Bergamín

Autor: Lemuel

A O EL MUNDO DE UNA MUJER

 

Bergamín I

29-05-2005

Siempre que cito al entrañable don José Bergamín me viene a la cabeza el inmortal personaje valleinclanesco de las Sonatas, el marqués de Bradomín. Y no solo por la paronimia. Es que, según nos lo describe don Ramón, su aristocrático personaje era en buena parte como nuestro plebeyo don José: feo, católico y sentimental.

De que José Bergamín era feo y sentimental, puedo dar fe directamente, como testigo. Pues yendo yo hace muchos años de copeo y ginebras con mis disipados amigotes dípsodas, alcancé a ver al gran poeta en el afamado café “Gambrinus” de Madrid. Un viejito blancuzco y de alambre era el hombre, gallardamente sentado en una discreta mesa rinconera, rodeado por tres o cuatro bellísimas, espirituales, jovencísimas, risueñas mujeres, sin duda rendidas amantes de la poesía y admiradoras suyas. De lejos, pensé, no parecía gran cosa, materialmente hablando: solo un manojo de frágiles huesillos y una buena ración de nariz ovidiana. Visto un poco más en detalle, sin embargo, pese a su fealdad, agradaba de inmediato la evidente inteligencia que manaba de aquellos maliciosos ojillos suyos y el innegable sentimentalismo que predicaban... sus manos. ¡Con qué cariño, con qué dedicación y con qué abnegada entrega atendía don José, en efecto, pese a los achaques de la edad, a sus espirituales discípulas!

En cuanto a su catolicismo, ahí me las den todas, me he dicho yo siempre: una religiosidad tan sui generis como la del propio Bradomín, a quien la suya le servía de afrodisíaco. Don José era católico, sí, pero un tanto raro, de los pocos buenos. Un católico de izquierdas, rara avis. Un fidelísimo compañero de viaje, que es lo que importa, del pueblo y de las gentes de a pie. Como solía repetir él mismo con su característica retranca: “Yo, con los comunistas, hasta la muerte. ¡Pero ni un paso más allá!” Nada más justo y sensato, he creído yo siempre: solo hasta la muerte. Luego, cada cual por su lado.

Bergamín no era de esos tristes intelectuales al uso, tan estúpidos y cobardones, que al menor riesgo se repliegan en el acogedor refugio de sus adocenados, marfileños cacúmenes. Era un hombre militante, un “sedicioso” de la admirable estirpe de mi querido Alfonso Sastre. Un hombre tesoneramente comprometido siempre y hasta el fin con las causas intelectuales, morales y políticas en las que creía. Uno de esos auténticos disidentes tan raros acá en las Batuecas, cuya voz nunca pudieron acallar en vida, por más que se lo propusieron, los poderes dominantes.

Lo veremos otro día.

Bergamín II
30-05-2005

Franco y sus no menos analfabetos funcionarios ministeriales cometieron un muy regocijante y memorable error con don José Bergamín. Demostraron no saber con quién se jugaban los cuartos, es decir, no tener ni la menor idea de quién y cómo era realmente este enemigo jurado del fascismo.

En los años cincuenta se inicia por parte del régimen franquista una suerte de política de “recuperación”, o al menos de “tolerancia”, con respecto a aquella parte de la intelectualidad exiliada que, “desafecta” ayer, diese ya muestras de un sincero arrepentimiento y desease hacer de verdad borrón y cuenta nueva a fin de reintegrarse al solar patrio. No hay que olvidar que, además de los muchos asesinados, encarcelados y represaliados durante y después de la guerra civil del 36-39, el noventa por ciento aproximadamente de nuestros mejores intelectuales, artistas y científicos se habían visto obligados a exiliarse o trasterrarse, unos cuantos a la URSS y otros, la mayoría, a países latinoamericanos como México, Argentina, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay... Con el transcurso de los años, y pese a la pervivencia del franquismo, algunos de estos hombres y mujeres sintieron la lógica, acuciosa necesidad de volver a España, e hicieron todo tipo de gestiones encaminadas a tal fin. En respuesta, el fascismo, siempre enemigo de la cultura y desconfiado de la inteligencia, creó una especie de filtro o tamiz llamado “Comisión Dictaminadora de Exiliados Políticos”, encargado de estudiar cuidadosamente la ideología de cada quisque y garantizar así la irreprochable “pureza de intenciones” de aquellas sospechosísimas gentes.

Hubo entonces personalidades, como, por ejemplo, el alicantino Juan Gil-Albert, que pudieron venir y se quedaron, sumergidos ya para siempre en el llamado exilio interior, es decir, sin poder volver a abrir la boca más que para ingerir o estornudar, y sin poder publicar nada del menor interés en lo que les restaba de vida. Otros, como el gran Josep Carner, vinieron, conocieron la espantable dimensión de la mierda que les acogía, y se apresuraron a dar marcha atrás, reemprendiendo resignados el pedregoso camino del exilio. A uno de nuestros mayores poetas del siglo XX, Luis Cernuda, ni se le pasó siquiera por la cabeza la idea de acercarse por acá, pues el fascismo se la tenía jurada, no solo por rojo, por republicano y por masón, sino también por ser encima un asqueroso homosexual. “No nos interesa su poesía”, había dictaminado inequívocamente el influyente “progresista” gallego don Gonzalo Torrente Ballester en su celebrado manual intitulado Panorama de la literatura española contemporánea. Parecido fue el caso de Pau Casals, sin duda el mayor violonchelista del mundo en su momento, a quien el máximo responsable del asesinato de Lorca, o sea, el general Queipo de Llano, había amenazado públicamente con que, si caía en sus manos, “ordenaría que le cortaran los brazos a la altura de los codos”. Etc.

