Autor: Lemuel
2666
(16/07/2006)
Este es el título de la monumental novela póstuma del chileno-mexicano-español Roberto Bolaño, muerto hace ahora tres años, a los cincuenta de su edad. Me pregunté en su momento qué significaría ese misterioso número, aparentemente tan anodino. Y, como un eco, resonó en mi cerebro la voz del conmovedor genio frustrado matemático Srinivasa Ramanujan, que me susurraba excitado al oído, como si yo fuese el mismísimo Hardy: “¡No, no, amigo Lemu! Ese no es un número anodino, sino extraordinariamente interesante. 2666 es la suma de los cubos de…” Un funcionario municipal de Parques y Jardines puso entonces en marcha frente a mi ventana uno de esos infernales aparatos ventiladores de hojarascas, de modo que me perdí irremediablemente el resto de las sabias palabras del prodigioso hindú.
Ya en la librería, mientras sopesaba moralmente (o sea, tanteándome el bolsillo) el respetable precio de la novela, pensé si 2666 sería quizá el total de páginas de aquel imponente volumen. Pero no, pues enseguida pude comprobar que el libro tenía tan solo mil ciento y pico páginas, lo que, de todos modos (me dije), ya aconsejaba la utilización de un pequeño facistol o aparato similar, a fin de facistolizar o facilitar su lectura. El caso es que los más penetrantes y avezados cerebros críticos se muestran, todavía hoy, un tanto desorientados con semejante título. De momento, uno de los más penetrantes y avezados entre esos finos cerebros, después de pensárselo un buen rato, se ha creído en disposición de poder avanzar por escrito la atrevida hipótesis de que ese enigmático 2666 “bien podría ser la fecha inscrita en la lápida que nos descubre a todos, personajes y lectores, como habitantes de un futuro cementerio olvidado, poblado de voces”. Vaya, qué cosa tan bonita, me he dicho yo. “La lápida que nos descubre a todos”. Y yo que creía que las lápidas, tanto ahora como en el futuro, servían y seguirían sirviendo más que nada para cubrirnos, y no para descubrirnos. Pues, como dice el dicho: “¡Pa lo que hay que ver!...”
El grueso mamotreto de Roberto Bolaño se divide en cinco partes: la de los críticos, la de Amalfitano, la de Fate, la de los crímenes y la de Archimboldi. Algunas de estas partes, en concreto la primera, la cuarta y la quinta, podrían haberse publicado, creo yo, en volúmenes aparte, dada su envergadura y la relativa o completa independencia de las correspondientes narrativas. El propio autor, consciente de la inminencia de su muerte, dejó por lo visto instrucciones para que la obra se publicara en cinco libros. Pero Ignacio Echeverría, su albacea literario, consideró en cambio luego que era preferible editarlo todo en un solo volumen “por respeto al valor literario de la obra”, según dicen los herederos del autor.
La primera edición de 2666 tiene fecha de octubre del 2004. Y ya en noviembre de ese mismo año se dejaban oír las voces superlativamente elogiosas de los primeros lectores, desde el propio Echeverría citado a otros muchos críticos hispanos, pasando por la norteamericana Susan Sontag (hoy también fallecida), quien dijo que Bolaño era “el más influyente y admirado novelista en lengua española de su generación”. “Asombroso alarde de audacia y poderío narrativo”, decían otros. Hubo quien puso al escritor chileno a la altura del mismísimo William Faulkner. Otros entusiastas bolañistas sugirieron respecto a 2666 comparaciones del tipo: “Es la Rayuela del siglo XXI.” ¡Hasta Juan Rulfo y su Pedro Páramo salieron a relucir!
En un próximo post daré mi personal y modesta opinión de lego, que no es en modo alguno tan tremendamente favorable.
Un pentanovelón póstumo, I
(17/07/2006)
Es innegable que Roberto Bolaño sabe narrar, contar historias. Sin grandes alardes estructurales o técnicos (aunque, como excepción, en la página 33 de este libro se inicia una oración que se prolonga indesmayable hasta la 39), haciendo uso de un castellano correcto, aunque corriente y bastante moliente, y eligiendo en cada momento las palabras precisas, el escritor describe muy bien situaciones, ambientes y personajes, encuentros y desencuentros humanos, bucea ágilmente en las emociones e ideas de sus criaturas, sin permitir que decaiga en ningún momento el interés del “lector de peripecias” ni fatigarle nunca con digresiones o florituras formales innecesarias. Tiene un sentido muy preciso de la medida y del tiempo, sabe cuándo y hasta dónde puede prolongar unos diálogos, cómo introducir episodios secundarios o subordinados, etc. Bolaño da pruebas así mismo de una imaginación considerable, muy florida en ocasiones, y que se manifiesta sobre todo en los sueños… y en los detalles.
Todas estas capacidades literarias, y algunas otras que me callo, resultan sin embargo en buena medida superfluas a causa de la inanidad de la mayor parte de los especímenes humanos que deambulan por estas copiosas páginas. En la primera de las cinco partes del libro el espacio narrativo está ocupado por cuatro profesores de literatura (tres hombres y una mujer, uno español, otro francés, el tercero italiano y la mujer inglesa) que, por una parte, psicológicamente son como clones, perfectamente intercambiables, y, por otra, intelectualmente resultan ser muy eruditos, sí, pero unos perfectos cretinos ilustrados. Subyugados por la obra de un autor alemán llamado Beno von Archimboldi, apenas les queda otro espacio en el cerebro para otras solicitaciones distintas, quizá más excitantes. Eso sí, no tienen problemas económicos, están montados en el euro, y, aparte de perseguir en diversos países el fantasma de su ídolo, se reúnen y desreúnen constantemente para intercomunicarse de urgencia las mayores simplezas, viajan incansablemente en avión entre Madrid, Turín, París y Londres en todas las combinaciones con repetición imaginables, se alojan siempre en los mejores hoteles, comen en los mejores restaurantes, se arreglan las cabelleras en las mejores peluquerías, se lustran los botines con los lustrabotines más caros, y así sucesivamente. Al final, viajan a México en pos de su quimera archimboldiana, conocen a otro intelectual de la literatura, un tipo apellidado Amalfitano, y, con la primera parte, acaban las primeras doscientas páginas de la pentanovela.
Una pequeña muestra de la cultureta, la perspicacia y la sensibilidad literaria de estos señores profesores, grandes críticos de les belles-lettres, es la siguiente. Aseguran que el tal Archimboldi es, desde luego, el mejor escritor alemán del siglo XX. El apocado Amalfitano, que está presente, se atreve a decir que él creía que el mejor escritor alemán del siglo XX era Kafka. Bueno, dicen entonces los profesores, pues digamos que Archimboldi es el mejor escritor alemán de la segunda mitad del siglo XX. ¿Pero han leído ustedes a Peter Handke y Thomas Bernhard?, osa preguntar aún el bueno de Amalfitano. “Uf, dijeron los críticos”. Así que se llevan a aquel pobre ignorante a un rincón de la estancia y le zurran la badana literaria, hasta convencerle de su error y su mal gusto. Lo dejaron, escribe Bolaño, “reducido a una especie de Periquillo Sarniento abierto en canal y sin una sola pluma”.
(Continuará.)