De banderas

 

Autor: Lemuel

 

 


La de la banderita es una secuencia verdaderamente inolvidable. Pertenece al genial film titulado “Tiempos Modernos”, de Charles Chaplin. En la peli, como se recordará, va el hombrecillo Charlot caminando tranquilamente, con su gracioso andar característico, por una calle cualquiera de Yanqui City. Pasa entonces por allí una camioneta cargada con una viga sobresaliente, de cuyo extremo pende, como preceptúan las ordenanzas municipales, un pequeño trapo rojo. Por otra calle adyacente transcurre en esos momentos una manifestación de trabajadores en paro. En un bache, con el subibaja, el trapito rojo se desprende de la viga que transporta la camioneta, y el servicial hombrecillo Charlot se apresura a recogerlo. Blandiendo el trapito rojo, el hombrecillo corre despendoladamente tras la camioneta: “¡Eh, eh, chicos, los de la camioneta! ¡Que habéis perdido este trapito rojo!”. Por caprichos del azar, tras el hombrecillo del bombín desemboca en ese crítico momento la manifestación obrera. Y he aquí que se establece entonces una revolución semántica, la siguiente inesperada conjunción de significados icónicos:

El hombrecillo del bombín aparece así objetivamente como un peligroso radical, como un convencido comuñanga que encabeza con insospechada audacia una revuelta proletaria, con bandera roja y todo. En la escena fílmica sólo faltan, si acaso, la sal y la pimienta, o sea, la hoz y el martillo. Por fortuna, y gracias a la expeditiva actuación de los Cuerpos y Fuerzas de la época, en la secuencia siguiente Charlot está entre rejas en la trena de Yanqui City, ataviado ya con su bonito pijama a rayas, como es natural.

Esto de las banderas es cosa peliaguda, pienso yo. Son tan peligrosas y están tan “cargadas” las banderas, semántica y sentimentalmente hablando, que merecen un respeto. Hay que tener en cuenta lo que podría llamarse la dialéctica de las banderas. Cuando Pepe Bono besa con tanta unción una determinada bandera, la rojigualda en concreto, no solo está besando esa bandera, sino que está escupiendo también un despectivo gargajo o esputo sobre otras banderas que no son rojigualdas. Yo diría incluso que el amor excesivamente fervoroso a una bandera, muestra de patriotismo por antonomasia, es en cierto modo una declaración de guerra. El término ‘bandería’ es significativo. Cuando, por ejemplo, en tantas pelis yanquis actuales aparece (no sé si os habéis fijado) tal proliferación de banderas barriestrelladas, banderas en la fachada de la casa, banderas en la puerta, banderas en el salón, banderas en el trastero, banderas en el ático, banderas en el retrete…, por algo será, ¡ojo! Eso prueba algo, significa algo. Y desde luego nada bueno, creo yo.

A mí lo del trapo rojo, lo reconozco, no me parece del todo mal, pues es un símbolo internacionalista y solidario, referente a la unidad de la clase obrera de todos los países en lucha contra sus explotadores. Pero de las banderas nacionales y patrióticas, en general, no me fío un pelo.

Me habría horrorizado, por ejemplo, que del extremo de la viga esa que sobresale en la camioneta de “Tiempos Modernos” hubiese pendido un trapito estampado con barras y estrellas. ¡Este no es mi Chaplin –me habría dicho yo--, que me lo han cambiado por el Griffith del KKK!