Tal era, por decirlo así, la prometedora “atmósfera” política que, luego de eludir con notable habilidad ciertas berreras burocráticas, vino a respirar a pleno pulmón a su Madrid natal el bueno de José Bergamín a finales de 1958, tras casi veinte años de ausencia. ¿Qué le aguardaba aquí a un hombre tan raro como este, que había dejado dicho negro sobre blanco en uno de sus poemas: “Volver no es volver atrás: / Yo no vuelvo atrás de nada”?

Empezaremos a verlo, si dios quiere, en un próximo capítulillo.

Bergamín III

31-05_2005

Para hacerse una idea primera acerca del genio, el carácter y la integridad de nuestro personaje, nada mejor que una pequeña anécdota.

Al poco de su vuelta a Madrid a fines del 58, Bergamín asiste a un pequeño akelarre de “intelectuales amigos” en casa del insigne académico don Dámaso Alonso. (Quizá también estuviese presente, entre otros, el poeta don Gerardo Diego. Recuérdese lo de Pablo Neruda en su Tercera Residencia: “los dámasos, los gerardos, los hijos de perra...”) Para demostrar sin duda su sano inconformismo político y su irreprochable independencia de criterios, los reunidos no paran de criticar a Franco con cierta acrimonia. Don José (Pepito) Bergamín permanece inmutable, callado en su rincón. En un momento dado, el propio Dámaso se dirige a él y requiere su opinión acerca del asunto que allí se ventila. La respuesta de nuestro hombre es inequívoca: “Yo nunca hablo mal del amo en presencia de los criados.”

Con tales modos intempestivos y esa lengua viperina suya, a nadie puede extrañar que el círculo de los amigos verdaderos del poeta, que en 1958 tiene 63 años, no estuviese precisamente superpoblado: lo componían su médico personal --el estupendo doctor José Luis Barros— y apenas dos o tres personas más.

“Existir es pensar, y pensar es comprometerse”, era uno de sus aforismos. Y comprometerse, en su caso, era ejercer su sagrado “ministerio literario”, como él lo llamaba, es decir: escribir lo que pensaba sobre lo que veía, denunciar sin pelos en la pluma todo lo denunciable, que no era ciertamente poco en aquella deprimente España. Pero ¿cómo escribir y publicar lo escrito, dada la feroz censura que amordazaba a los medios? Sus puntos de vista sobre el país y el régimen franquista quedaban perfectamente reflejados en los virulentos artículos que le publicaba periódicamente “El Nacional”, de Caracas. Pero eso, como se comprende, era muy poco satisfactorio para don José, que necesitaba comunicarse con sus connacionales, ser leído en España.

Una de las grandes aficiones de Bergamín (que su amigo Alfonso Sastre nunca pudo entender) eran los toros. “La música callada del toreo” es el bello título de uno de sus libros en prosa. Pues bien, a principios de 1961, pudo el poeta pronunciar una conferencia sobre tauromaquia en la peña llamada “Los de José y Juan”. Y como, por lo visto, los toros pasaban mismamente por El Pardo, aprovechó la ocasión para agarrar al bicho por los cuernos y soltar ciertas verdades que tenía muy dentro desde hacía rato.

A los esbirros de la Brigada Político-Social presentes de incógnito en el acto no se les escapó seguramente la riqueza semántica de ciertos pasajes del parlamento bergaminiano:

“Pues ¿cómo se mata ese toro? Empezando por torearlo bien. Y ésta es la cuestión: torear y torear bien. Cuestión viva, cuestión palpitante de vida, de sangre, de verdad... Cuestión por la que pudiésemos no solo saber cómo van las cosas en el toreo, sino en este “Ruedo ibérico” –que dijo Valle-Inclán— que es España... Pero me inquieta –en el toreo como en la vida histórica de España— ver al torero, al español, echar el cuerpo atrás, dejando caer los brazos con desmayo, dormirse en la suerte (en su suerte, buena o mala): entregarse por completo, ciegamente, a un destino mortal, sin querer torearlo para dominarlo o burlarlo siquiera...”, etc., etc.

Don José fue citado para que compareciera de inmediato en la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol de Madrid, donde le aguardaba rechinando los dientes (postizos) el mismísimo jefe máximo de la entidad, don Carlos Arias Navarro...

(Seguirá, dios mediante.)

 

Bergamín IV
01-06-2005


El Carnicero de Málaga, así era conocido entre los demócratas Carlos Arias Navarro, Director General de Seguridad por entonces. El mote se debía a los centenares de republicanos y antifascistas ejecutados por orden suya tras la guerra en aquella ciudad andaluza. Era el mismo personaje de ojillos y orejas de rata que catorce años después aparecería lloriqueando en las pantallas de la tele para anunciar el irreparable óbito del invicto Caudillo.

El importante sujeto aquel acogió en su despacho a Bergamín con muy malos modos. “Por lo visto –le dijo en un momento dado, alzando la voz--, ha venido usted a España a destilar todo el pus recogido en el exilio.” Ante cuya soecia el escritor madrileño se levantó de la silla, dispuesto a marcharse. “¡Siéntese usted, que aún no he terminado!”, ordenó a gritos la ratonil bestia orejuda de dos patas. A lo cual don José replicó: “Pero yo sí que he terminado. Si va usted a detenerme, hágalo ya. Si no, me voy a casa.” Y según abría la puerta el poeta para largarse del ominoso despacho, Arias Navarro le espetó: “Y ahora, atrévase usted a responderme en El Nacional.” Así que, dos o tres días después, como obediente cristiano que era, Bergamín se atrevió en efecto a responderle, publicando en el diario caraqueño un interesante artículo titulado “El botarate”, en el que ponía garbosamente en su sitio al sanguinario fantoche.

