Discurso sobre las ciencias y las artes ( fragmento )

 

(...) Indudablemente, yo debería haber condenado expresamente todas esas pueriles sutilezas de la escolástica, con las cuales, so pretexto de esclarecer los principios de la religión, se anula el espíritu sustituyendo la humildad cristiana por el orgullo científico. Hubiera yo debido alzarme con mayor fuerza contra esos ministros indiscretos, los primeros en poner sus manos en el Arca para apuntalar con su débil saber un edificio sostenido por la mano de Dios. Hubiera debido indignarme contra esos hombres frívolos que, por sus miserables discrepancias, han menoscabado la sublime sencillez del Evangelio y reducido a silogismos la doctrina de Jesús. Pero se trata ahora de defenderme, y no de atacar. (...) En el establecimiento de la nueva Ley, no fue a los sabios a quienes Jesucristo quiso confiar sus doctrinas y su ministerio. Siguió en su elección la preferencia que mostró siempre hacia los pequeños y sencillos. Y en las instrucciones que dio a sus discípulos no se halla una sóla frase de estudio ni de ciencia, como no sea para señalar el desprecio que de todo ello hacia.

Después de la muerte de Jesucristo, doce pobres pescadores y artesanos emprendieron la tarea de instruir y de convertir al mundo. Su método era sencillo: predicaban sin arte, pero con un corazón saturado de todos los milagros con que Dios honraba su fe; el más impresionante era la santidad de su vida; sus discípulos siguieron su ejemplo; y el resultado fue prodigioso. (...)

(...) Las ciencias florecen hoy; la literatura y las artes brillan ante nosotros. ¿Qué provecho ha logrado de eso la religión? Preguntémoslo a esa multitud de filósofos que se precian de no obtenerlo. Nuestras bibliotecas rebosan de libros teológicos, y los casuistas hormiguean entre nosotros. Antaño teníamos santos, y no casuistas. La ciencia se extiende y la fe se extingue. Todo el mundo quiere enseñar a conducirse bien, y nadie quiere aprenderlo. Todos nos hemos convertido en doctores, y hemos dejado de ser cristianos.

No; no es con tanto arte y tanta ceremonia como se extendió el Evangelio por todo el mundo, ni penetró así en los corazones su maravillosa belleza. Ese divino Libro, único necesario para un cristiano y el más útil de todos, incluso para los que no lo sean, no ha menester sino ser meditado para llevar al alma el amor de su Autor y la voluntad de cumplir sus preceptos. Jamás ha hablado la virtud un lenguaje tan dulce; nunca la profunda sabiduría se expresó con tanta energía y sencillez. No se lleva a cabo su lectura sin sentirse mejor que antes. Vosotros, ministros de la Ley que me ha sido anunciada, no os molestéis tanto para instruirme en tantas cosas inútiles. Dejad todos esos libros sabios que no logran convencerme ni impresionarme. Prosternaos a los pies de ese Dios de misericordia que os empeñáis en hacerme conocer y amar; pedidle para vosotros esa humildad profunda que habéis de predicarme. No exhibáis ante mis ojos esa ciencia orgullosa ni ese fausto indecoroso que os deshonran y que me sublevan; sentíos impresionados, si queréis que yo lo sea, y sobre todo, mostradme con vuestra conducta la práctica de esa Ley en la que pretendéis instruirme. No tenéis que saber ni que enseñar más; y vuestro ministerio estará cumplido. No es cuestión, en nada de eso, de buena literatura ni de filosofía. Así es como conviene seguir y predicar el Evangelio; y así es como sus primeros defensores lo hicieron triunfar en todos los países non aristotélico more -decían los Padres de la Iglesia- sed piscatorio.


 


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