E n s a y o s   s o b r e   p o l í t i c a   y   c u l t u r a

 

 

 

N o t a s  p a r a  u n a  n u e v a  d e f i n i c i ó n  d e  l a  c u l t u r a

Mi punto de partida es la definición de cultura dada por Webster, esto es, la cultura como el complejo de creencias, realizaciones, tradiciones, etc., distintivas, que constituyen el "telón de fondo" de una sociedad. Generalmente han sido excluidas del uso tradicional del término "realizaciones" como la destrucción y el crimen y "tradiciones" como la crueldad y el fanatismo; yo seguiré este uso, aunque puede mostrarse necesario reintroducir: estas cualidades en la definición. Mi discusión se centrará en la relación entre el "telón de fondo" (cultura) y el "fondo"(1): la cultura aparece así como el complejo de objetivos (valores) morales, intelectuales y estéticos que una sociedad considera que constituye el designio de la organización, la división y la direcci6n de su trabajo, "el bien" que se supone realiza el modo de vida que ha establecido. Por ejemplo, el aumento de la libertad pública y aproximación a objetivos culturales tiene lugar mediante la práctica de la crueldad y la violencia. Esto puede explicar la paradoja de que una parte tan amplia de la cultura superior de Occidente, de su arte y de su literatura, haya consistido en protesta, en crítica y en condena de la cultura; y no sólo de su miserable traducción en la realidad, sino de su propio contenido y de sus mismos principios.

De acuerdo con los anteriores supuestos, el reexamen de una cultura dada implica la relación de los valores a los hechos, no como un problema lógico o epistemológico, sino como un problema de estructura social: ¿cómo están relacionados los medios de la sociedad a los fines que ella misma profesa? Se supone que los fines son los definidos por la "cultura superior" (aceptada socialmente); así, se trata de valores que han de incorporarse, más o menos adecuadamente, en las instituciones y relaciones sociales. La cuestión, por consiguiente, puede formularse más concretamente: ¿cómo están relacionadas la literatura, las artes, la filosofía, la ciencia o la religión de una sociedad a su comportamiento real? La amplitud de este problema excluye aquí toda discusión que no sea en términos de ciertas hipótesis relativas a las tendencias actuales.

Está generalmente admitido que los valores culturales (humanización) y las instituciones y las políticas existentes de una sociedad, raramente, por no decir nunca, se hallan en armonía. Esta opinión ha encontrado expresión en la distinción entre cultura y civilización, según la cual "cultura" se refiere a cierta dimensión superior de. autonomía y realización humana, mientras que "civilización" designa el reino de la necesidad, del trabajo y del comportamiento socialmente necesarios, en el que el hombre no se halla realmente en sí mismo y en su propio elemento, sino que está sometido a la heteronomía, a las condiciones y necesidades externas. El reino de la necesidad puede ser (y ha sido) reducido y mitigado. De hecho, el concepto de progreso únicamente es aplicable a este reino (progreso técnico), a los adelantos en la civilizaci6n, pero estos adelantos no han eliminado la tensión entre cultura y civilización. Incluso pueden haber agravado la dicotomía hasta un grado en que las inmensas posibilidades abiertas por el progreso técnico aparecen en acentuado contraste con su limitada y deformada realización. Al mismo tiempo, sin embargo, el conflicto entre la capacidad material e intelectual de la sociedad industrial avanzada, por una parte, y su utilización represiva, por otra, está siendo eliminado a su vez por el condicionamiento previo sistemático de las necesidades individuales y por la administración de satisfacción sistemática. La incorporación de la cultura superior al trabajo diario y al tiempo libre, el consumo organizado de belleza, goce y dolor, se han convertido en parte integrante de la administración social del individuo, en puntos necesarios para la reproducción de la "sociedad opulenta". La tensión entre cultura y sociedad, entre producción material e intelectual; ha sido eliminada. tan eficazmente que se plantea la cuestión de si, dadas las tendencias predominantes en la sociedad industrial avanzada, puede mantenerse todavía la distinción entre cultura y civilización. Más precisamente, ¿no ha sido resuelta la tensión entre medios y fines, entre valores culturales y hechos sociales, por la absorción de los fines por íos medios? ¿No se ha producido una coordinación "prematura", represiva e incluso violenta de la cultura con la civilización, por virtud de la cual esta última se ha liberado de algunos frenos efectivos a sus tendencias destructivas? Con esta integración de la cultura en la sociedad, la última tiende a convertirse en totalitaria incluso donde conserva las formas y las instituciones democráticas.
Algunas de las implicaciones de la distinción entre cultura y civilización pueden ser expresadas en una tabla como sigue:

 

Civilización

  • trabajo manual
  • día laborable
  • trabajo tiempo libre
  • reino de la necesidad
  • naturaleza
  • pensamiento operativo

Cultura

  • trabajo intelectual
  • día festivo
  • reino de la libertad
  • espíritu (Geist)
  • pensamiento no operativo

En la tradición académica, estas divisiones tuvieron en otro tiempo su paralelismo en la distinción entre ciencias naturales, por una parte, y todas las demás -ciencias sociales, humanidades, etc.-, por otra. Esta distinción entre las ciencias ha quedado hoy completamente anticuada: la ciencia natural, las ciencias sociales e incluso las humanidades se están asimilando entre sí por sus métodos y por sus conceptos, como ejemplifican la difusión del empirismo positivista, la lucha contra todo lo que pueda calificarse de "metafísica" , el estudio directo de la teoría "pura" y la disposición de todas las disciplinas a organizarse en beneficio del interés nacional o corporativo. Este cambio dentro del sistema educativo está de acuerdo con los cambios fundamentales de la sociedad contemporánea, que afectan a toda la dicotomía anteriormente reseñada en la tabla: la civilización tecnológica tiende a eliminar los objetos trascendentes de la cultura (trascendentes respecto de los objetivos socialmente establecidos) y, por consiguiente, a eliminar o reducir aquellos factores o elementos de cultura antagónicos o extraños a las formas dadas de civilización. No es necesario repetir aquí la conocida afirmación de que la fácil asimilación del trabajo y la distensión, de la frustración y la broma, del arte y la decoración de la casa, de la psicología y la dirección de empresas altera la función tradicional de estos elementos de cultura: se convierten en afirmativos, es decir, sirven para fortificar el dominio del Sistema establecido sobre el espíritu -el Sistema establecido ha hecho asequibles al pueblo los bienes de cultura- y contribuyen a reforzar el dominio de lo que es sobre lo que puede ser y sobre lo que debe ser -lo que debe ser si hay verdad en los valores culturales-. Esta afirmación no es una condena: un amplio acceso a la cultura tradicional, y especialmente a sus auténticas creaciones, es mejor que la retención de los privilegios culturales por un círculo limitado definido por la riqueza y el nacimiento. Pero para preservar el contenido cognoscitivo de estas creaciones son necesarias unas facultades intelectuales y una consciencia intelectual que no son precisamente intrínsecos a los modos de pensar y de comportarse requeridos por la civilización predominante en los países industriales avanzados.

En su forma y dirección predominantes, el progreso de esta civilización exige modos de pensamiento operativos y conductistas, así como su defensa y su mejoramiento, pero no su negación. Sin embargo, el contenido (y principalmente el contenido oculto) de la cultura superior era en gran medida precisamente esta negación: la condena de la destrucción institucionalizada de las potencialidades humanas, vinculada a una esperanza que la civilización establecida condenaba como "utópica". No hay duda de que la cultura superior ha tenido siempre un carácter positivo en la medida en que se separaba de la explotación y la miseria de aquellos por cuyo trabajo se reproducía la sociedad a que pertenecía esa cultura, y en ese grado se convertía en la ideología de la sociedad. Pero como ideología, estaba también disociada de la sociedad, y en esta disociación era libre de comunicar la contradicción, la condena y la negación. Ahora la comunicación se ha multiplicado técnicamente, se ha facilitado enormemente y obtiene una gran compensación, pero el contenido ha cambiado porque el espacio intelectual e incluso físico en que puede desarrollarse una disociación efectiva está cerrado.
En lo que respecta a la eliminación del antiguo contenido antagónico de la cultura, trataré de mostrar que lo implicado aquí no es el destino de un cierto ideal romántico que sucumbe ante el progreso tecnológico, ni la progresiva democratización de la cultura, ni tampoco la igualación de las clases sociales, sino más bien la clausura de un espacio vital necesario para que se desarrollen en él la autonomía y la oposición; la destrucción de un refugio o de una barrera frente al totalitarismo. Sólo puedo señalar aquí algunos aspectos del problema, partiendo una vez más de la situación en el terreno académico.