Entre unas cosas y otras, el Régimen empezaba ya a enfadarse muy seriamente con aquel “esqueleto” lenguaraz. Debido sobre todo a sus colaboraciones en el diario venezolano (140 artículos publicó allí en tres años), pronto fue convocado de nuevo y amonestado por el mismísimo señor Ministro de la Gobernación, o Interior, el tristemente célebre don Camilo (Camulo) Alonso Vega, que le advirtió de que las cosas no podían seguir así. Por su parte, un día sí y otro también, la prensa madrileña a la órdenes del Gobierno, o sea, toda la prensa madrileña, empezando por el “influyente” diario ABC, arremetía con saña contra el díscolo. “Contestación a Pepito Bergamín”, titulaban los Luca de Tena un artículo acerca del “ex conocido escritor” (sic!), llamándole de todo menos bonito. Como es natural, el así llamado Ministerio de Información y Turismo, regido entonces por un tal don Manuel Fraga Iribarne, contribuyó también a echar su brazadita de leña al fuego antibergaminiano editando decenas de miles de ejemplares de un panfleto anónimo que, además de un texto mentiroso y desvergonzado contra Bergamín, incluía una antigua y espantable foto del escritor saludando puño en alto (¡horror!) codo a codo, o puño a puño, con la diabólica Dolores Ibárruri, también llamada Pasionaria (¡furor!).

Unos días después de la conferencia politicotauromáquica ya citada, hallándose don José de viaje en París invitado por su amigo André Malraux, se presentan los de la Brigada Político Social a las dos de la madrugada en su casa madrileña, con orden de detenerle. Es un “sutil aviso” del que se entera todo el vecindario. Una forma refinadamente franquista de hacer saber al escritor que más le valía no regresar al país, pues le esperaba la trena. Como es natural, don José no hizo ni el menor caso de esa señal de humo, y volvió a Madrid a los pocos días. Las autoridades optaron por dejarle en paz, evitando de momento el escándalo de su detención.

Sería muy largo hablar de los muchos y variados motivos de disgusto que siguió proporcionando a la dictadura el combativo autor, siempre comprometido con su “ministerio literario de hallar la verdad y decirla". Poco a poco, sin embargo, con el paso del tiempo, y dado el relativo silencio de don José (que, aunque todos los días seguía indignándose con el criminal Régimen de España, estaba obligado a poner el grito en el cielo de Venezuela), la campaña de la prensa fue amainando, ya que tampoco se trataba de proporcionar publicidad gratuita al peligroso personaje.

Hasta que, de pronto, a principios del mes de octubre de 1963, los acontecimientos se precipitan, y estalla de verdad, como suele decirse, la de Dios es Cristo.

Lo veremos próximamente.

Bergamín V

04-06-2005

El ano 1963, con Camilo Alonso Vega y Manuel Fraga Iribarne como ministros clave del gobierno, fue sin duda uno de los más sanguinarios del franquismo. Hacía tiempo que el régimen no mostraba tan a las claras ante la nación y ante el mundo su auténtico rostro criminal, la descarnada brutalidad de su esencia fascista.

El comunista Julián Grimau, detenido unos meses antes, fue arrojado por una ventana de la Dirección General de Seguridad. Se trataba de ocultar así las horribles torturas a que había sido sometido para que confesase unos hechos imaginarios por él supuestamente protagonizados veintisiete anos antes. Grimau sobrevivió a la defenestración, aunque resultó gravísimamente herido. Desde Interior, Fraga Iribarne montó mientras tanto contra él una intensa campana propagandística de delirantes calumnias a fin de preparar el “clima” adecuado para su ejecución. Siguiendo como siempre las órdenes del gobierno, la Audiencia Nacional, denominada entonces Tribunal de Orden Público, sentenció a muerte al reo. En consejo de ministros celebrado el 19 de abril, el dictador, respaldado por todos los reunidos --excepto Castiella, que temía por lo visto la repercusión internacional del hecho--, firma la pena de muerte, y Grimau es fusilado al día siguiente. Muy poco después, y para “dispersar la atención” de los observadores, son igualmente eliminados, pero mediante garrote vil, los jóvenes anarquistas Joaquín Delgado y Francisco Granado tras un rápido juicio/farsa en el que nada pudo probarse contra ellos.

A todo esto, en las cuencas mineras asturianas cobra fuerza y se extiende día a día un movimiento huelguístico sobre el que enseguida se abatirá una represión policiaca tan feroz que a muchos les trae a la memoria la barbarie desencadenada en esa misma región por el mismo Franco en el ano 34.

Cabe imaginar la tremenda conmoción producida por tales hechos entre los sectores más lúcidos de la opinión pública y de la intelectualidad espanola. En concreto, José Bergamín, embargado por el horror y la indignación ante aquella inacabable barbarie, la critica vigorosamente donde puede, es decir, en primer lugar, en la prensa venezolana. Sin embargo, en cuanto a las brutalidades cometidas en Asturias, pronto se le brindaría a nuestro poeta un medio mucho más efectivo para la denuncia de los verdugos fascistas.

A iniciativa del PCE, Alfonso Sastre y otros companeros habían redactado una carta de protesta dirigida a Fraga Iribarne, la cual, en breves días, logró el respaldo y la firma de 102 intelectuales y artistas. Que aquel texto (suaviter in modo, fortiter in re) llegase a publicarse en las páginas del periódico “sindicalista” madrileno “Pueblo” cabe atribuirlo sin duda a la importancia y el prestigio de la mayor parte de las personalidades que lo respaldaban, entre ellas, naturalmente, José Bergamín, cuya firma aparecía por delante de todas las demás.

No estoy seguro de que la asunción por parte del “Esqueleto” de ese concreto puesto de vanguardia en el “pelotón de las rúbricas” pueda esgrimirse nunca precisamente como una muestra de su prudencia política. Quizá ese innecesario ímpetu debelador suyo facilitó a Fraga y a sus peones la sucia tarea de arrojar al poeta a su segundo exilio.

En el próximo post veremos lo que decía la carta de los 102, y las primeras consecuencias que tuvo para nuestro incorregible héroe.

