L a e n f e r m e d a d m o r t a l ( f r a g m e n t o )
Igualmente
se puede demostrar la eternidad del hombre por la impotencia de la desesperación
para destruir al yo, por esa atroz contradicción de la desesperación.
Sin eternidad en nosotros mismos, no podríamos desesperar; pero si pudiera
destruir al yo, entonces tampoco habría desesperación. Tal es
la desesperación, ese mal del yo, la Enfermedad mortal. El desesperado
es un enfermo de muerte. Más que en cualquier otro mal, se ataca aquí
a la parte más noble del ser; pero el hombre no puede morir por ello.
La muerte no es aquí un término interminable del mal, es aquí
un término interminable. La muerte misma no puede salvarnos de ese mal,
pues aquí el mal con su sufrimiento y... la muerte consisten en no poder
morir. Allí se encuentra el estado de desesperación. Y el desesperado
podrá esforzase, a no dudar de ello, podrá esforzarse en lograr
perder su yo, y esto sobre todo es cierto en la desesperación que se
ignora, y en perderlo de tal modo que ni se vean sus trazas: la eternidad, a
pesar de todo pondrá a luz la desesperación de su estado y le
clavará a su yo: así el suplicio continua siendo siempre no poder
desprenderse de sí mismo, y entonces el hombre descubre toda la ilusión
que había en su creencia de haberse desprendido de su yo. ¿Y por
qué asombrarse de este rigor?, puesto que ese yo, nuestro haber, nuestro
ser, es la suprema concesión infinita de la Eternidad al hombre y su
garantía. "