La división en ciencias naturales, ciencias sociales o del comportamiento y humanidades aparece como una división muy extraña, puesto que la distribución de la materia, al menos entre las dos últimas, es más que dudoso. El aprieto académico refleja la situación general. Existe un visible divorcio entre las ciencias sociales y las humanidades, o al menos lo que se supone que son estas últimas: experiencia de la dimensión de humanitas todavía no traducida en realidad, o modos de pensamiento, imaginación y expresión esencialmente no operativos y trascendentes; que trascienden el universo de conducta establecido no pasando a un reino de espíritus e ilusiones, sino hacia posibilidades históricas. En nuestra situación actual, ¿puede exigir el análisis de la sociedad que se haga abstracci6n de la humanitas, del comportamiento social o incluso individual? Nuestra situación cultural, nuestro universo de comportamiento social, ¿pueden repudiar e invalidar las humanidades y convertirlas realmente así en ciencias de no-comportamiento y por tanto "no científicas", preocupadas principalmente por valores personales, emotivos, metafísicos o poéticos, a menos que se traduzcan en términos conductistas? Si así fuera, sin embargo, las humanidades dejarían de ser lo que son. Rendirían sus verdades esencialmente no operativas a las reglas que gobiernan la sociedad establecida, pues los patrones de las ciencias del comportamiento son los de la sociedad a cuyo comportamiento están vinculadas. Sin embargo, la desarraigada dimensión no-operativa era el núcleo de la cultura tradicional, el "telón de fondo" de la sociedad moderna hasta el final del período del liberalismo; de manera general, el período transcurrido entre las dos guerras mundiales señala la etapa final de esta fase. En virtud de su distanciamiento del universo del trabajo socialmente necesario, de las necesidades y el comportamiento socialmente útiles, ya causa de su separación de la lucha diaria por la existencia, la cultura podía crear y preservar el espacio intelectual en el que podían desarrollarse la transgresión crítica, la oposición y la negación; se trataba de una esfera privada y de autonomía en la que el espíritu podía encontrar un punto de apoyo exterior al Sistema, desde el cual considerar éste en una perspectiva diferente, comprenderlo con conceptos diferentes y descubrir posibilidades e imágenes prohibidas. Este punto de apoyo parece haber desaparecido.

Para evitar cualquier interpretación equívoca romántica, permítaseme repetir que la cultura ha sido siempre privilegio de una pequeña minoría, una cuestión de riqueza, tiempo y fortuna. Para la plebe infraprivilegiada, los "valores superiores" de la cultura han sido siempre meras palabras o exhortaciones vacías, ilusiones y engaños; en el mejor de los casos se trataba de ilusiones y aspiraciones que quedaban insatisfechas. Con todo, la posición privilegiada de la cultura, el abismo entre la civilización material y la cultura intelectual, entre necesidad y libertad, era también el abismo que protegía como una "reserva" el reino de la cultura no científica. Allí la literatura y las artes podían alcanzar y comunicar verdades que en la sociedad establecida eran negadas y reprimidas, o bien convertidas en conceptos y módulos socialmente Útiles. Análogamente, la filosofía -y la religión- podían formular y comunicar imperativos morales de validez humana universal, a menudo en contradicción radical con la moralidad socialmente útil. En este sentido, me atrevo a decir que la cultura no científica estaba menos sublimada que la forma en la cual se traducía en los valores sociales y en la conducta real, y ciertamente menos sublimada que las nada inhibidas novelas de nuestros días; y estaba menos sublimada porque el estilo inhibido y mediatizado de la cultura superior evocaba, como lo "negativo", las inflexibles necesidades y esperanzas del hombre, que la literatura de hoy presenta en su realización predominante socialmente, impregnadas de la represión predominante.