Bergamín VI

06-06-2005

Resumida, la Carta de los 102 a Fraga Iribarne decía lo siguiente.

Según el testimonio de varios corresponsales, a los firmantes les han llegado noticias de los siguientes hechos:

1.El minero Rafael González, de 36 anos, ha resultado muerto el 3 de septiembre a consecuencia de los malos tratos recibidos en la Inspección de Policía de Sama de Langreo. Los responsables son el capitán de la Guardia Civil Fernando Caro, que suele vestir ropa deportiva durante los interrogatorios, y el cabo Pérez, luego ascendido a sargento. 2. En el mismo día y lugar es castrado el minero Silvino Zapico. A su esposa le cortan el pelo al cero. 3. También en Sama, en el barrio de Lada, al minero Vicente Bargana le queman los testículos. 4. En el Fondón, el tal Pérez, cabo y luego sargento, amarra y maltrata a un minero vigilante llamado Alfonso Zapico en presencia de la esposa de éste. A la mujer, que intenta impedir aquello, Pérez la golpea y le corta luego el pelo a la vista del marido. El cuerpo de Alfonso es abandonado en el exterior y recogido por un companero, Senén, que lo traslada a su casa en Lada. El médico que atiende a Alfonso dice que “no hay por dónde empezar”, tantas son las lesiones que presenta su cuerpo: fractura de pómulo, boca reventada, etc. Es hospitalizado. 5. Los mineros Jerónimo Fernández y Jesús Ramos, actualmente en la cárcel de Carabanchel (Madrid), fueron objeto de malos tratos. 6. Everardo Castra sufre desequilibrio mental como consecuencia de las torturas, y está internado en el manicomio “La Cadellada”. 7. Constantina Pérez (Tina) y Anita Brana, son maltratadas y se les corta el pelo al cero. 8. Juan Alberdi, de Lada, y otro minero apodado “Chocolatina” son obligados a pelearse entre sí y golpeados luego brutalmente en la Inspección de Sama. El capitán Caro comenta al verlos: “?Qué burros sois! ?Cómo os habéis puesto!” 9. Una mujer embarazada cuyo nombre se desconoce es golpeada en el vientre, y el capitán Caro dice: “?Un comunista menos!”

El escrito acababa “rogando a V. E. interese de las autoridades competentes una investigación”, etc.

El ministro franquista de Información y Turismo respondió con un larguísimo escrito, dirigido personalmente a Bergamín, en el que niega todos los hechos excepto el corte de pelo de Tina Pérez y Anita Brana, que justifica hablando irónicamente de “las sistemáticas provocaciones de estas damas a la fuerza pública”. Buena parte de la carta está dedicada a poner a caldo al propio don José, sacando a relucir su "turbio pasado" republicano. Ambos textos, el de los 102 y el de Fraga, aparecen publicados el día 12 de octubre en el semanario “El Espanol”, órgano oficioso del ministerio.

Lo que no se publica, sin embargo, es la relación completa de las firmas de los 102. En “El Espanol” solo figuran: Bergamín, V. Aleixandre, P. Laín Entralgo, V. A. Álvarez, J. L. Aranguren, G. Celaya, A. Buero Vallejo, A. Sastre, C. Barral, Juan y José Agustín Goytisolo, J. MS Moreno Galván, Paco Rabal y F. Fernán-Gómez. A lo que se anade: “... y otros muchos (hasta 120 [sic]), que en su mayoría son desconocidos. Hasta tal punto, que ni en la SGAE ni en la Dirección General de Cinematografía y Teatro (...) han podido dar datos.” Y más adelante: “Esto muestra hasta qué punto los firmantes no pueden representar en modo alguno ni el criterio ni la actitud de los más calificados grupos de intelectuales espanoles. Hace el efecto de que muchos firmantes (...) lo que buscan precisamente es salir de su anonimato cultural e intelectual...”

Como se ve, estamos otra vez ante el viejo disco rayado de la propaganda franquista. Por un lado, no solo no se investigan los hechos denunciados, sino que se niega que se hayan producido. Por otro, recurriendo a la falsificación y la mentira, la denuncia se vuelve contra los propios denunciadores, a los que se acusa, caso del maligno Bergamín, de un pasado delictivo, y, en general, de ser solo cuatro gatos que, para hacer más bulto, han tenido que echar mano de una infinidad de completos “desconocidos”, de falsos intelectuales. Se trata, pues, be por ce, del procedimiento seguido en su momento para, por un lado, justificar el "alzamiento" fascista del 36, rechazando que fuese una rebelión militar (Julián Grimau fue fusilado ?como culpable de "rebelión" en el 36!) y para negar, por otro, con toda desvergüenza el apoyo dado a la República espanola por la mayor y mejor parte de la intelectualidad mundial. La propaganda del fascio, sus historietistas, los piosmoas de la época, aseguraban que aquellas personalidades eran cuatro gatos, y además cuatro gatos que, o bien cambiaron de opinión al darse cuenta de que habían sido “enganados y manejados” por los comunistas, o bien eran unos gatos políticamente muy turbios y sospechosos, con un pasado criminal, inconfesable, etc.

Veremos hasta qué punto eran "desconocidos" y trataban solo de salir de su "anonimato" aquellos otros firmantes contra la tortura en Asturias no citados en el periódico de Fraga Iribarne.

