuñado por este sociólogo, el de “poder simbólico”, bastará con darle la palabra al propio B.

“Para cambiar el mundo es necesario cambiar las maneras de hacer el mundo, es decir, la visión del mundo y las operaciones prácticas por las cuales los grupos son producidos y reproducidos. El poder simbólico es un poder de hacer cosas con palabras. Solo si es verdadera (es decir, adecuada a las cosas) hace la descripción las cosas. En este sentido, el poder simbólico es un poder de consagración o de revelación, un poder de consagrar o de revelar las cosas que ya existen. La lucha de las clasificaciones es una dimensión fundamental de la lucha de clases.”

Lo cual me permite acabar citando a una compatriota de B, la gran Marguerite Duras, muerta ahora hace diez años. Son palabras de una entrevista que le hicieron.

- ¿Cuál es, según usted, el valor de la izquierda que habría que promover urgentemente?
- La lucha de clases.