La cultura superior existe todavía. Es más asequible que nunca; se lee, se contempla y se escucha más ampliamente que nunca; sin embargo, la sociedad ha estado clausurando el espacio espiritual y físico en el que es posible comprender esta cultura en su sustancia cognoscitiva, en su exacta verdad. Lo operativo, tanto en el pensamiento como en el comportamiento, relega estas verdades al terreno personal, subjetivo, emocional; así pueden encajar fácilmente en el Sistema. La trascendencia cualitativa y crítica de la cultura está siendo eliminada y lo negativo integrado en lo positivo. Los elementos de oposición de la cultura se ven disminuidos así: la civilización toma, organiza, compra y vende cultura; ideas sustancialmente no operativas y no conductistas se traducen a términos operativos y conductistas, y esta traducción no es simplemente un l3roceso metodológico, sino un proceso social e incluso político. Tras las observaciones precedentes, podemos expresar ahora la principal consecuencia de este proceso en una fórmula: la integración de los valores culturales en la sociedad establecida invalida la alienación de la cultura de la civilización, allanando, consiguientemente, la tensión entre el "deber ser" y el "ser" (que es una tensión histórica, real), entre lo posible y lo actual, entre el futuro y el presente, entre la libertad y la necesidad. La consecuencia es que los contenidos autónomos y críticos de la cultura se convierten en contenidos educativos, sublimantes y relajantes: en un vehículo de adaptación.

Cualquier auténtica creación literaria, artística, musical o filosófica habla en un metalenguaje que comunica hechos y condiciones distintos de los accesibles en un lenguaje conductista; tal es su sustancia irreductible e intraducible. Parece que su sustancia intraducible se disuelve ahora en un proceso de traducción que afecta no solamente a lo sobrehumano ya lo sobrenatural (religión), sino también al contenido humano y natural de la cultura (la literatura, las artes, la filosofía): los conflictos radicales e irreductibles de amor y odio, esperanza y temor, libertad y necesidad, sujeto y objeto, bien y mal, se hacen más manejables, comprensibles, normales... en una palabra: conductistas. No solamente los dioses, los héroes, los reyes y los caballeros, cuyo universo era el de la tragedia, el romance, la balada y la fiesta, han desaparecido, sino que también han desaparecido muchos de los enigmas que no pudieron resolver, muchas de las luchas que llevaron adelante y muchas de las fuerzas y los temores con que tuvieron que enfrentarse. Una dimensión cada vez mayor de fuerzas no conquistadas (e inconquistables) está siendo conquistada por la racionalidad técnica y por la ciencia física y social. y muchos problemas arquetípicos se han vuelto susceptibles de ser diagnosticados y tratados por el psicólogo, el trabajador social, el científico y el político. El hecho de que se diagnostiquen y se traten mall, de que su con- tenido todavía válido sea deformado, reducido o reprimido no debe ocultar las potencialidades radicalmente progresivas de este proceso. Pueden resumirse en la proposición de que la humanidad ha alcanzado la etapa histórica en que es técnicamente capaz de crear un mundo de paz, un mundo sin explotación, sin miseria y sin la servidumbre del trabajo. Eso sería una civilización convertida en cultura.

La corrosión tecnológica de la sustancia trascendente de la cultura superior invalida el medio en que halla expresión y comunicación apropiadas, provocando el colapso de las formas literarias y artísticas tradicionales, la redefinición operativa de la filosofía, la transformación de la religión en un círculo de la posición social. La cultura se define de nuevo por el estado de cosas existente: las palabras, tonos, formas y colores de las obras perennes siguen siendo los mismos, pero lo que expresaban está perdiendo su verdad, su validez; las obras que anteriormente aparecían sorprendentemente apartadas de y contrarias a la realidad establecida han sido neutralizadas como clásicas; de este modo ya no mantienen su alienación de la sociedad alienada. En la filosofía, la psicología y la sociología, predomina un pseudoempirismo que refiere sus conceptos y métodos a la experiencia restringida y reprimida de la gente en el mundo regulado, y que quita valor a los conceptos no conductistas al descalificarlos como confusiones metafísicas. Así, la validez histórica de ideas como las de Libertad, Igualdad, Justicia e Individuo residía precisamente en su contenido insatisfecho, en que no podían ser referidas a la realidad establecida, la cual no podía darles validez ni se la dio porque eran negadas por el funcionamiento de las mismas instituciones a las que se atribuía su realización. Eran ideas normativas; eran no operativas no en virtud de su carácter metafísico y acientífico, sino en virtud de la servidumbre, la desigualdad, la injusticia y la dominación institucionalizadas en la sociedad. Los modos de pensamiento y de investigación predominantes en la cultura industrial avanzada tienden a identificar los conceptos normativos con su realización social predominante, o, más bien, toman como norma el modo en que la sociedad traduce estos conceptos en la realidad, tratando a lo sumo de mejorar la traducción; el residuo no traducido se considera especulación anticuada.