Bergamín VII

06-06-2005

Algunos de los firmantes “desconocidos” según el ministro de Información, algunos de los que solo denunciaban las torturas fascistas con la pretensión de “salir de su anonimato”, eran:

José Mª Castellet, A. y F. Fernández Santos, Ángela Figuera Aymerich, J. García Hortelano, Ángel González, Luis Goytisolo, Antonio Ferres, Carlos Muñiz, Juan Marsé, Ángel Crespo, J. López Pacheco, J. M. Caballero Bonald, Daniel Sueiro, Juan Eduardo Zúñiga, Alfonso Grosso, Manuel Millares, Oriol Bohigas, María A. Capmany, Jaime Gil de Biedma, Lauro Olmo, Leopoldo de Luis, Ángel Mª de Lera, Ignacio Aldecoa, Salvador Espriu, Manuel Sacristán, Josep Fontana, F. Chueca Goitia, etc., etc. ¿No es verdaderamente raro que en el Ministerio de Información y Turismo no estuvieran “informados” de la existencia de esos “turistas”? ¡Pero si, p. ej., el último de los citados era el director del mismísimo Museo de Arte Contemporáneo! Dios nos asista...

En fin, no merece la pena pretender siquiera enfatizar la desvergüenza del tal Fraga Iribarne y sus compinches ministeriales. Aunque en este caso llevaran demasiado lejos su inveterada costumbre, o vicio, de mentir y mentir sin tasa, prudencia ni medida, y a la mayor gloria de Su Excelencia el Generalísimo de tierras, mares y aires, por la g. de Dios.

Como es natural, la prensa “no oficial” aprovechó enseguida alegremente esta prometedora apertura de la veda de “caza de rojos en su modalidad intelectual” decretada por la autoridad competente. Los miserables juntaletras a sueldo del régimen ni siquiera tuvieron que exprimirse la mollera para por encontrar los motivos o bases argumentales para la justa diatriba y el acertado despotrique contra esos insolentes y vocingleros izquierdosos, tan disconformes con la tortura y las otras esencias de la España eterna, ya que don Manuel les había dado el pie y las líneas maestras a seguir. Ciñéndose a esas pautas, dos cosas resultaban indispensables: era preciso abatir ante todo a la peligrosa pieza de avanzada, el superrojo Bergamín, y había que evitar todo gasto inútil de pólvora en salvas: los disparos debían ir directos al corazón del bicho.

Abrió el fuego y la temporada cinegética, cómo no, el veterano “ABC” (16 de octubre) con un editorial en el que se preguntaba: “Pero, ¿quiénes son estos? (...) En su inmensa mayoría se trata de personas posiblemente sapientísimas, pero prácticamente desconocidas, etc.” Y luego pasaba a escabechar directamente al poeta madrileño. Con respecto a la cuestión principal, que eran las torturas en Asturias, ni una sola palabra, desde luego. Dos días después, el diario “Jornada”, exhibiendo sin ningún pudor una prosa francamente sonrojante, decía: “La catalogación de intelectuales a ese conjunto de un centenar de firmantes resulta pintoresca. (...) Figuran entre las firmas un número abrumador de nombres casi innominados, de figurillas de las letras a los que nadie conoce, por lo tanto hace el mínimo caso.” Luego volvió a la carga otra vez “El Español”, con un escrito en el que el director, Ángel Ruiz Ayúcar, dividía a los 102 firmantes en tres grupos: los hipócritas, los arribistas y los tontos. A nadie sorprendió que el hipócrita máximo, o hipócrita en jefe, resultase ser el mismísimo don José Bergamín, a quien se ponía a continuación cual no digan dueñas, o sea, de chupa de dómine. En seguida le tocó el turno a un conocido órgano periódico de la intelligentsia nacionalcatólica llamado “La Estafeta Literaria”, que en una cosa titulada “Bergaminismo”, y antes de entrar al enteco cuerpo de nuestro héroe, negaba en redondo que los firmantes protestones pudieran ser considerados ni mucho menos como intelectuales. Entre otras sesudas cosas, el autor del libelo se preguntaba ingeniosísimamente: “¿Ha apasionado la Pasionaria a don José Bergamín?” En fin, el siempre fino humor franquista...

El día 25 de octubre se inicia expediente contra los 102 firmantes del documento “por delito de difusión de noticias falsas o tendenciosas”. El Tribunal especial nº 13 de los de Madrid enfoca el asunto ¡como “propaganda clandestina”!

La cosa se ponía ya, pues, al rojo vivo.

 

Bergamín VIII
09-06-2005

A partir de finales de octubre de 1963, los acontecimientos se precipitan. Tras el inicio del expediente judicial de los 102, los ataques contra José Bergamín adquieren ya en toda la prensa un carácter abiertamente provocador, estilo Lynch.

Ángel Ruiz Ayúcar, p. ej., el jefe de los paniaguados a las ódenes de Fraga Iribarne en “El Español”, publica todas las semanas auténticas soflamas antibergaminianas, pidiendo ya sin ambages la cabeza del poeta. En la fabricación de un “turbio pasado” para nuestro héroe, la mentiras y las falsificaciones históricas alcanzan cotas que solo serían superadas años después por sinvergüenzas de la talla de don Ricardo de la Cierva, don Pío Moa y consortes.

Así, por ejemplo, hablando del Congreso Internacional de Escritores de 1937, y antes de entrar a “desenmascarar” el “siniestro” papel desempeñado allí por don José, el tal Ruiz Ayúcar vuelve a recurrir al estúpido y sobado truco de asegurar que, de manera semejante a lo ocurrido con la carta de los 102, los asistentes a aquel foro de apoyo a la República, “no solo eran pocos, sino que eran además gentes de ínfima categoría intelectual”. Aparte de Ludwig Renn, el currinche franquista cita burlonamente en apoyo de su tesis a Belts (?), Fadiev (?), Marjvtsa (??) y otros dos o tres enigmáticos y mal escritos nombres por el estilo. Pero se deja distraidamente y como por casualidad en el tintero otras “insignificancias” tales como Alexei Tolstoi, Stephen Spender, Nicolás Guillén, César Vallejo, André Malraux, Tristan Tzara, Louis Aragon, Julien Benda, Octavio Paz, Pablo Neruda, etc., etc.

¡Uno de los fundadores, este Ruiz Ayúcar, como se ve, de la más genuina historietografía filofranquista de hoy día!

En este enrarecido y sectario clima de “opinión publicada”, el escritor y sus hijos tienen que soportar además en su domicilio constantes llamadas telefónicas anónimas, unas cinco o seis diarias, de ciertos energúmenos del fascio que les regalan los oídos con groseros insultos y amenazas de muerte. Por lo visto, el ministerio de Información y Turismo no tenía otra cosa que hacer más que intentar aterrorizar por todos los medios disponibles a este rojo irredento, que encima se pretendía católico. Pero lo cierto es que don José, como los buenos toreros a los que tanto admiraba, y según todos los testimonios disponibles, se arrugó muy poco ante esas embestidas de los cornúpetas del régimen, y no ocultaba su más sentido desprecio por todos aquellos miserables mercenarios y por el criminal gobierno que les pagaba. La familia y los amigos del poeta, más prudentes, sí estaban en cambio muy seriamente preocupados por él, y temían ya incluso por su vida. Así que, cuando es citado para que comparezca ante el tribunal el día 15 de noviembre, don José, aconsejado por Salvador López de la Torre, hombre que está muy al tanto de lo que se cuece en "las alturas" del régimen, acaba refugiándose en la embajada uruguaya.

Pocos días después, sin documentación ni pasaporte, y gracias al apoyo del embajador uruguayo, el Esqueleto (que ahora se autodenomina también el Fantasma, pues es un “sin papeles” por voluntad de la dictadura) parte en avión hacia Montevideo, desde donde muy pronto podrá trasladarse a París, gracias a las gestiones de su viejo amigo el ministro gaullista André Malraux.

Este su segundo, amarguísimo exilio, se prolongaría durante siete largos años, justo el tiempo en el que permaneció como jefe en Información y Turismo su irreconciliable enemigo, el conocido demócrata don Manuel Fraga Iribarne, uno de los ponentes y padres fundadores de nuestra no menos democrática y muy borbónica Constitución de 1978.

Bergamín IX
14-06-2005


Solo en 1970 –tras ser destituido Manuel Fraga Iribarne de su puesto como ministro de Información y Turismo, y pasar a dirigir la empresa de cervezas “El Águila”-- permiten finalmente los dueños de España que Bergamín pueda volver a sentir bajo sus huesudos pies el suelo de la ciudad que le vio nacer.

Tiene ya entonces el poeta setenta y cinco años y, si aún vive, según sus propias palabras, es “porque no tiene dónde caerse muerto”. Su precaria estancia de seis años en París como un “sin papeles” más, como un auténtico “fantasma”, solo ha sido posible por su amistad con André Malraux. A pesar de su indocumentación, en 1966 a nuestro poeta se le concede incluso la llamada Legión de Honor en grado de Commandeur des Arts et des Lettres, distinción que, antes de él, solo había sido concedida a otros dos españoles, ambos amigos suyos: Luis Buñuel y Pablo Picasso.

Por cierto, que, dada la conocida condición librepensadora y fantasmática de Pepito, a Buñuel se le ocurrió darle un pequeño papel –de jesuita, fusilado junto a Torrijos— en la película titulada “Los fantasmas de la libertad”. Según contó luego el doctor Barros, el poeta estuvo encantado durante el rodaje de aquella parte del film, sobre todo --dado el carácter tan sentimental que tenía-- “cuando caía en manos de las maquilladoras”, que al parecer eran bellísimas. Por lo demás, según comentaría años más tarde el propio Bergamín, la de la película “no fue una muerte desagradable, lo aceptaba como un ensayo general de lo que podía pasar al volver a España”.

Don José vivió dos años después en París con mucha intensidad y emoción revolucionaria las célebres jornadas de Mayo del 68. Participó en la grande y accidentada manifestación del día 13, y estuvo en las barricadas estudiantiles, aunque no hay constancia de que llegase a lanzar ningún adoquín o pavé contra las fuerzas del orden burgués. Junto a él, en la barricada, cayó herido el hermano de su gran amiga la actriz Claudine Augier. “Hubo mucha efusión de sangre juvenil en aquella maravillosa y temeraria revolución”, escribiría años después en la revista “Historia 16”. Revolución en la que, por cierto, los comunistas franceses no fue precisamente de gloria de lo que se cubrieron. “Los comunistas –decía el poeta en aquel artículo— habían decidido “tomar el tren en marcha”, no por la cola sino por la cabeza. (...) [Pero], una vez en la locomotora, no solo pararon el tren, sino que (...) lo encerraron en la vía muerta de las reivindicaciones salariales.” A nadie pudo extrañar, por tanto, que la dirección del PCF proclamase poco después, junto a Carrillo y los italianos, que lo suyo era en realidad una cosa muy picante y novedosa llamada “eurocomunismo”. O sea: la conciliación de clases.

En vísperas ya de su regreso a España, el Esqueleto no cesa de denunciar donde puede los desmanes del franquismo. Con ocasión del proceso judicial abierto en Madrid contra Fernando Arrabal, don José escribe: “...aun conociendo por experiencia propia el ambiente social y político de España, tanta bajeza, tanta cobardía, tanta estupidez concentrada para injuriar, perseguir, maltratar a un escritor indefenso (...) supera todo lo por mí experimentado allá y, desde fuera, imaginable. (...) Desde hace treinta años, la delación –que es la más repulsiva ignominia que vienen padeciendo los españoles— no solo se tolera, sino que se promueve y exalta por el régimen policiaco español como una virtud ciudadana.

Bergamín X
18/06/2005


De vuelta a Madrid en 1970, Bergamín vivió al principio muy aislado y humanamente desasistido. “Yo me encuentro tan solo, tan perdido, / ignorado, aburrido, / oscuro y errabundo, / y tan desconocido, / que siento, dolorido, / que una incógnita más no importa al mundo...”