No hay duda de que el contraste entre el original y la traducción es obvio y forma parte de la experiencia diaria; por otra parte, el conflicto entre lo potencial y lo actual se modela con el progreso técnico, con la creciente capacidad de la sociedad para vencer la escasez, el temor y la servidumbre del trabajo. Sin embargo, son también este progreso y esta capacidad los que bloquean la comprensión de las causas del conflicto y las posibilidades de solución; las posibilidades de una pacificación de la lucha por la existencia, individual y social, dentro de la nación ya escala internacional. En las zonas más altamente desarrolladas de la civilización industrial, que proporcionan el modelo cultural del período contemporáneo, la enorme productividad del sistema establecido aumenta y satisface las necesidades de la plebe mediante una administración total que procura que las necesidades del individuo sean las que perpetúan y fortalece el sistema. El elemento racional necesario para el cambio cualitativo se evapora así, y con él se evapora el elemento racional para la alienación de la cultura respecto de la civilización.

Si la cambiante relación entre cultura y civilización es obra de la nueva sociedad tecnológica y si es sostenida constantemente por ésta, entonces una "redefinición" teorética, independientemente de lo justificada que esté, puede seguir siendo académica en la medida en que vaya contra la tendencia predominante. Pero también aquí el mismo alejamiento y la misma "pureza" del esfuerzo teorético, su, aparente debilidad frente a las realidades, puede convertirse en una posición de fuerza si no sacrifica su abstracción acomodándose a un positivismo y un empirismo falaces, y falaces en la medida en que estos modos de pensamiento están orientados hacia una experiencia que, en realidad, es solamente un sector mutilado de la experiencia, aislado de los factores y de las fuerzas que determinan la experiencia. La absorción administrativa de la cultura por la civilización es el resultado de la orientación establecida del progreso científico y técnico, de la creciente conquista del hombre y de la naturaleza por los poderes que organizan esta conquista y que utilizan el creciente nivel de vida para perpetuar su organización de la lucha por la existencia.

Hoy esta organización actúa a través de la movilización permanente del pueblo para la eventualidad de la guerra nuclear, ya través de la movilización continuada de la agresión socia]mente necesaria, de la hostilidad, la frustración y el resentimiento engendrado por la lucha por la existencia a los receptores de ésta en objetos de la administración. Las necesidades de la sociedad establecida Son interiorizadas y se convierten en necesidades individuales; el comportamiento exigido y las aspiraciones deseables se convierten en algo espontáneo. En los estadios de desarrollo superiores, esta coordinación total procede sin terror y sin la abrogación del proceso democrático.
Por el contrario, hay al mismo tiempo una creciente independencia de los dirigentes elegidos respecto del electorado, el cual está constituido por una opinión pública modelada por los intereses económicos y políticos predominantes. Su dominio aparece Como el dominio de la racionalidad productiva y tecnológica. Y este dominio, como tal, es aceptado y defendido y el pueblo lo hace suyo. La consecuencia es un estado de interdependencia general que oculta la jerarquía real. Tras el velo de la racionalidad tecnológica, se acepta la heteronomía universal como si se tratara de unas libertades y unos bienes ofrecidos por la "sociedad opulenta ".
En estas condiciones, la creación (o recreación) de un refugio de independencia espiritual (la independencia práctica, política, queda efectivamente bloqueada por el poder concentrado y la coordinación en la sociedad industrial avanzada) ha de asumir la forma de una retirada, de un aislamiento voluntario, de un "elitismo" intelectual. Y, en realidad, una redefinición de la cultura tendría que ir en contra de las tendencias más poderosas. Significaría la liberación del pensamiento, la investigación, la enseñanza y el aprendizaje del universo establecido de adaptación y de comportamiento y la elaboración de métodos y conceptos capaces de superar racionalmente los límites de los hechos y "valores" establecidos. En términos de las disciplinas académicas, esto significaría hacer pasar el énfasis principal a la teoría "pura", es decir , a la sociología teorética, a la ciencia política, a la psicología, a la filosofía especulativa, etc. Las consecuencias sobre la organización de la educación serían más importantes: el cambio conduciría a la creación de universidades de "élite", separadas de los colleges, que conservarían y reforzarían su carácter de escuelas vocacionales en el más amplio sentido. Una completa independencia financiera sería el requisito indispensable de lo anterior: hoy más que nunca importa la fuente del apoyo material. Ningún patrocinador privado individual sería capaz de financiar la educación que puede preparar el fondo espiritual para una jerarquía cualitativamente diferente de valores y de poder. Una educación así podría ser imaginada como preocupación de un gobierno deseoso y capaz de contrarrestar la tendencia política y popular predominante, y esta condición se formula únicamente para revelar su carácter utópico.