Poco a poco, sin embargo, se va poblando su entorno. Sobre todo, de un variopinto, floridísimo, personal femenino: Carmina Abril, Beatriz Cort, Isabel Bonet, Marisa Torrente, Curra Solórzano, Aurora de Albornoz... Dado el carácter --y las debilidades-- del poeta, predomina siempre, entre sus más incondicionales amigas y admiradoras, el elemento joven y adolescente, las estudiantes quinceañeras, comprensiblemente fascinadas por este --aunque feo, católico y viejo-- tan sentimental, inteligentísimo y plebeyo Bradomín madrileño, siempre tierno, solícito y ocurrente con el llamado sexo débil. Además de generoso: no había chiquilla que no se llevase cada vez bajo el brazo algún libro regalado y firmado por don José.

Desde el bajo punto de vista crematístico y monetario, y aunque Pepito –solo había que verle-- fuese hombre de poco comer y de apenas beber, su situación en los últimos años de vida no puede decirse propiamente que fuese del todo halagüeña. “Mis dificultades económicas –como él mismo explicaba-- siempre fueron grandes a partir de la guerra, cuando dejé de ser burgués.” Y así, verbi gratia, en el año 72, no solo por haber dejado de ser burgués, sino quizás también por falta de pago de los recibos, la honorable Compañía llegaría a cortarle incluso la comunicación telefónica. Menos mal que, según dicen, Dios aprieta, pero no mucho a los suyos. De modo que, en un rasgo de aparente generosidad, uno de los plumíferos más connotados del franquismo, don Emilio Romero, llegó a ofrecerle la posibilidad de escribir en el periódico “sindicalista” que él dirigía, el “Pueblo”. Como es natural, nuestro héroe rechazó desdeñosamente la gentil oferta de ese paniaguado del régimen fascista. Antes pobre y muerto de hambre, se dijo, que vendido al enemigo. Por último, en 1974, gracias a las gestiones hechas por su amigo el doctor Barros y otros conocidos suyos, se le abren las puertas del semanario “Sábado Gráfico”, políticamente situado en una muy tibia oposición –única tolerada entonces-- a la dictadura. En esa publicación, hasta abril del 78, llegarían a aparecer ciento veinte artículos bergaminianos de todo tipo: historia, toros, religión, literatura, música, pintura..., y unos ochenta más de tema político, y de enfoque rigurosamente antifranquista, antimonárquico y prorrepublicano.

Es imposible reseñar aquí, ni siquiera sumariamente, toda esa rica producción bergamasca, o bergaminiana. A los interesados en conocer más de cerca estos preciosos textos, habría que remitirles a compendios tales como “Cristal del tiempo” -- precaria y descuidada colección preparada por el, sin embargo, muy competente Gonzalo Santonja-- y “El pensamiento de un esqueleto”, antología en tres volúmenes editada en Málaga por Gonzalo Penalva Candela, biógrafo de nuestro autor.

Telegráficamente, yo consignaré solo unos pocos datos. En agosto del 74, cuando al ya bastante putrefacto sapo iscariote y ladrón lo internan en una clínica, Bergamín, inspirándose en unos admirables versos de Rubén Darío, publica un artículo titulado “Comienzan su obra los gusanos”. Poco después, dado de alta el aludido sapo, aparece en “Sábado Gráfico” el escrito “Si amanece, nos vamos...”, en el que se lee: “Pero los fantasmas se van siempre para volver; para poder volver. (...) Los fantasmas son, por definición ibseniana, “los que vuelven”: los que tienen como naturaleza sobrenatural la necesidad ineludible de volver. (...) Son fantasmas de odio: en su ilusoria aparición no hay promesa de vida, sino mensaje de condenación y de muertes...”

¡Aciaga premonición, certera como tantas otras suyas, don José!

Bergamín, XI

03/07/2004

 

Cuando el 19/20 de noviembre de 1975 --tras darse el gustazo un mes antes de añadir a su riquísima colección de cadáveres los de otros cinco “rojos”--, estiró al fin su flebítica pata aquel putrefacto sapo iscariote y ladrón llamado Su Excelencia el Generalísimo don Francisco Franco Bahamonde, todos los españoles y españolas de bien nos alegramos, como es natural, muchísimo, y rompimos nuestras huchas para comprar champán. (En mi caso fueron botellitas “Benjamín”.) Tampoco es difícil de entender la enorme satisfacción que experimentó así mismo en tan feliz ocasión nuestro feo, católico y sentimental Esqueleto, que para entonces ya acumulaba en sus frágiles huesillos 80 bien aprovechadas y combativas primaveras. De modo que, sobreponiéndose a los achaques o alifafes propios de la edad, empuñó don Pepito la péñola (o desenfundó quizá la Remington) y pergeñó el siguiente sentido soneto:

Murió Almanzor y no murió el espanto
que causara su muerte a España entera.
(Porque nadie creyó que se muriera
sino que se dormía como un santo.)

¡Ay! Antes de morir lloraba tanto,
y de tan cocodrílica manera,
que parecía que borrar quisiera
tanta sangre vertida con su llanto.

Redoblaron tambores por un muerto
tan inmortal, que hasta la gusanera
devoradora de su cuerpo yerto

llegó a creerse que también lo era.
Y que continuaría su memoria
más allá de la muerte y de la historia.


Pasadas las euforias del momento, pronto comprende Bergamín lo poco que significaba sin embargo, políticamente considerado, aquél fausto deceso, pues era verdad que el sapo había dejado su brutal régimen añudado y muy bien añudado. De modo que nuestro héroe reorienta ahora sus dardos verbales contra “el franquismo sin Franco”, es decir, contra la monarquía juancarlista y sus lacayos y obedientes de toda laya. En opinión de don José, lo mejor que se puede hacer con el árbol caído es leña: “leña para quemar con ella sus despojos secos y muertos: leña para echar al fuego, purificador con sus mortales restos...”

El artículo que vehicula esta prudente opinión bergaminiana es publicado a principios del 76 en “Sábado Gráfico”. El número de la revista es de inmediato secuestrado por orden del entonces jefe de Gobierno, Arias Navarro (recuérdese quién era: el bestial “Carnicero de Málaga”), y nuestro autor es sometido a proceso judicial, por disolvente y por subversivo. Pero el caso resulta enseguida sobreseído, de modo que don José publica sin pérdida de tiempo otro “sonado” escrito titulado “Lo que sea sonará”, y varios más a continuación, todos los cuales prueban que en modo alguno ha acabado de arrepentirse de sus incorrectos puntos de vista acerca de la situación política reinante.

Sus dianas semanales predilectas son casi siempre dos: la arbitraria monarquía franquista que nos ha sido impuesta a los españoles, y los partidos y fuerzas “de oposición” que respaldan esa desvergonzada “transición” hacia más de lo mismo que ya teníamos. Así, a la llamada por Santiago Carrillo “reconciliación nacional”, Bergamín la denomina “contubernio patriótico”, y añade: “Pero también es lógico y consecuente y natural que un comunismo surrealista, acaramelante y pasteleante, legalizado en servicio de S. M., condene y expulse de su legalidad la simbólica bandera tricolor republicana. ¡Menuda broma!”

Y es que, como dice nuestro Fantasma en una cuarteta de septiembre del 77: Porque nos están contando / cuentos de nunca acabar. / O de acabar de tal modo / que será acabar con todo...

Bergamín, XII

09/07/2004

”Las cosas claras y el chocolate espeso”, dice un disparatado refrán. El chocolate “a la española”, por supuesto. Como la democracia que proponía para España el borbónicamente puntapieteado Marqués de Arias (democracia borbónica y, por consiguiente, contradictoria en sus propios términos definidores). Una democracia que es la que se nos dice que ha logrado la “razón social”: Suárez, González, Carrillo y Compañía; titulares estos, al parecer, de una empresa comercial funeraria. Una continuada y continuante “democracia orgánica”, desorganizadora de sí misma: o sea, reformista; aunque siempre españolamente espesa y turbia por chocolatada e indigesta democracia mortal. La “democracia de los muertos”, como hubieran dicho Quevedo o Chesterton, con su negro humor. Peor todavía: porque esta democracia tan “a la española”, por achocolatada y babosa, más que de los muertos nos está pareciendo la “democracia de los gusanos”: de sus gusanos devoradores del cadáver en putrefacción del franquismo...

En un memorable artículo, hablaba Alfonso Sastre del “espantoso método de las generaciones”, elaborado bajo el pontificado del maestro Ortega y Gasset. Un método fabricado, decía Sastre, para ocultar la lucha de clases, y desde el que, efectivamente, no se ve la lucha de clases. En la jerga que corresponde a tal método, ha sido habitual hablar siempre de no se sabe qué “contrastes generacionales entre espíritus jóvenes y viejos”. Pero es lo cierto que, por su forma de sentir, de pensar y de actuar, hay y siempre ha habido jóvenes viejos y viejos jóvenes. Jóvenes que piensan, sienten y se conservan o conforman como viejos, y que por tanto son viejos, y viejos que, pese a los años que acumulan en sus entrañas, insurgiéndose incluso contra esa implacable gravitación temporal, siempre piensan, sienten y se rebelan de una manera verdaderamente juvenil e indomeñable contra todo lo sucio y lo feo de su entorno social, contra todas las arbitrariedades, engañifas e injusticias del orden instituido.

A don José Bergamín, antes de Franco, con Franco y después de Franco, nunca pudo encasillársele en ninguna de esas falsarias “generaciones” orteguianas: fue joven de joven y fue joven de viejo, siempre disconforme con lo establecido y siempre fiel a sus peculiares ideas de “católico comunista” hasta el último suspiro. De hecho, lo más destacable en nuestro viejo/joven Esqueleto fue más bien su progresiva firmeza, la creciente radicalidad de sus posicionamientos políticos con el correr de los años. Fiel a su querido maestro Unamuno, el Esqueleto o Fantasma estuvo como don Miguel despotricando siempre, razonada y apasionadamente, “contra esto y aquello”. Lo cual, desde luego, no puede decirse que contribuyera precisamente a su bienestar material, ni que incrementase el ya de por sí reducido círculo de sus amistades, ni en la derecha ni la izquierda reformista.

En la última semana de enero del 78, publica don José en “Sábado Gráfico” un artículo titulado “La confusión reinante”. En ese escrito dice que en España reina una “confusión única y total, totalitaria, heredera legítima de su antecesora”. Critica una vez más a “aquel jocoso presidente (Arias Navarro) puntapieteado muy borbónicamente por su Rey”, y acaba refiriéndose a Carrillo, Fraga, González y Suárez como “los cuatro puntales, que no pasan de sumisos traspuntes o apuntadores de una presunta monarquía que antes de constituirse y legitimarse a sí misma ya empieza a cojear y hasta apunta de qué pie cojea.”

Como consecuencia de la consiguiente denuncia del Ministerio Fiscal del Reino, Bergamín y el editor de la revista, Eugenio Suárez, son de nuevo convocados a declarar ante el Juzgado de Instrucción nº 5. Para nuestro autor, estos tropezones con la teledirigida Justicia borbónica son gajes naturales del oficio, a los que no presta mayor atención. El jefe Eugenio Suárez, en cambio, considera que ha llegado el momento de desembarazarse de una vez por todas de aquel incómodo colaborador periodístico que tantos quebrantos económicos y quebraderos de cabeza le está ocasionando.

Pepito es, por tanto, puntapieteado a su vez de “Sábado Gráfico” por el señor Suárez, no don Adolfo, sino don Eugenio, como el propio Fantasma recordaría sin perder el humor algunos años después...

 


Publicado por Lemuel en el foro: http://boards1.melodysoft.com/app?ID=FilosofiaIRC

 

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