La idea misma de unas universidades de élite intelectual se denuncia hoy como una tendencia antidemocrática, incluso aunque el acento se cargue sobre "intelectual" y el término "élite" designe una selección realizada en la escuela y en la población de los colleges en general; una selección realizada únicamente por el mérito, es decir, según la inclinación y la capacidad para el pensamiento teorético. En realidad la idea es antidemocrática si la democracia de masas establecida y su educación se toman como la realización de una democracia que corresponde exactamente a las formas históricamente posibles de libertad e igualdad. No creo que éste sea el caso. La tendencia positivista y conductista predominante sirve con demasiada frecuencia para cercenar las raíces de la autodeterminación de la mente del hombre; de una autodeterminación que hoy (al igual que en el pasado) exige una disociación crítica del universo dado de experiencia. Sin esta crítica de la experiencia, el estudiante queda privado de los métodos e instrumentos que le permitirían comprender y valorar su sociedad y su cultura en su conjunto, en el continuum histórico en el que esta sociedad cumple, deforma o niega sus propias posibilidades y promesas. A diferencia de esto, el estudiante es educado para comprender y valorar las condiciones y posibilidades establecidas solamente en los términos de las condiciones y posibilidades establecidas: su pensamiento, sus ideas y sus objetivos se hallan programática y científicamente restringidos, no por la lógica, por la experiencia y por los hechos, sino por una lógica purgada, por una experiencia mutilada y por unos hechos incompletos.

La protesta contra este conductismo sofocante encuentra un aliviadero irracional en las numerosas filosofías existencialistas, metapsicológicas y neoteológicas que se oponen ala tendencia positivista. La oposición es defectuosa, e incluso ilusoria. También contribuye a la decadencia de la razón crítica en la medida en que se abstrae del material real de la experiencia sin volver jamás a ella después de que la abstracción ha alcanzado el nivel conceptual. La experiencia existencial ala que se refiere es también una experiencia restringida y mutilada, pero, en contraste con el positivismo, la experiencia es deformada no solamente por el nexo del universo de experiencia social establecido, sino también por la insistencia en el hecho de que la decisión u opción existencia puede abrirse camino en este universo y alcanzar la dimensión de la libertad individual. Sin duda, ningún esfuerzo intelectual y ningún modo de pensamiento pueden conseguirlo, pero, en cambio, pueden facilitar u obstaculizar el desarrollo de esa consciencia que es una condición previa para la realización de la tarea.

Los conceptos de la razón crítica son a la vez filosóficos, sociológicos e históricos. En esta interrelación, y vinculados al dominio creciente de la naturaleza y de la sociedad, son catalizadores intelectuales de la cultura: abren el espacio espiritual y las facultades al surgimiento de nuevos proyectos históricos, de nuevas posibilidades de existencia. Esta dimensión teorética del pensamiento se ve hoy acentuadamente reducida. Aquí se carga el acento sobre su extensión, y la restauración puede parecer menos irrelevante si recordamos que nuestra cultura (y no solamente nuestra cultura intelectual) fue proyectada y definida previamente -incluso en sus aspectos más prácticos- por la ciencia, la filosofía y la literatura antes de que se convirtiera en una realidad plenamente desarrollada y organizada: la nueva astronomía y la nueva física, la nueva teoría política anticiparon (afirmativa y negativamente) la experiencia histórica subsiguiente. La liberación del pensamiento teorético de sus compromisos con una práctica represiva era una condición previa del progreso.

[...]

(1)Background. "telón de fondo" -cuyo sentido en este contexto acaso recogiera mejor "medio ambiente", y ground, "fondo"-; juego de palabras sobre un uso lingüístico difícil de reflejar en castellano. (T .)

 

Texto perteneciente al libro, ENSAYOS SOBRE POLÍTICA Y CULTURA, Editorial Planeta-De Agostini, S.A.


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